Efesios 3.17-19. Dios quiere darnos todo de sí, y eso nos encanta. Pero también él quiere todo de nosotros. A lo largo de la historia de la iglesia algunos han planteado que, si Dios quiere todo de nosotros, entonces, ¿dónde están su gracia y su amor incondicional? En realidad, el hecho de que Dios quiera todo de nosotros no es más que una muestra más de su amor. ¿Dónde podríamos estar mejor que en sus brazos, en sus planes y en sus caminos? ¿Quién más que Dios el Creador sabe mejor el camino del verdadero éxito, de la felicidad y la realización personal?

Ahora mismo Dios te está mirando y pensando qué manera puede bendecirte. No importa cuál haya sido tu historia sexual, los pecados que hayas cometido, ni los líos en los que te hayas metido. No importa tu dinero ni tu educación. Nuestra mente limitada no alcanza siquiera a imaginar cómo, pero lo cierto es que Dios está pensando en ti de una manera personal. En su corazón hay un espacio con un cartelito reservado y tu nombre escrito en él. Dios está esperando que te entregues enteramente a él para que puedas disfrutar de su bendición completa.

Dios busca jóvenes rebeldes dispuestos a seguir su causa, la única que vale la pena. Por eso, el tema de este capítulo es la vida de consagración, de entrega absoluta a Dios. Estoy convencido de que este es uno de los mensajes que Dios tiene para tu generación. Así como necesitamos sin falta la bendición de Dios sobre nuestra vida, también necesitamos consagrarnos enteramente a él.

LOCO COMO PABLO

Si hay alguien que supo lo que era consagrarse enteramente a Dios fue el loco de Pablo. A veces nos olvidamos que antes de ser lo que llegó a ser, ‘San Pablo’ fue un asesino de cristianos. Su trabajo era acusar falsamente a las familias cristianas y arrastrar a hombres y mujeres hacia la cárcel y la muerte. Los cristianos le tenían pánico. Pero Pablo, que en ese momento todavía se llamaba Saulo, tuvo un encuentro con Jesús y desde ese día comenzó a transitar el camino de una vida de consagración. Se transformó en un verdadero rebelde, con una causa que lo consumía. Por eso Pablo podía decir con emoción: ¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece! Eso era real para él, porque le había entregado todo a su Señor. En la carta que envió a los filipenses, escribió lo que yo creo es su máxima oración y debe ser la nuestra hoy: Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a él en su muerte (Filipenses 3.10). Allí Pablo dice que tiene cuatro metas a las que entrega la vida:

1. CONOCER A JESUCRISTO

Quiero preguntarte: ¿conoces a Dios? Esta pregunta me parece todavía más interesante al leer Mateo 7: 21-23. Jesús estaba hablando acerca de algunos que se decían creyentes y que hacían cosas correctas. Sin embargo, Jesús dice de ellos que nunca los conoció.

Jesús no los conocía porque estas personas no tenían una relación íntima y personal con él. Tenían el disfraz de cristianos, pero no dejaban que Dios transformara de verdad sus vidas. Esto me recuerda una historia: Había un hombre que estaba buscando trabajo, pero no encontraba por ningún lado. Un día pasó por la puerta del zoológico y vio en un cartelito que ofrecían empleo. Cuando se presentó lo hicieron pasar a una oficina y allí unos hombres le hicieron miles de preguntas. Después del largo interrogatorio, salieron del cuarto y regresaron a los cinco minutos. ‘Usted nos parece una persona confiable,’ le dijeron, ‘así que ahora le diremos de qué se trata el empleo. Hace una semana se nos murió el gorila. Ese gorila es una de las máximas atracciones del circo…’ Y lo tomaron. Pero un día este hombre se cayó en la jaula del león y casi se murió de espanto. ‘Tranquilo, y cállate que nos despiden a los dos…’ le susurró la fiera. ¡El león era otro disfrazado!

Eso les pasa a muchos en la vida cristiana. Cuando están en el templo todos se ven muy santos y consagrados, pero al primer problema, la primera tentación, el primer obstáculo, salta a la vista que en realidad tienen un disfraz. No saben vivir como cristianos verdaderos.

¿Conoces a Dios? No se trata de conocer acerca de él, no se trata de tener la doctrina correcta. Pablo había sido educado en la mejor escuela rabínica de su época. Sabía de todo acerca de Dios, y sin embargo camino a Damasco se encontró con una luz que lo hizo caer en tierra. ¿Quién eres?, preguntó. Cuando recibió la respuesta, Pablo entendió que no bastaba con tener información correcta. Supo que necesitaba conocer personalmente a este Dios que se había encarnado en un hombre, Jesús.

2. EXPERIMENTAR EL PODER DE SU RESURRECCIÓN

Piensa en esto: Pablo era un buen judío y conocía bien la ley de Dios. Sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero también sabía algo más: había comprobado que era imposible cumplir con todos los mandamientos. Esto es algo que muchos cristianos olvidan. En otras palabras, humanamente resulta imposible la vida de consagración o la vida cristiana. Cuántas veces sabemos que algo está mal y no es conveniente, y sin embrago no conseguimos vencer la tentación y nos metemos en problemas de la peluca hasta los cayos. Saber que algo está mal no es suficiente. Para vencer con el bien el mal necesitamos el poder de Dios, el mismo que resucitó a Jesucristo.

Pablo sabía que necesitaba ese poder. Lo último que dijo Jesús a sus discípulos, antes de ascender hacia el Padre, fue que recibirían poder cuando viniera sobre ellos el Espíritu Santo. ¿Quieres tener victoria en tu vida? Necesitas estar conectado a la fuente del poder más supremo y sensacional: el poder de la resurrección de Jesucristo, el poder de Dios.

Yo necesito ese poder. Todos necesitamos buscar y anhelar el poder del Espíritu Santo. Él es quien produce un fruto que enriquece nuestra vida, y nos da convicciones y emociones sobrenaturales. También nos da dones para que podamos crecer y experimentar nuevos niveles de realización. Yo necesito desesperadamente el poder de la resurrección de Cristo en mi vida. Sin ese poder es imposible mantenerme puro, santo y efectivo.

Pablo sabía que debía buscar ese poder diariamente. Si alguna vez pensaste que hay personas a las que no puedes perdonar o amar, que hay malos hábitos que no puedes superar, tienes razón. Claro que no puedes. Hace poco hablaba con un matrimonio a punto de separarse. El motivo del conflicto era que él no podía vencer su adicción a las drogas. Le rogaba a su esposa que no lo dejara y le prometía que se iba a recuperar. Ella lo amaba, pero decía que una y otra vez él hacía esa promesa y a las semanas estaba otra vez en el mismo lugar. Le pregunté a este muchacho cómo o con qué pensaba solucionar su problema. ‘Con fuerza de voluntad, respondió. Entonces le dije: Querido, tu problema con las drogas es justamente por falta de fuerza de voluntad… ¿Cómo vas a solucionar tu problema de falta de fuerza de voluntad con fuerza de voluntad? Lo que necesitas es ayuda médica y espiritual.

Este muchacho necesitaba rendirse a Dios para poder disfrutar del poder de la resurrección de Jesucristo. Sólo así podría salir de la esclavitud en la que estaba.

3. PARTICIPAR DE SUS PADECIMIENTOS

Esta se puso difícil… ¿Cómo participamos de los padecimientos de Cristo? En un tiempo donde escuchamos decir con insistencia ‘Pare de sufrir’, esto suena extraño. Evidentemente Pablo no tenía el mismo estilo de muchos predicadores modernos.

Hace un tiempo recibí un mensaje electrónico de un amigo en Argentina que estaba trabajando en un centro de rehabilitación para jóvenes con problemas de drogas. Me contaba que la policía había llevado a un joven lleno de heridas cortantes y hematomas. Estaba pasado de pastillas. Era portador del virus del sida y lo habían encontrado tirado en la calle. Mi amigo trabajaba en la oficina de recepción y me contaba que, al irse la policía, sintió que debía abrazar a este joven. Sintió un poco de miedo pero de todos modos lo abrazó. ‘Sentí algo increíble,’ me contaba mi amigo, ‘me corrió un escalofrío por el cuerpo. Tuve la sensación de que estaba abrazando a Jesús, tanto que volví mi cabeza hacia atrás para mirarle la cara y después volví a abrazarlo.’

Tener una vida consagrada es participar de los sufrimientos de Cristo en los sufrimientos de la gente que nos rodea. ¡Cuántas personas llegan a la iglesia golpeadas, dolidas, lastimadas! ¿A cuántas conocemos y sin embargo les damos la espalda?

Dios quiere bendecirte. Quiere darte todo lo que necesitas. Pero ¿qué le das tú a otros? ¿Cuántas veces nos ponemos nosotros en el lugar de los necesitados y tratamos de entender su dolor para ayudarlos?… Necesitamos la actitud que tenía Pablo: él pedía participar de los sufrimientos de Cristo, y eso significaba poder hacer algo por el sufrimiento de la gente.

4. SER SEMEJANTE A CRISTO EN SU MUERTE

Cristo nos pide consagración plena porque él se consagró plenamente. Tienes en tus manos la posibilidad de confirmar el valor de lo que hizo Jesús en la cruz o de sentenciar ese sacrificio como vano. ¿Qué? Sí, eso. Tú decides si el dolor que padeció, si esos latigazos, si esos clavos, si esa separación del Padre, tienen valor para tu vida. Jesús se entregó completamente, y la única repuesta para validar su sacrificio es entregarte completamente, porque ese fue su plan al hacerlo.

Solemos pensar que la muerte de Jesús ocurrió hace dos mil años. Eso es correcto desde nuestra perspectiva del tiempo, pero Dios no tiene la misma dimensión del tiempo que nosotros. En él no hay un antes y un después. Él es el alfa y la omega, el primero y el último, en él no hay un antes y un después sino un eterno ahora. Esto es como lo que sugirió Einstein acerca de la velocidad de la luz. Si uno pudiera viajar 300.000 kilómetros por segundo, la velocidad de la luz, todo el espacio recorrido se reduciría a un punto. Dios es el Creador de la luz. En la dimensión en que Dios percibe, Cristo está ahora mismo entregándose en la cruz por ti, en el mismo momento está reclamando tu respuesta. Allí está Jesús con clavos en sus manos y en sus pies, allí está corriendo la sangre por su rostro, a causa de la corona de espinas que lleva en su cabeza. Y mucho peor que el dolor físico, es aquel que hay en su interior. Él está en la cruz cargando todos nuestros dolores, nuestras angustias. Todos mis pecados, la basura de mi vida. ¿Qué respondo ante su sacrificio? Me consagro los domingos, me porto bien cuando me ven, espero al próximo congreso para tomar una decisión importante… ¿Eso es todo lo que vale su muerte para mí?

Extracto del libro Rebeldes Con Causa

Por Lucas Leys

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