UN POCO DE HISTORIA

A partir del establecimiento de la misión universal de Mateo 28:18, la iglesia de Cristo ha tenido varios procesos de transformación. Desde el siglo III, algunos concilios tenían el propósito de reno­var ciertas prácticas llevadas por la iglesia de la época; sin embargo, con el tiempo se vieron estancados en doctrinas contrarias a la Biblia. Ya en el siglo XIV las voces de los pre reformadores se hicieron escuchar. John Wycliffe y William Tyndale iniciaron un profundo análisis de muchos pos­tulados que la iglesia católica defendía, iniciativa con poco éxito masivo por la limitada capacidad de difusión de sus axiomas. De allí que tuvo que levantarse, dos siglos más tarde, un fraile agustino izando la bandera de la renovación. Los enunciados de la Reforma propuesta por Martín Lutero se distribuyeron valiéndose de la recién inventada imprenta. Las declaraciones de Lutero resquebrajaron los cimientos de la iglesia tradi­cional, hasta el punto que los concilios siguientes se enfocaron en tratar de desestimar cada uno de sus postulados. A pesar de esto, el movimiento que inició Lutero no pudo detenerse y se convirtió en el origen de lo que hoy conocemos como la Iglesia Protestante. Luego de medio milenio se repite un ciclo histórico, donde vemos una iglesia protestante que ha asimilado gran cantidad de prácticas similares a las condenadas por Lutero en el siglo XVI, a tal punto que hoy, en pleno siglo XXI, necesitamos una Nueva Reforma…

Hoy estamos presenciando nuevamente un triste decaimiento de las bases de cristianismo en las iglesias de todo el mundo. Congregaciones que cie­rran, ministros que niegan la fe, caen en delitos o escándalos, y otros que se vuelven sectarios para no tener que mezclarse con el resto, y hasta los que crean nuevas religiones porque no se lograron adaptar a las exigencias de otros. No solo eso, sino también demasiadas congregaciones que se han conformado con tener una reunión semanal típica, inmutable, que no transforma vidas ni hace discípulos. Definitivamente Cristo nos está llamando a una nueva reforma. La gran pregunta es: ¿Cómo reformar la iglesia para no perder a la siguiente generación?

Si analizamos este proceso, vemos inequívocamente un ciclo repetitivo, una tendencia abrumadora hacia la permanencia de la tradición, que nos hace perder el enfoque relevante necesario para la Iglesia de Cristo, el mismo que ha sido siempre igual en cada época histórica, pero que por dejarnos atrapar por las formas tradicionales, nos anquilosamos en una estructura que deja de ser convincente para las generaciones emergentes que vienen con un pensamiento renovado respecto del mundo. Estamos ante un reto real, nuestro propio Goliat, la muralla de nuestro Jericó personal, una Jerusalén incrédula observada por Jesús derramando lágrimas de dolor, por su dureza de corazón y su lentitud para reaccionar.

Levántense los que tengan un corazón como el de David. No el viejo y perturbado rey que necesitaba concubinas para calentarse, sino el joven pastor de ovejas cuya única cosa relevante era la adoración en medio de los prados. Que surja una mentalidad similar a la de Josué, respetando a un Moisés que se debía quedar atrás pues no estaba preparado para la batalla por las tierras de Canaán. Que respondan los jóvenes marineros, destinados a convertirse en pescadores de hombres, llenos de errores e inexperiencia, pero con un corazón moldeable y dispuesto a ser transfor­mado por el Maestro.

La tradición es como el viejo David, que necesita valerse de cosas que no son necesarias, aunque parecen imprescindibles. Es como Moisés que, aunque era fuerte, no tenía las capacidades para entender las demandas de la tierra prometida. La tradición lleva el peso de los fariseos que tantas veces se enfrentaron a los discípulos de Jesús, por estar dispuestos a sanar en sábado (Lucas 14:1-6) o a recoger espigas cuando no era permitido (Mateo 12:1-8).

El camino de la tradición sin espíritu conlleva la desgracia de volvernos poco relevantes ante la necesidad que Cristo nos impone, predicar el evan­gelio de la gracia de Dios y hacer discípulos en todas las naciones. Y nos sucede reiteradamente, cada cierto tiempo, conforme nos dejamos enve­jecer y atrapar por paradigmas innecesarios. Se acercan tiempos de cambio; los vientos del Espíritu de Dios están soplando a favor de la iglesia y, por esa misma razón, no la quiere dejar igual. Necesita elaborar odres nuevos de nuestras mentes avejentadas, para recibir lo que el vino nuevo viene trayendo. Sin embargo, nada nuevo hay debajo del sol, pues el Espíritu no viene trayendo algo que no haya dicho antes, solamente que ahora trae la frescura de la renovación de la mente, para no acomodarnos a lo que ya es conocido, y pensamos que es sagrado.

SOLO CRISTO

Cuando se logró definir el concepto de las “Solas” de la Reforma Protes­tante, una de ellas tenía que ver con darle el lugar a Cristo como único y suficiente salvador. Entonces, la salvación se encuentra solamente a través de Jesús, excluyendo cualquier otro camino. Sin embargo, muchos han interpretado esta declaración, como un estilo de predicación, o como una camisa de fuerza. El punto es Jesús es el camino, la meta, un estilo de vida, Cristo lo es todo. La pregunta es: ¿Qué estrategias, modelos, maneras, nos ayudan a llegar a Cristo?

Enfrentemos nuestra propia realidad. Un culto, celebración, servicio; inicia con alabanza, luego hay recolección de ofrendas, una predicación (de dife­rente estilo), y una despedida inspiracional. ¿No se ha vuelto una camisa de fuerza? Este sistema nos ayudó por mucho tiempo a encontrar a Cristo, y toda esta generación de la que formamos parte, llegamos a sus pies de esa forma. Quizás por eso llegamos a considerarla sagrada, pero llegamos a la decadencia de éstos métodos cuando observamos que perdemos a las nuevas generaciones que no entienden la rigidez de los programas que organizamos.

Siendo sinceros: es cierto que llegamos a la iglesia, pero a muchos nos ha costado muchos años más llegar verdaderamente a Cristo. El resto, se quedó en la iglesia por el atractivo estético. Parece que nos vendieron un paquete para que todo funcione y haya un poquito de todo, pero a la final nos ha provocado obesidad espiritual, con dema­siada gente sentada en las bancas para presenciar un programa, pero con poco deseo de experimentar a Cristo en la vida real. Muchos que han visto este drama, y han decidido hacer algunos cambios, lo más significativo que han logrado hacer es cambiar el orden del programa para sorprender a los asistentes.

Los niños y jóvenes llegan a las congregaciones y observan ese diseño tan estructurado. A unos pocos les encanta y se unen sin problema, otros deben adaptarse y lo hacen con dificultad. El resto, la gran mayoría, no encuentran espacio y se van. La realidad es que congregaciones donde antes tenían reuniones de jóvenes con 200 o 300 asistentes, hoy tienen 20 o 30, y si pensamos porcentual mente, si hace una década, la asistencia a las reuniones de jóvenes era del 30 al 50% de la asistencia total de la iglesia, hoy es menor del 10%.

Lo que muchos pastores han hecho en respuesta a la deserción es ponerse a la moda, hacer cultos juveniles, poner un poco de música más moderna, cambiar ligeramente la vestimenta y los más osados han decidido relajarse un poco en cuanto a ciertas convencionalidades propias de la cultura evan­gélica. Pero sacudirse un poco de las formas no produce relevancia. Sim­plemente maquillaron lo que por dentro se observa de la misma manera. Obviamente estoy hablando en términos generales. Hay unos pocos casos que han encontrado gracia para esta época y sí hay ministerios inteligente­mente desarrollados, donde vemos un fruto mayor. Entonces ya no es un discurso derrotista por completo, si se puede. Cristo es razón suficiente, sigue siendo el único camino, la única verdad, la fuente de vida.

Extracto del libro Reforma Que Alcanza a Las Nuevas Generaciones

Por David Noboa

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