Experimentar el abuso sexual puede condicionar la vida de muchas maneras, sobre todo si se presenta durante la niñez. Es una experiencia traumática que interfiere con el desarrollo normal del niño/a o adolescente.
El abuso sexual involucra todo tipo de prácticas, no sólo la violación o acceso carnal. Las consecuencias de la víctima tampoco dependerán del tipo de experiencias, sino de las vivencias personales asociadas al hecho, así como de otros factores individuales. En otras palabras, solemos creer que si una persona fue violada, entonces, su trauma será mayor que aquella que fue “manoseada”, y no siempre es así. Nunca minimicemos este tipo de experiencias.

El abuso sexual infantil, según la definición de Grosman y Mesterman, es toda situación en que un adulto utiliza su interrelación con un menor para obtener satisfacción sexual.

Otra definición para ASI es: «los contactos e interacciones entre un niño y un adulto, cuando el adulto (agresor) usa al niño para estimularse sexualmente él mismo, al niño o a otra persona. El abuso sexual también puede ser cometido por una persona menor de 18 años, cuando ésta es significativamente mayor que el niño (la víctima) o cuando (el agresor) está en una posición de poder o control sobre otro menor», National Center of Child Abuse and Neglect (NCCAN).

Finalmente cabe agregar que puede existir abuso sexual infantil con y sin contacto físico. En este último caso las variantes pueden ser: mostrar los genitales al niño o pedir que muestre los suyos; exponerlo a material pornográfico; mantener conversaciones o llamadas telefónicas de contenido sexual; obligarlo a presenciar actos sexuales entre adultos o utilizarlo para la producción de material pornográfico.

VÍCTIMAS DE ABUSO SEXUAL

Una persona abusada pasa generalmente por dos etapas:

  • De desorganización, o aguda, que puede durar días o semanas.
  • De reorganización, o crónica, que puede durar meses o años.

Durante la fase de desorganización hay síntomas emocionales: llanto, miedo, culpa, enojo, ansiedad, sentimientos de venganza, etc.; y físicos: dolores en el cuerpo o localizado en el abdomen, náuseas, manifestaciones vaginales, molestias orales o anales, alteraciones del sueño, pérdida de apetito, etc. Con el transcurso de los días o semanas esta fase da lugar a una paulatina recuperación e intento por superar esa experiencia.

Muchos adultos desinformados creen que si los niños no tienen grandes manifestaciones es porque no son conscientes del abuso, y piensan que el verdadero daño ocurrirá si todo sale a la luz. El trauma del abuso sexual no se olvida por el resto de la vida, independientemente de las manifestaciones visibles. En algunos casos, es cierto que el niño “se olvida”. Este hecho constituye un mecanismo de defensa ante la imposibilidad de entender esa experiencia y como una forma de proteger su vida emocional. Pero cuando reflota el recuerdo por algún motivo (otro trauma no sexual, una experiencia de abuso en sus propios hijos, etc.) surge el conflicto reprimido, con toda su carga de angustia y dolor.

Durante la etapa de reorganización, la víctima intenta reestructurar su personalidad y su vida. Pero suelen aparecer muchas respuestas inadecuadas y crónicas, como manifestaciones del estrés postraumático, por ejemplo:

1. Generan mecanismos de defensa o se enferman. Pueden recurrir al mecanismo de defensa que citamos antes, “el olvido”. La persona simplemente “no recuerda” lo que le aconteció. Los que no generan este mecanismo de defensa, reaccionan de otras formas: ya sea desarrollando problemas psíquicos, emocionales y aun físicos. El odio, el resentimiento o la depresión son sentimientos que, lejos de desaparecer, tienden a crecer en el corazón de las víctimas. En muchos, las experiencias traumáticas quedan en un “baúl de recuerdos”. De tanto en tanto, visitan dicho “baúl” y reviven aquella experiencia, generando más odio, resentimiento o depresión.

2. Aparecen patrones de comportamientos no saludables. Desde conductas sexuales inexplicables, como rechazo obsesivo al sexo, anorgasmia (ausencia de orgasmos), dispareunia (dolor durante las relaciones sexuales) hasta la promiscuidad. Puede ser que tengan reacciones cambiantes e impredecibles, como enojo y manifestaciones violentas. Se caracterizan además por la desconfianza, el temor a estar solos/as, la tendencia a la depresión, la ansiedad, la humillación, la perturbación y deseos de venganza. En muchos casos se registran pensamientos intrusivos, imágenes retrospectivas del hecho, disminución del interés por actividades importantes, aislamiento, disminución de la capacidad de experimentar nuevas situaciones, pérdida de la esperanza en el futuro, hipervigilancia, dificultad en la concentración, respuesta de alarma exagerada, etc.

El abuso sexual infantil origina perturbaciones de las más diversas. Como la persona abusadora suele ser un familiar que el menor desea querer, en lugar de denunciar el abuso, culpa a Dios por no protegerla, o se culpa a sí misma por haber permitido que eso pasara, generando mayor carga emocional al hecho, de por sí traumático. El sentimiento de culpa de la víctima contribuye negativamente en la recuperación. Por regla general, cuanto menor haya sido la agresión física por parte del abusador, mayor será la culpa que suele sentir la víctima.

El 64% de las pacientes con dolores crónicos en la pelvis, malestar abdominal indefinido, menstruaciones dolorosas y cefaleas con exámenes ginecológicos normales, informan una historia de abuso sexual en la infancia.

3. Otros desequilibrios. Trastornos en la alimentación, ansiedad crónica, abuso de drogas, fobias. Deterioro del rendimiento escolar, ideas o intentos de suicidio, comportamientos retraídos y conducta delictiva. Esas personas tienen una pobre imagen de sí mismas. Las alteraciones del sueño suelen ser comunes después de un abuso sexual. Muchas víctimas manifiestan pesadillas, imaginando que en cualquier momento un hombre puede entrar y volver a violentarlas sexualmente.

Siempre tengo el mismo sueño. Duermo sobresaltada. Cuando tenía 12 o 13 años fui a la casa de mi hermana porque había tenido un bebé y me quedé casi un mes ayudándola. Una noche mi cuñado vino a mi pieza, comenzó a tocarme y besarme; no podía gritar, fue horrible. Nunca pude contárselo a nadie. Desde ese tiempo tengo problemas para dormir, no me gusta estar sola y me parece que en cualquier momento alguien puede entrar donde estoy durmiendo.

LA SOMATIZACIÓN.

Cuando la prohibición de hablar es muy fuerte, como en los casos de incesto, el cuerpo expresa lo que siente, aun cuando su conciencia no registre la asociación entre abuso y enfermedad. Cuando el abuso comienza a una edad muy temprana, antes de que ese niño o niña tenga vocabulario con el cual asociar la experiencia, existe evidencia de que la memoria es visual más que verbal y la información del abuso va a una memoria corporal, integrada al propio cuerpo. Igual que el dolor por un miembro que ha sido amputado, que puede aparecer años después de la intervención, el cerebro, en el caso del abuso a temprana edad, puede recordar sensaciones y manifestarlas en el cuerpo de la víctima muchos años después y sin relación con el estado físico actual.

Extracto del libro Sexualidad Sana Liderazgo Sólido

Por José Luis y Silvia Cinalli

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