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TRADICIONAL VS. CONTRACULTURAL

Estamos viviendo una etapa de transformación en la cultura eclesial. He podido conocer a varios ministerios que han caído en la cuenta que si no hacemos cambios drásticos en la forma cómo hacemos iglesia, no logra­remos heredarla a las siguientes generaciones. Al mismo tiempo, levantan su voz los más dogmáticos, rechazando a los emprendedores de nuevos métodos que se van en contra de la cultura tradicional de iglesia, basados en la intención de rescatar los valores que por décadas se han defendido a capa y espada.

Entonces, ¿cómo reaccionar frente a un proceso de necesaria reforma de la liturgia, sin descuidar los principios innegables de la Palabra de Dios, a los que estamos irremediablemente sujetos por voluntad y decisión propia? ¿Cómo promover cambios sin ofender a Dios y seguir alcanzando a las siguientes generaciones? ¿Qué hacemos para no perder a todos los que ya han sido alcanzados y enseñados en un contexto tradicional de iglesia?

En primer lugar, recordemos que la iglesia de Cristo fue concebida desde una perspectiva contracultural. Los principios del evangelio nos obligan a enfrentarnos a la cultura en que vivimos y tomar decisiones. Entonces, la iglesia tiene un diseño contracultural. Pablo les repetía a los romanos que no se amolden al mundo actual (Romanos 12:1-2), entendiendo a Roma como la meca cultural de la época. Es interesante que con el pasar de los años, la iglesia se convirtió en un reflejo del mundo, llena de corrupción pero fingiendo que todo iba de acuerdo al plan. Allí llegó la Reforma de Lutero, un movimiento contracultural que removió las bases del pensa­miento global respecto de Dios y de la iglesia.

Debo acentuar que dicha Reforma nació desde adentro hacia afuera. No fue una iniciativa personal de alguien que venía con una idea innovadora para organizar la competencia a la iglesia tradicional; más bien fue un brío generado puertas adentro de la misma organización. Además, muchos factores internos, así como personas movidas por el Espíritu de Dios, for­maron parte de ese proceso. La Reforma nació de alguien que estaba experimentando la caducidad de los métodos en carne propia, y ansiaba agradar a Dios con todas sus fuerzas.

Actualmente sentimos que es necesario otro movimiento de reforma similar al del siglo XVI, y es que la cultura ha ido cambiando tan rápido, haciendo sentir a la iglesia obesa y necesitada de entrenamiento para dar respuestas adecuadas a las nuevas generaciones. Aquí urgen las nuevas 3 tendencias que entienden la cultura, y sin adaptarse a los principios malogrados de la sociedad, logran llegar a las personas que Dios ama.

Hace algunos años se publicó un libro escrito por Bono llamado Rompiendo el Molde. Fue uno de los títulos que llamó mi atención de manera particular. Había estado inconforme con esa tendencia tan poderosa que tenemos de hacer un molde de todo. Esquemas que nos hacen pensar con el tiempo que esa es la única manera de hacer las cosas. Y luego, solicitamos a todos que se amol­den a esa estructura que formamos en nuestras iglesias y ministerios para pedirle a la gente que encaje allí. Si la gente no encaja los vemos mal y les damos consejos para que se adapten mejor, esperando que en algún momento, con algo de esfuerzo puedan ser parte del molde. Lo más triste de todo es que a los que no encajan los rechazamos, o simplemente los dejamos partir. La Biblia nos muestra ejemplos de gente que fue llamada por Dios a rom­per un molde.

  • Abraham, cuando lo seguro y cómodo era quedarse y seguir viviendo como había aprendido, Dios le mandó a salir y buscar una nueva tierra.
  • Daniel, parándose firme ante las autoridades gubernamentales y no ceder antes sus solicitudes ofensivas a Dios, cuando lo más fácil era callarse y comer lo que le indicaban.
  • David rompió moldes de estrategia militar contra el gigante, sin arma­dura, sin espada, con solo unas piedras y una honda.

Los creyentes del libro de Hechos se enfrentaron al molde de los fariseos y a muchos les costó la vida, promulgando un estilo de vida diferente. Estos y muchos otros personajes bíblicos nos demuestran que el llamado de Dios no se cumple dentro de los parámetros instituidos por los hom­bres. Dios siempre establece los parámetros.

Jesús nos mostró constantemente una forma diferente de hacer ministerio. Él no se rigió a los moldes culturales instaurados por los fariseos; hacía cosas diferentes que rompían el modelo que los religiosos de aquel tiempo habían impuesto, creaba nuevas formas de hacer ministerio y de predicar el mensaje de salvación. Escupía en la tierra para hacer un poco de lodo y ponérselo en los ojos a un ciego, sanando en sábado, convirtiendo agua en vino, o solo haciendo una declaración al aire para evitar que una tormenta de piedras aniquile a una pecadora. Eso hace que muchos interpreten a Jesús como un “Rebelde” pero nada más lejos de la realidad. Jesús siempre tuvo claras varias normas que jamás hubiera roto. Él no vino para desechar la ley, sino para cumplirla.

Dios ha estado levantando en las últimas décadas hombres y mujeres con un llamamiento contracultural; gente dispuesta a crear nuevas formas de hacer ministerio, diferentes a la cultura habitual que conocemos, y muchas veces han sido criticados y juzgados por otros que aún no han entendido que ese estilo de ministerio también es delegado por Dios.

También están aquellos que, por tratar de ir contra la cultura establecida, han cometido errores graves, desechando principios básicos que como hijos de Dios debemos observar. Quizás sin mala intención, han sido oca­sión del descrédito delante de la gente. Por este motivo, y con razón, muchos se levantan a detener el movimiento que Dios mismo está provo­cando, sin distinguir a los verdaderos de los falsos, o acribillando a aquellos que de alguna manera se arriesgaron a hacer algo diferente, a pesar de que así lo recibieron del mismo Padre.

Extracto del libro Reforma Que Alcanza a Las Nuevas Generaciones

Por David Noboa

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