En su mayor parte, las denominaciones son muy poco importan­tes para las generaciones más jóvenes de lo que lo fueron para los adultos mayores. No me malinterpreten, las denominaciones son y seguirán siendo importantes formadores de la religión, y millones de jóvenes continúan mostrándose muy leales a su «marca» parti­cular del cristianismo. Como ya he dicho, creo que las instituciones importan porque son los mediadores de nuestra cultura colectiva, por lo tanto, la reinvención adecuada de estas instituciones resulta importante para nuestro futuro. Debemos ayudar a las próximas generaciones a entender por qué es importante la conversación res­petuosa y honesta sobre estas diferencias.

Sin embargo, no debemos perder de vista el panorama más grande aquí. Hay una creciente sensibilidad entre muchos jó­venes cristianos en cuanto a que las denominaciones enfatizan las diferencias de los creyentes, mientras que ellos prefieren ce­lebrar lo que los cristianos comparten en común. No desean ser definidos exclusivamente por categorías denominacionales. Muchos evangélicos protestantes quieren entender los puntos de vista de los católicos, por ejemplo. Los jóvenes cristianos de to­dos los colores quieren ir más allá del «feudalismo teológico» en favor de una visión compartida de su papel en el reino de Cristo. Sí, el impulso anti-institucional de la próxima generación es un controlador de esta perspectiva, pero es más que eso. Los exilia­dos en particular están planteando preguntas acerca de por qué Cristo habló tanto de la unidad, y cómo podemos reconciliar sus instrucciones con el inconveniente de las denominaciones Un estudio que hicimos entre los pastores de una denominación específica es un ejemplo de ello. Los clérigos jóvenes evangélicos de esta denominación estaban mucho menos dispuestos que los mayo­res a firmar una declaración exclusiva sobre la posición teológica de su denominación. Pocas veces he visto una brecha tan grande entre jóvenes y adultos como se descubrió en ese estudio.

Mientras que las denominaciones seguirán siendo una parte importante a la hora de organizar y movilizar a la iglesia y los feligreses, nos encontramos con que los jóvenes (incluidos los pastores más jóvenes) no quieren que las diferencias denominacionales se interpongan en el camino de la historia del cristianismo que ellos construyen. No desean descuidar la misión de la iglesia solo para que puedan vivir o morir en una colina denominacional.

EL «OTRO»

Cuando unes la diversidad —altamente valorada— a la creencia teológica de la necesidad de Cristo, se obtiene un amor por «el otro»: el forastero, el marginado. Los exiliados, apasionados y enfocados en la misión, parecen compartir la convicción de que la iglesia de al guna manera ha perdido su sentir por los mismos tipos de personas que buscaban a Jesús durante su ministerio terrenal: los oprimidos, los pobres, y las personas lisiadas física, emocional y socialmente Uno de los puntos más críticos entre la generación más joven es que la iglesia es buena para alcanzar a los cristianos «reciclados» (creyentes que no están comprometidos con otra iglesia), pero no en alcanzar a aquellos que están de verdad en el exterior. Una iglesia joven aquí en Ventura, California, donde Chris Hall, mi amigo y compañero de treinta y tantos años es el pastor, ha centrado su visión en alcanzar a aquellos que están «lejos de Dios». Chris ha sido criticado por otros líderes cristianos en nuestra comunidad por sus expresiones y acciones de solidaridad hacia las personas sin hogar, los borrachos y los drogadictos (¿no se les pa­recen a los críticos de Jesús?). Sin embargo, Chris y su iglesia saben que hay un mundo de diferencia entre afirmar que Jesús es exclu­sivamente el Cristo y excluir a las personas de la comunión con la iglesia.

DE LA EXCLUSION A LA INTEGRACION

Mi joven amigo Lucas trabaja en uno de mis cafés favoritos en Ven­tura. Hace unos meses, me dijo: «Hay un chico que viene con mucha regu­laridad. Él siempre compra lo más barato en el menú, por lo general un café pequeño, y luego pide una taza extra grande. Entonces se acerca a la mesa donde tenemos el azúcar y la crema y pone un poco de leche en el café pequeño. Después llena completamente la taza extra con leche. Y luego se va. Hace poco me ascendieron de puesto y a la verdad estaba muy cansado de verlo robarse la leche con todo descaro. Quiero decir, lo que él hace es básicamente un robo, ¿verdad? Así que cuando me pidió la taza extra, le dije: «Si esto es para la leche, en realidad tengo que cobrarte por ello”. Él se molestó mucho. Así que pidió ha­blar con mi jefe para quejarse. Mónica, mi supervisora, me escribió un correo electrónico y me amonestó, ya que el cliente no se había llevado una experiencia positiva, como es nuestro eslogan». Me quedé pasmado con lo que me contó. «¿Estás hablando en serio?», le dije. No entiendo cómo una empresa permite que sea aceptable que una persona les robe y que cuando alguien trata de defenderlos, lo castiguen. Me parece que algo malo ocurre en esta compañía».

La experiencia de Lucas con el ladrón de leche personifica el lado oscuro de la inclusión: una cultura tan enamorada de la tole­rancia, que un empleado que no podía tolerar el robo fue castigado. Un rechazo entendible a esta ética distorsionada se halla en la raíz de la renuencia de la iglesia a lidiar con las preocupaciones de la próxima generación acerca de nuestra exclusividad. Después de rodo, servimos a un Dios que es totalmente confiable en su carácter moral y ha revelado en la Biblia el estándar por el cual se miden el bien y el mal. Con razón nos cuestionamos la obsesión de nuestra cultura con la corrección política y «la paz a toda costa». Sin embar­go, también creo que el impulso de la próxima generación de incluir a todo el mundo es una invitación que Dios le está extendiendo a la iglesia a repensar nuestra postura hacia el mundo.

Quiero sugerir que cuando aceptamos los términos del debate —exclusión versus tolerancia— vamos a perder. Cuando elegimos la exclusión, la iglesia se convierte en una fortaleza, solo para los miembros de la organización. Les cerramos la puerta a todos los que nos asustan con sus ideas o cuyas preguntas nos incomodan.

Por el contrario, cuando elegimos la tolerancia hacia cada per­sona y sus ideologías, perdemos la posibilidad de compartir la muy buena noticia del amor de Dios, demostrado en Cristo como nunca antes ni después, y de confrontar el pecado y el sufrimiento que este genera. La exclusión carece de amor, y la mala tolerancia carece de valor.

No obstante, en el corazón de la historia cristiana encon­tramos el rechazo del Dios Trino tanto para la exclusión como para la tolerancia. El Creador no se contentó con excluir a aque­llos que lo habían rechazado, pero tampoco estaba dispuesto a tolerar nuestro odio y el pecado. ¿Qué hizo entonces? Se convirtió en uno de nosotros, uno de los «otros», identificándose con los seres humanos para abrazarnos con solidaridad, empatía y un desinteresado amor ágape, todo el camino hasta la cruz.

¿Cómo sería si la comunidad cristiana hiciera lo mismo? ¿Qué tan distinta sería la iglesia si describiéramos a la exclusión como inaceptable y a la tolerancia como insuficiente? ¿Qué haríamos diferente para poder discipular a los adultos jóvenes y ayudarlos a cultivar esa empatía que Cristo tuvo, por medio de la que se identificó con los más humildes, los últimos y los perdidos?

Extracto del libro Me Perdieron

Por David Kinnaman

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