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En este libro hice muchas confesiones, te hago una más: uso el término posmo­dernidad (o posmo) para ubicarme en el promedio de lo que estamos viviendo en Hispanoamérica en estos años, pero no creo que decir posmodernidad signifique lo mismo en todos lados. Digo promedio porque hay comunidades como algunas ciu­dades de Estados Unidos que definitivamente a mi entender ya están graduándose de la posmodernidad hace rato y otras en especial en América Latina que apenas están entrando. Es cierto que con la globalización y sobre todo con el efecto de los medios, hoy todo occidente se parece bastante. Al viajar de un país al otro me doy cuenta cómo en especial la juventud cada vez se parece más en sus modas y en lo que creen que está de onda. Un misionero me decía hace poco en Ecuador que hoy los jóvenes de distintos países tienen más en común entre ellos, aunque sean de distintas puntas de América, que con sus padres.

Ciertos eventos sociales, militares y económicos le dan a cada comunidad su propia identidad. Antes te decía de algunas ciudades que están saliendo y otras que recién están entrando. De las ciudades de Estados Unidos que están saliendo, por ejemplo, te puedo decir que el fracaso de la amenaza del virus Y2K (el del 31 de diciembre del 99), el cambio del milenio y el ataque a las torres gemelas fueron gol­pes que terminaron con varios presupuestos de la posmodernidad y están generan­do una nueva generación norteamericana más militante, idealista y que vuelve a poner su confianza en el progreso tecnológico.

Cada comunidad tiene su microcultura y por eso más allá de discutir si estamos entrando o saliendo de la posmodernidad lo más importante es que cada líder iden­tifique cómo ser relevante en su tiempo y su lugar. Tu contexto es siempre el más impor­tante. Como indicamos hay ciertos cambios y tendencias que son bien generales y en mayor o menor medida se están dando en todos, lados. Llamemos a eso «posmo» o como quieras, pero miremos las posibilidades y desafíos que nos presenta este tiempo.

La posmo también tiene ventajas

En la década de los 80 un nuevo concepto se instaló en la nueva generación. Luke Skywalker, el personaje principal de la guerra de las galaxias, tenía que atacar una nave espacial del tamaño de la luna. Todo dependía de él. La nave era lo último en tecnología y nada podía vencerla. La única posibilidad era llegar a través de un pequeño túnel hasta el centro y bombardear su punto débil. Pero era imposible lle­gar hasta allí a menos que algo especial te guiara. No había ningún sistema que lo pudiera hacer pero Luke tenía «la fuerza». Una energía interior que lo dirigía desde su propio ser. Él llega hasta el centro, lo bombardea y la magnífica nave explota. Después de mucho tiempo era la primera vez que la pantalla grande estaba recla­mando que había algo superior a la tecnología y podía estar adentro nuestro. La con­fianza en el progreso tecnológico y la búsqueda de argumentos absolutos que expli­quen todo terminan por caer y comienza una nueva etapa en la historia humana. Como siempre, años después de que ya todo está sucediendo, la iglesia empieza a reaccionar y como en el caso de casi todos los filósofos, la primera reacción es en contra. Por eso es muy probable que este sea el primer libro que leas que no habla tan negativamente de la posmodernidad. El clásico predicador Spurgeon decía que la iglesia llega siempre siete años tarde y ahora estamos empezando a ver cualida­des positivas de este tiempo.

Es cierto que la posmodernidad ha invitado a millones a vivir de apariencias, de abandono al momento y de indiferencia a todo lo que requiera una actitud activa que conlleve el riesgo del dolor. Pero no todo es negativo. La posmodernidad ha dado nuevas fuerzas a la sospecha de que hace falta algo espiritual. Podemos verlo en los avisos de las revistas, en la proliferación de astrólogos televisivos, la incursión del pensamiento de la «Nueva era» en sectores elitistas como en Hollywood y la músi­ca. Claro que el tinte individualista es bien marcado y la búsqueda de satisfacción es la nota en boga de todas las ofertas, pero no podemos negar que la búsqueda de espiritualidad ha estado resurgiendo.

Si te sientas a hablar con adolescentes de la calle no vas a tardar en darte cuen­ta de que lo que los aleja de las iglesias cristianas no es un descreimiento de Dios (ese fue un problema de la modernidad) sino una sospecha en la institución llama­da iglesia y sobre todo una desconfianza con respecto a los cristianos. Un joven que me crucé en un avión saliendo de Bogotá me dijo una frase que se me clavó como puñal: «Ustedes los cristianos tienen suficiente religión como para saber lo que es correcto, pero muy poca como para arriesgarse a hacer alguna diferencia». La modernidad nos había invitado a argumentar con respecto a la verdad y entonces nos convertimos en un pueblo de doctrina. Tratamos por todos los medios de con­trarrestar los argumentos que considerábamos peligrosos con otros argumentos. Piensa en el debate entre la ciencia y la Biblia por ejemplo. En cambio, la posmo­dernidad nos ha invitado a vivenciar la experiencia cristiana y eso nos abre una mayor puerta a ser un pueblo de testimonio. Con esto no quiero decir que debemos perder la doctrina. Cualquiera que me conoce sabe el celo que guardo por una sana doctrina bíblica y cuántos años me pasé estudiando para alcanzar un doctorado en teología. Mi más amado tesoro que no sean personas son mis libros y no me gusta quedarme en la superficialidad de ningún argumento doctrinal. Pero esta generación no está tan predispuesta a los argumentos y la teoría. Ellos quieren ver, palpar y sen­tir que lo que decimos funciona y no nos deberíamos sentir amenazados por eso.

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