Tan pronto como Elisabet oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre, Entonces Elisabet, llena del Espíritu Santo, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el hijo que darás a luz! (Lucas 1:41-42).

La envidia nos hace perder muchos momentos buenos de nuestra vida. Imagínate si Elisabet, cuando saludó a María y sintió a su bebé, en lugar de alegrarse por la buena nueva, hubiera sentido envidia porque su familiar iba a ser más bendecida» que ella.

Imagina que, al saber que María iba a ser la madre del Mesías, en lugar de ponerse feliz con su embarazo, se hubiera puesto a tejer sentimientos negativos porque ella no había sido la elegida, imagina a Elisabet preguntándose: ¿Por qué mi hijo tendrá que preparar el camino para el hijo de ella? ¿Yo no soy sufi­cientemente buena para ser la madre del Mesías? ¿Por qué ella, y yo no? ¿Qué tiene ella que no tenga yo?

La envidia es la mayor demostración de carencia de amor cristiano. Además, es una prueba contundente de falta de agradecimiento, ya que el envidioso no consigue ver las bendiciones que recibe, puesto que está obsesionado con las que recibe el otro. Este pecado corroe más al envidioso que al envidiado, quien -a veces- ni siquiera sabe de los sentimientos negativos del otro.

Este espíritu fue el cue dominó a Lucifer en el cielo. ¿Necesitas que siga­mos profundizando estas ideas? El mundo está como está hoy porque un ser creado sintió envidia de su Creador. Por ser como un veneno, su trabajo puede ser silencioso, pero carcome el espíritu de las personas y destruye relaciones.

Por el contrario, Elisabet tiene a su hijo, y la noticia, como todas las buenas noticias que involucran a las buenas personas, alegra a vecinos y parientes. ¿Ya notaste cómo las noticias son buenas o malas dependiendo de quién sea el sujeto de la noticia? Una mujer como Elisabet que recibe una bendición tan grande como un hijo, es motivo de alegra.

Para que las buenas noticias que te tienen como sujeto sean motivo de alegría de vecinos y parientes, tu vida debe ser como la de Elisabet, quien aceptó esperar en el Señor.

Una persona justa, recia, que se alegra con las buenas noticias de los otros, que disfruta de sus bendiciones y se regocija con las gracias que los otros reciben. Tú eliges.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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