Pasaje Clave: Lucas 15:10.

Otra parábola que termina bien. El final de la Historia con Dios siempre es así. Un final feliz.
Y entonces llega la enseñanza del maestro de maestros.
Será un desenlace paralelo a la historia anterior. Dos parábolas desde la tierra que apuntan como radios hacia un centro común, una misma conclusión en el cielo.
Aunque os digo que el final es el mismo, pero diferente. Porque es la misma historia pero con otros énfasis. Veamos.
En primer lugar, en esta segunda parábola el personaje secundario, la moneda, no toma decisiones, no actúa, es un sujeto pasivo, un objeto inanimado. No nos interesa si lo que se pierde tiene la culpa, solo nos importa la acción de la mujer.
La moneda será valorada como “un pecador que se arrepiente” como en el caso de la oveja. Pero no será comparada con otras monedas “justas”.
No nos interesa su valor relativo a otros. No queremos ahondar en cuán culpable es la moneda. Es un objeto, el objeto del amor de alguien. La escena está totalmente ocupada por la mujer. En esta historia el protagonista indiscutible es Dios. Como en nuestro caso. El Espíritu Santo que trae luz, que busca y da valor a lo que se había perdido. No hay tiempo para valoraciones acerca de lo buscado. No desde esta perspectiva de la realidad.
Ya habrá tiempo para definir responsabilidades, lo importante, aquí y ahora es que hay gozo delante de los ángeles de Dios.
Y aquí, otros entran al escenario. Los ángeles. Pero casi no intervienen en la historia, básicamente se apuntan a la fiesta. Y poco más. No participan directamente en nada, no son protagonistas, ni siquiera forman parte del plan de búsqueda, nadie les pide ayuda. En este caso la mujer se basta y se sobra para conseguir su objetivo. Ellos solo aparecen para gozarse de la salvación y reconocer lo que Dios es capaz de hacer por lo que se pierde.
Porque Dios no envía a otro a hacer su trabajo, Él mismo viene, Él mismo busca, su Hijo es Él mismo viniendo. Por nosotros. Y otros también están invitados a disfrutarlo. Los ángeles disfrutan el éxito de Dios. Su función es celebrar a Dios y sus obras. Y son capaces de sentir gozo por un pecador que se arrepiente.

Porque si un ser humano tiene la capacidad de arrepentirse y lo hace, significa que Dios lo ha encontrado, que la moneda perdida ha sido encontrada y por lo tanto su valor, restaurado. Porque arrepentirse es dar un giro de 180 grados.
Pero si hemos ido en la dirección contraria es porque veníamos del lugar correcto. Teníamos un valor para la mujer, formábamos parte de un todo. Estábamos en el lugar propicio pero nos alejamos. Nos “caímos”. Desde Génesis 3 tropezamos y resbalamos hasta el suelo oscuro.
Su imagen estaba distorsionada en nosotros.
Porque fuimos hechos a su imagen, pero le dimos la espalda y nos perdimos. Tenemos su impronta en nosotros, y le pertenecemos por derecho. Dejamos de estar donde debíamos, junto a Él y junto a otros como nosotros, nos quedamos solos y perdidos, acumulando polvo.
Y nuestra única esperanza es que Ella nos encuentre.

PARA VOLAR
1. ¿Qué significa que tenemos la imagen de Dios en nosotros?
2. ¿Sigues necesitando arrepentimiento hoy?
Los frutos de tu vida te responderán, Lc.3:8 ¿De qué necesitas arrepentirte ante Dios? Tómate el tiempo de hablar con él con claridad y honestidad.
3. ¿Cómo te gustaría responder a la búsqueda incondicional de Dios que ha encontrado tu alma perdida?
Piensa un poco y anota un par de ideas que te gustaría implementar en tu vida diaria.

Extracto del libro «Perdido»

Por Alex Sampedro

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