Pasaje clave: Lucas 15:31

Y en el final de la historia, nos encontramos con el penúltimo esfuerzo del padre por hacer “entrar” en razón a aquel a quien ama. Él, el padre, entonces le dijo: Hijo. Le recuerda quién es, eso es lo primero, hijito, mi querido hijo. Tú siempre estás conmigo. Le recuerda dónde está. Y todas mis cosas son tuyas. Le recuerda lo que le pertenece.
Ser, estar, tener.
El hijo mayor no vivía en la realidad de la gracia sino en la mentira de los méritos. Quería tener los privilegios de hijo, pero ¡ya lo era! Qué gran contradicción y qué tristeza. Estar perdido en tu propio hogar. Es triste estar lejos de casa, apartado y andar perdido, como el hermano pequeño. Pero es más triste estar cerca de casa y vivir perdido. Es desesperante.
Un cuerpo que está cerca y un alma que vive desconectada de la realidad.
Que había olvidado su identidad.
Porque todos tenemos problemas de identidad. Por eso queremos hacer más, porque queremos ser más.
Olvidando que ya somos todo lo que podemos ser en Él, si confiamos en Él, si nos rendimos a Él, a su amor.
No hay nada que hacer, solo disfrutar, en serio.
Y cuando uno disfruta se da más, porque más vale dar que recibir.
Se disfruta más. Pero si no sabemos quiénes somos no podemos ser generosos, no podemos entregarnos a otros. Porque estamos vacíos de identidad e intentamos llenarnos con cosas externas, con obras y méritos.
Pero el vacío que tenemos es muy grande, es más que grande, es eterno.
Eterno, no tiene fin, no tiene tiempo, no se puede llenar con cosas temporales. Las cosas temporales se reducen
a nada en nuestro interior, no sacian, solo nos dejan la sensación de estar más vacíos, si cabe.

El hermano mayor trabajaba mucho, en el campo, fuera, se afanaba, se turbaba, y buscaba en sus quehaceres lo que solo estaba en su Padre. La identidad de hijo. No sabía quién era, estaba inseguro.
Nuestras inseguridades nos harán trabajar para nosotros, por miedo a no llegar a ser “eso que debemos ser” buscando un yo desconectado de la fuente eterna de identidad, el amor de Dios. Porque solos no tenemos referente para saber quiénes somos. Necesitamos relación.

Somos alguien frente a otro. Y si nuestro vacío es eterno, solo un ser eterno que nos ama puede decirnos cabalmente quiénes somos. ¿Quiénes somos? somos lo que Dios dice que somos y esa verdad está cerca de nuestro corazón. Él ha puesto eternidad ahí. Pero huimos de nosotros mismos hacia fuera intentando encontrarnos, y eso queridos, es una auténtica locura sin sentido.
Un camino de huida más allá de nuestra identidad condenada al fracaso y a una persecución eterna de un sueño. Ahí afuera no hay nada. El hijo pródigo lo experimentó. El mayor debía experimentarlo también.
Estaba lejos, por eso debía volver en sí.
Como el hermano pequeño, el mayor debía volver en sí, (v.17) porque estaba “fuera” de sí. No estaba siendo Él. ¡Y tenía tan cerca la solución! Estaba cerca y lejos. A la vez.
Estaba perdido, había olvidado. Olvidar es perder algo dentro de ti. Y el padre tenía que recordarle quién era.
Recuerda: Eres mi hijo.
Muchos de nosotros, cristianos, vivimos cerca, en casa, y no sabemos quiénes somos. Vivimos como fariseos, esforzándonos por ser algo que ya somos, y perdemos, como aquella moneda en el suelo, la impronta e imagen
de aquel que nos selló.
Todas las cosas son suyas, el hermano mayor siempre está con el Padre. Siempre. Emmanuel, Dios con nosotros, “he aquí yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Cuánto nos cuesta entender esto.
Él está. Su presencia es nuestro regalo, es lo que nos da valor, es nuestra herencia y aquello que nos asegura nuestra identidad.
Nuestra relación con Él a través de lo que Él hizo es suficiente para saciar nuestra eternidad. Porque Él es Eterno.
No hay otro lugar en el universo donde encontrarnos. Pero seguimos perdidos.
Entiéndelo: No hace falta hacer nada, ni se nos ocurra hacer nada para ganarnos su favor, o ganarnos el becerro. Ya la fi esta es nuestra, nos pertenece, ¿Queremos estar con el padre o no? ¿Queremos tener gozo compartido?
Todas las cosas son nuestras. Gracia para todo el que quiere. Sin medida.
Si Él nos dio a su Hijo ¿cómo no nos dará todas las cosas? La herencia ya era del hermano mayor. Es probable que desde un punto de vista legal, si el Padre les repartió los bienes a los dos en el versículo 12, el becerro ¡perteneciera al hermano mayor!
¡Qué ciegos estamos ante la superabundancia de las riquezas de su gracia!
Siendo suyo, no supo disfrutarlo. No hay mayor tragedia que ésta, como Julieta, que despierta de su sueño para ver a Romeo cerca, pero lejos. Está el cuerpo, pero no su alma. Nos vibra en el corazón.
Podría ser mi historia, o la tuya.
Dan ganas de llorar, por él, por mí y por ti.
Pero el padre insiste, nos recuerda constantemente quiénes somos, dónde estamos, qué tenemos.
La pregunta es si confías en sus palabras.
Solo eso.
Papá terminará su discurso de la manera más sublime jamás imaginada. Jesús terminará su discurso de la manera más sublime jamás imaginada.

PARA VOLAR
1. ¿Cuál o cuáles son tus mayores temores con respecto al amor de Dios por ti?
¿En qué te da miedo que te falle Dios?
2. ¿Quién dice Dios que eres tú? Escribe no menos de 3 o 4 líneas sobre lo que tu Padre dice de ti.
3. Por tanto, ¿quién eres? ¿dónde estás? ¿qué te pertenece?

Extracto del libro «Perdido»

Por Alex Sampedro

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