Las palabras en función de la identidad

El lenguaje o los códigos utilizados, al igual que la vestimenta y la música, tienen un rol muy importante en las subculturas juveniles: el de marcar un territorio y dejar fuera—y en evidencia—a los que no son “del mismo palo”. Es decir que también la jerga utilizada es parte de los componentes que ayudan a definir la identidad de los individuos.

Estos códigos en común, que requieren de una destreza por parte del receptor para decodificar el mensaje, sirven para reforzar la noción de identidad en un grupo. Pero también, requieren una habilidad de parte de los emisores para saber cuándo emplear una palabra u otra. Debido a que los medios masivos de comunicación están constantemente difundiendo este tipo de vocabulario, ya no se hace tan difícil comprenderlo aun para los que no pertenecen a una determinada subcultura.

La clave para los jóvenes es, en primera instancia, diferenciarse de los adultos a través de las palabras empleadas. Y luego también, diferenciarse de los de las otras tribus urbanas. Distinguirse, abrirse un camino, asociarse a pares y desasociarse a ajenos, ir modelando un lenguaje de acuerdo a las necesidades. Para eso emplean las palabras.

Por eso es que les molesta o incomoda cuando un adulto, en su intento por mostrarse más cercano, más juvenil, utiliza sus términos. Porque su jerga está intencionalmente diseñada como una pared que separa las generaciones. Una joven manifiesta: “A veces los amigos de mi papá me dicen ‘bo——’ en vez de ‘Anahí’. Es re feo. Es una señal de cercanía, un código que comparto con mis amigos. Hay cierta edad en la que tenés que tener una forma más formal de hablar. No va a venir una abuela de sesenta años y decirle ‘bo——’ a su nieta”.

Pero en este juego de palabras no hay que preocuparse: ellos saben manejar perfectamente los cambios de registro; saben cómo hablarle a una persona mayor o a una autoridad. Aunque se hablen entre ellos y se traten de forma muy coloquial, reconocen que hay expresiones para usar, por ejemplo, con un profesor. Por el contrario, ellos piensan que muchas veces nosotros somos los que perdemos el registro correcto y traspasamos los límites al hacer uso de su vocabulario.

Y en esta suerte de diferenciación en la que insisten, vemos que muchas veces exigen una “contraseña lingüística” que habilite el acceso. Una pregunta en clave funciona como detector. Para los más diestros, una sola palabra en esa contestación solicitada basta para identificar rápidamente el trasfondo social y grupo de pertenencia, no solo por el contenido semántico de la misma, sino también por el acento, la pronunciación y la entonación. Lo que sería una sencilla respuesta a un “¿qué banda escuchás?” revela un complejo nido de significaciones, por ejemplo, qué nivel socio cultural tenés, quiénes son tus amigos, cómo pensás respecto a tal o cual tema, etc.

Un claro ejemplo de esta percepción basada en el lenguaje empleado son las subculturas que tienen mayoría de miembros de clases sociales altas; en su léxico se destaca el uso generalizado de términos en inglés: ser cool [tener onda], estar fashion [vestir a la moda], estar crazy [estar loco, en forma positiva], ir al pub [al bar] a tomar unos drinks [unos tragos] y muchos anglicismos más. Como aquellas tribus pertenecientes a clases más bajas desconocen estos términos—y si los conocen no los usan porque no se sienten representados por ellos—, el lenguaje levanta nuevamente una barrera que clara e intencionalmente los separa. Por eso se dice que el inglés es el idioma de la disco mientras que el castellano, o una versión de este, es el de la bailanta.82

Están constantemente creando palabras nuevas o cambiándole el significado a las existentes, para mantener en vigor este mecanismo de detección de los que son y los que no son. Pero, cuando esas palabras se vuelven de uso público y son “manoseadas” por los extraños, inmediatamente caen en desuso para los miembros del grupo, porque pierden su efecto segregador. En una entrevista realizada por el Lic. Elbaum, para su ensayo “Las distancias lingüísticas”, en donde analiza las diferencias entre la cultura de la bailanta y de la disco, una joven de clase alta lo corrige: “Ya no decimos loco, ahora se dice crazy”. En este caso es como si hubiera un miedo a contagiarse con lo vulgar, lo gastado…

Otro punto a considerar es que las diferencias de percepción en cuanto al vocabulario empleado guardan una cierta relación con el trasfondo social, cultural, económico de los jóvenes. Por ejemplo, el cheto83, fue definido por los chicos de la ciudad como una “persona con dinero que usa ropa de marca, se preocupa por su imagen y carece de humildad”, mientras que sus pares oriundos de zonas rurales dijeron que un cheto es aquel que “tiene más de quinientas hectáreas, hace el secundario en la capital de la provincia, veranea en el sur o en Punta del Este, viaja a Europa y tiene caballos de polo para jugar con sus amigos el fin de semana”.

Extracto del libro Tribus Urbanas.

Por María J. Hooft.

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