En un mundo tecnológico, ajetreado y colapsado, somos cada vez más injustos con nuestra niñez. Incluso los cristianos, a pesar de tener conocimiento de que todo tiene su tiempo, y de que todo bajo el cielo esta controlado por el Señor, caemos en el trajín cotidiano y en el estrés de la vida. Esto afecta en gran medida a nuestros niños, porque pretendemos que ellos, desde su corta edad, lleven y entiendan nuestro ritmo de vida, y se acoplen rápidamente a las exigencias del entorno. Y, lo más lamentable, les exigimos también que reaccionen de una manera «adulta» y coherente. El objetivo de este capítulo es que podamos comprender la importancia de las emociones en el niño, y cómo ayudarlo a poder entenderlas y expresarlas.

La mayor parte del tiempo, los adultos perdemos la perspectiva de lo que debemos modelar, fomentar, e inculcar en los niños. Por ejemplo: Un día regresamos de la escuela con nuestros dos hijos y de repente estamos atorados en el tráfico. Como adultos, estamos cansados, y entonces tenemos una mala actitud con el prójimo. No cedemos espacio en la carretera, nos enojamos por la forma en que el otro conduce, y nos volvemos irritables e intolerantes. Al llegar a casa, nuestros hijos comienzan a jugar, y al minuto pelean porque ambos quieren el mismo juguete. Ninguno quiere ceder, y no quieren compartir. Se quejan y se acusan el uno al otro. ¿Y nosotros qué hacemos? ¡Les damos una reprimenda!

Te has dado cuenta, ¿verdad? Los niños al final están imitando (consciente o inconscientemente) nuestra propia conducta. Sin embargo, a la hora de evaluar la situación, nos justificamos diciendo: «Lo que les pasa a ellos es distinto, es más inocente, más ingenuo. No tienen razones para actuar así.» Los niños, entonces, terminan haciéndose la pregunta: «¿Y cómo se supone que debo reaccionar?»

El Manejo de las Emociones

Voy a decir esto con cuidado. Sé que suena chocante, pero tal vez nos haga reflexionar: ¡Los adultos probablemente no seamos las personas más indicadas para mostrarle a un niño como reaccionar! ¿Y entonces, quién? Bueno, sí, nosotros. Pero debemos preocuparnos y ocuparnos de ser buenos modelos en este sentido. El trabajo que tenemos en nuestras manos es el más importante que puede tener una persona: formar niños para que vivan de una manera que agrade a Dios. Somos los adultos los responsables de guiar, modelar y afianzar los comportamientos de los niños y niñas que nos miran. Somos los adultos los que debemos enseñarles cómo reaccionar y cómo manejar las emociones adecuadamente.

Comentario de Esteban Obando:

La declaración de Laura es muy conflictiva. ¿Si no son los adultos, entonces quiénes? La respuesta sigue siendo la misma: ¡los adultos! El problema no está en el «quién», sino en ser conscientes de que todo el tiempo estamos educando. La educación de los niños no solo requiere que sepamos mucho sobre educación. No importa si tengo estudios superiores en educación infantil, si aún no sé manejar mis emociones. El niño no aprende por mi currículum académico, sino por el ejemplo que le doy. Es por eso que vemos expertos en la materia con hogares destruidos, y es por la misma razón que vemos personas que no saben leer ni escribir, pero con hogares ejemplares. A tu hijo, o a tu alumno, no le interesa cuánto sabes, sino cuánto aplicas. Y en este sentido el control de las emociones es básico. Es lo que llamamos madurez. Cuando una persona llega al estado de poder controlar sus emociones, es cuando puede decir que es madura.

Gálatas 5.22-23 dice: «…el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio…». ¿Leíste eso? ¡Dominio propio! Una persona que está llena del Espíritu Santo es una persona madura, que puede controlar sus emociones. ¡Esta es la clase de adultos que necesitamos!

Los niños están en un «entrenamiento intensivo». Ellos aprenden todos los días. Ellos aún no saben cómo expresar ni cómo controlar sus emociones. Somos nosotros, los adultos, los responsables designados por Dios para guiar a cada niño en el conocimiento del bien, ¡y esto incluye el manejo de sus emociones!

Los padres, líderes, maestros, y consejeros, debemos ayudarlos a que aprendan a lidiar con sus sentimientos y emociones de manera constructiva. Está bien que los niños tengan sus sentimientos, pero no que se abrumen con ellos. Un niño debe aprender a sentirse desanimado, pero no rendirse; a sentirse ansioso, pero no quedarse en casa; a estar emocionado, pero no dejarse llevar por su entusiasmo de manera que entorpezca su juicio para la toma de decisiones. En esto es importante destacar que los niños aprenden a regular sus emociones de manera más efectiva cuando tienen la confianza de que sus sentimientos serán escuchados.

Comentario de Esteban Obando:

Te recuerdo lo que dice Santiago 1.19: «Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse.» ¿Te das cuenta de cómo cambian algunos versículos que nos sabemos de memoria, cuando simplemente les agregamos la frase: «esto también aplica para los niños»? ¡Escúchalos! Sus emociones y sus sentimientos son tan válidos como los tuyos, y ellos necesitan de un oído amoroso que les preste atención.

Extracto del libro Manual de Consejería Para el Trabajo Con Niños.

Por Esteban Obando y Autores Varios

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