Hace unos meses atrás me encontraba desayunando en uno de mis lugares favoritos con Kevin. Hablábamos sobre las decisiones que lo habían llevado fuera de la iglesia. Él creció siendo católico, y había sido la separación de sus padres la que empezó a afectar su confian­za en la fe. «Al principio fue difícil para mí aceptar que mis padres fueran echados de la iglesia por su divorcio», contó Kevin mientras tomaba su café. «Pero probablemente igual de importante fue cómo la iglesia manejó mis dudas… o no lo hizo». Vaciló antes de admi­tir: «Guardé mis dudas para mí mismo, porque pensaba que mis lí­deres no querrían saber que en verdad ya no creía. Tal vez pudieron ayudarme más, pero nunca creía que fueran capaces de hacerlo». Sospecho que, si Kevin hubiera hablado sobre sus dudas, hubie­ra encontrado más ayuda de la que esperaba. Tristemente, nunca lo sabremos.

Creo que la duda inexpresable es uno de los destructores más poderosos de la fe. Nuestra investigación revela que muchos jóve­nes sienten que la iglesia es un contenedor demasiado pequeño para poder cargar con sus dudas. Un tercio de jóvenes cristianos (36%) está de acuerdo con la declaración: «No siento que pueda hacer las preguntas más apremiantes de mi vida en la iglesia». Uno de cada diez (10%) lo expresa de forma más franca: «No tengo permitido hablar de mis dudas en la iglesia».

Está estadística señala uno de los retos que la nueva genera­ción de cristianos le hace a la iglesia. Ellos están acostumbrados a «dar su opinión» en todo lo que se relaciona con sus vidas. Como notamos antes, la comunicación, alimentada por la tecnología, está cambiando de pasiva a interactiva. No obstante, la estructura de desarrollo del joven adulto en muchas de las iglesias y parroquias sigue el estilo de la instrucción en un salón de clase. Resulta una comunicación pasiva y en un solo sentido… o por lo menos esa es la percepción que la mayoría de los jóvenes tienen de su educación religiosa. Encuentran muy poco apetito en sus comunidades de fe por el diálogo y la interacción.

Además, en la duda inexpresable se presenta un elemento aislado. Cuando una persona siente que la iglesia no es un lugar seguro para ser honesto, se ve obligada a pretender, a montar un espectáculo, lo cual con frecuencia resulta en una fe que no cala profundo. Cuando los jóvenes cristianos se retraen, manteniendo sus incertidumbres, preocupaciones y desilusiones en privado, se van alejando de los líderes y colegas que tal vez puedan ayudarlos a lidiar con sus dudas de una forma positiva y de este modo a ir edificando su fe.

Las personas permanecen en silencio en cuanto a sus dudas por muchos motivos. Y seamos honestos, no siempre es culpa de la iglesia. Muchos líderes juveniles y pastores están listos, deseosos y capacitados para escuchar a los jóvenes, motivándolos en la bús­queda de respuestas a sus grandes preguntas y caminando junto a ellos con honestidad y autenticidad. Sin embargo, en muchas ocasiones las comunidades de fe cons­truyen un ambiente tóxico donde las dudas pueden agravarse. O nunca crean un espacio para formular preguntas o donde se pue­da discutir abiertamente sobre las situaciones difíciles de la vida. En estos lugares los adultos jóvenes no se sienten aceptados, por el contrario, son espacio donde el «experto» hace sentir a aquellos que tienen dudas como estúpidos o personas totalmente fuera de tono con una «verdadera» creencia o fe. Algunos perciben que pueden ser juzgados por ser honestos, mientras que otros quieren creer más profundamente y al articular sus dudas se sienten como traidores.

No podemos resolver la duda como un rompecabezas, pero es cosible crear comunidades que mantengan la fe y la duda en un balance apropiado. Dios no le tiene miedo a las dudas de los seres humanos. «Tomás el incrédulo» es recordado por no creer, pero en su misericordia, Cristo le permitió renovar su fe cuando Dios re­sucitado le mostró sus marcas de crucifixión y resurrección. Al rey David se le consideraba un hombre de acuerdo al corazón de Dios, aunque muchos de sus salmos cuestionan las intenciones divinas hacia él y su provisión… muchas veces crudamente, con palabras violentas que expresan hasta la más mínima emoción. Job también expresó sus dudas y desilusiones en términos muy fuertes.

Necesitamos comunidades donde sea seguro para las personas hablar de sus más profundas y oscuras preocupaciones, donde ex­presar la incertidumbre no sea visto como algo anormal o apóstata. La transparencia radical, para bien o para mal, es la norma en la cultura de los adultos jóvenes; solo hay que mirar las revistas y los sitios web de chismes que son tan populares entre la generación de jóvenes. Mejor aún, hay que darse cuenta de que la mayoría de la gente joven está deseosa de vivir «públicamente» en Facebook y otras redes sociales. Como el pastor y experto en tecnología Shane Hipps describe, esta es «una generación de exhibicionistas». Mu­chos de ellos no se apenan al hacer preguntas honestas (al menos en su círculo de amigos), aunque a veces no tienen la paciencia o la determinación para conseguir buenas respuestas.

Aun así, después de estudiar el rol de las comunidades de fe y las familias en formación espiritual, creo que el problema no es solo el período corto de atención de la siguiente generación, o la falta de rigor intelectual. Al contrario, opino que las comunidades de fe no han hecho un buen trabajo construyendo ambientes o experiencias donde los estudiantes puedan procesar sus dudas. Nuestra posición hacia los estudiantes y adultos jóvenes debería ser más socrática, más orientada al proceso, más deseosa de vivir con sus preguntas y buscar juntos las respuestas. Necesitamos guías que sepan cómo encontrar un mejor balance entre hablar y escuchar…

Así como vamos formando comunidades donde la gente jo­ven pueda expresarse y procesar sus dudas en relaciones seguras y afirmadoras, también debemos evitar hacer de la duda un estilo de vida. En nuestra firma investigativa y en mi interacción con los pas­tores jóvenes, he encontrado comunidades de «fe» donde la duda está consolidada tanto, que se ha apoderado de todo, ahogando la esperanza cristiana con cinismo y pasión hacia la misión de la igle­sia con gran apatía. Formular grandes preguntas puede convertirse en una excusa para no hacer nada. En The Myth of Certainty (El mito de la certeza), Daniel Taylor, profesor de la Universidad Betel, escribe sobre cómo él rechaza y no permite a la duda paralizarlo cuando esta se levanta: «He aprendido a vivir con el nacimiento y la caída de pensamientos y sentimientos de fe, a coexistir hones­tamente con dudas, a aceptar la tensión y la paradoja sin tomarlas como una excusa para la inactividad».

La idea de que la acción —crear fe— puede desarmar los efec­tos más agobiantes de la duda es un tema que retomaremos en este capítulo.

Extracto del libro Me Perdieron

Por David Kinnaman

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