Cargar con rencores es como querer hacer correr al automóvil con el freno de mano puesto. Hazte estas preguntas para revisar tu corazón:

  • ¿En qué circunstancias te cuesta más perdonar a otros?
  • ¿Por qué ha sido difícil perdonar a… (piensa en alguna persona en particular)? ¿Qué sentías?
  • ¿Te acuerdas de alguna ocasión en la que sinceramente le pediste perdón a alguien por haberlo lastimado? ¿Por qué lo hiciste? Y si no perdonaste, ¿por qué no?
  • ¿Cuál ha sido el acto de perdón humano del que tengas conocimiento que más te ha sorprendido?

Todos los seres humanos hemos experimentado sentimientos de culpa por pecados que hemos cometido. Dios, con su impresionante amor, nos ha mostrado una avenida por donde podemos dejar atrás nuestra culpa. Esa avenida es la cruz. Él promete perdonar nuestros pecados, y no hay límite para este perdón. No importa lo que hayamos hecho, si nos arrepentimos y se lo confesamos, él nos perdona.

Toma un momento y escribe en un papel todos los pecados que hayas cometido y te vengan a la mente. Pide a Dios que te perdone por ellos y te limpie. Recuerda que él tiene un corazón lleno de misericordia y da su perdón a quién se lo pide con sinceridad. Luego, rompe o mejor todavía quema el papel donde anotaste esos pecados, como una señal de lo que ocurre con esos pecados al entregárselos a Dios.

Recuerda esta afirmación del Señor expresada por el profeta Isaías: Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Isaías 1.18). Pero ¿y qué de los pecados de los demás? ¿No son esos los que más duelen?

El sentimiento de culpa es increíblemente poderoso y por eso comencé por allí. Pero claro, las acciones de otros que te lastimaron también pueden terminar afectando tu voluntad y tu manera de encarar la vida. Allí hay que comenzar un proceso que algunos llaman la curación de los recuerdos.12 Se trata de un trabajo mano a mano con el Espíritu Santo. Si guardamos algún rencor o resentimiento en nuestro interior, como si hubiera echado raíces, hay que sacarlo de allí. Pablo nos dice: No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Romanos 12.2).

Renovar la mente es como reprogramar nuestra computadora interior. Esto es un proceso. No se trata simplemente de tocar un botón ¡y la computadora se limpia en un instante y queda preparada con una nueva configuración! Debe hacerlo alguien que sabe, y por eso debemos trabajar en esto con el Espíritu de Dios. Cuando hay recuerdos demasiado fuertes o un dolor que vuelve una y otra vez, es bueno hacer este proceso en compañía de un psicólogo cristiano profesional.

Algunos tienen miedo de ir al psicólogo y algunas iglesias hasta lo han considerado poco cristiano. Pero esto es un error. La psicología es simplemente el estudio de cómo funcionan la mente y el comportamiento humano. Por supuesto, si al buscar la psicología dejamos de lado la manera en que Dios ve las cosas, es muy posible que nos equivoquemos en nuestra manera de entender al ser humano. Y lo peor es que probablemente no lleguemos a ninguna verdadera solución porque esta sólo llega con la ayuda del Espíritu Santo. Estoy convencido de que un buen psicólogo cristiano puede ayudarnos a modificar nuestra conducta y a experimentar la gracia a Dios de una manera práctica.

¿Estás en alguna situación riesgosa que ya no puedes controlar? ¿Te parece que todos los varones (o todas las chicas) son iguales y ninguno vale la pena? ¿Te da pánico enfrentar algunas circunstancias que son comunes para los chicos de tu edad? ¿Estás angustiado por algo de tu pasado y no sabes con quién conversar? Si es así, necesitas buscar ayuda de una persona cristiana madura y confiable, y necesitas revisar estas reacciones con la ayuda del Señor.

MISERICORDIA EN CHIAPAS

En la ciudad de Palenque en el estado de Chiapas, México, hay unas hermosas ruinas del antiguo imperio maya. Cuando estuve compartiendo unas conferencias en esa ciudad, se acercó Raquel y me contó su historia.

La mamá de Raquel había sido violada por su papá y además por un tío, por lo que había llegado a la conclusión de que todos los hombres escondían a un abusador. Esto le había producido siempre mucho temor, pero aun así durante toda su vida había aceptado entregarse a hombres que buscaban tener relaciones sexuales de una manera abusiva. Cuando la mamá de Raquel quedó embarazada de ella, ya había practicado dos abortos y a los tres meses del embarazo de Raquel también había intentado abortar. La partera clandestina que practicaba los abortos no logró matar a Raquel, así que el embarazo continuó y Raquel nació sana cuando llegó el momento. Pero la mamá de Raquel ya la había abortado en su corazón, de modo que durante toda su niñez se lo hizo saber. Cualquier cosa que Raquel hacía era motivo de insultos, golpes y frases hirientes. Mientras Raquel me contaba esto yo tenía ganas de llorar, pero me sorprendió la calma con que ella me lo contaba. Yo esperaba que en algún momento ella rompiera a llorar, pero mientras avanzaba con la historia su rostro se iba iluminando. Luego entendí por qué.

Me contó que cuando ella era adolescente su mamá se había enfermado de cáncer. A las pocas semanas tuvieron que internarla y los médicos dijeron que la enfermedad era terminal. Raquel me comentó: En esos días me sentía desesperada, pero al mismo tiempo pensaba que mi mamá se lo merecía. Confundida, un día decidí entrar a una iglesia. Allí escuché el mensaje de la cruz y se me pegaron estas palabras: Dios no sólo perdona nuestros pecados, sino que su cruz nos da el poder para perdonar. Ese día pasé al frente cuando el pastor invitó, pero no sólo para entregar mi vida sino la de mi mamá. Yo no sé cómo puede ocurrir eso y si es correcto hacerlo, pero sé que algo sucedió. A la mañana siguiente fui a verla al hospital y le dije: ‘Mamá, yo te amo y no tengo ningún reproche…’ Esas palabras fueron como una infusión de vida en ella. Por la tarde noté que algo había cambiado. Al día siguiente mi mamá me preguntó por qué le había dicho eso y le dije que simplemente lo había decidido, y que ya no cambiaría mi manera de sentir. Ella comenzó a llorar y me pidió perdón. Ese fue uno de los días más felices de mi vida. Hoy miro mi historia y la de mi mamá y pienso en cuántas personas necesitan experimentar el perdón. Por eso he decidido usar mi propia historia para bendecir a todos los que me sea posible.

En 2 Samuel 9 aparece la historia de Mefiboset. Este joven era hijo del príncipe Jonatán y nieto del rey Saúl. Cuando era pequeño lo dejaron caer y quedó con problemas en sus piernas, así que no podía caminar correctamente. También había quedado en la pobreza total cuando murió su familia. El rey David se acordó de una promesa que le había hecho a Jonatán y preguntó si quedaba algún heredero. Uno de los siervos de Saúl le comentó acerca de Mefiboset, y David mandó a buscarlo. Por la promesa que había hecho David, Mefiboset recibió riquezas y fue invitado nada menos que a comer todos los días en el palacio del rey.

Debes saber que tu historia y la mía no son muy diferentes de la de aquel joven. Seguramente sufrimos malas experiencias. Alguien nos dejó caer o experimentamos algún tipo de pobreza. Pero hace mucho tiempo Dios prometió bendecirte, y hoy te invita a su palacio. La puerta de entrada se llama perdón, y una vez que entras por ella hay mucho para disfrutar en la mesa del Rey.

Extracto del libro Rebeldes Con Causa

Por Lucas Leys

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