La parábola del sembrador en Mateo 13 es útil cuando se conside­ra qué se necesita para desarrollar una fe sostenible. A menudo he pensado que un mejor título sería la parábola del terreno, porque el enfoque de Jesús en la historia son los diversos tipos de terreno en que la semilla de su mensaje cae. Está la tierra compactada donde las aves se reúnen para robar la verdad. Está el suelo pedregoso, donde la semilla no puede echar raíces profundas, por lo que se marchita bajo los rayos ardientes del sol. Está el terreno con malas hierbas y zarzas que ahogan el mensaje. Y, por último, está la tierra fértil y arcillosa, en la que la semilla pueda echar raíces.

La gente de fe profunda es el equivalente metafórico a los árbo­les de profundas raíces, una imagen utilizada en toda la Escritura (Salmo 1:3 e Isaías 61:3). Es conveniente, en­tonces, preguntar qué se necesita para cultivar jóvenes cristianos que estén profundamente arraigados en la fe. La respuesta más sim­ple es que para hacer crecer «árboles» grandes, sólidos y prósperos tenemos que preparar tierra rica y fértil en el corazón. La tarea de hacer crecer las secuoyas espirituales es obra de Dios. Sin embargo, podemos colaborar en el esfuerzo al cultivar y cuidar el suelo de las vidas de los jóvenes que Dios nos confía.

Debemos repensar lo que significa «hacer discípulos» (Mateo 28:19) en el contexto masivo y complicado del cambio cultural (ac­ceso, alienación y escepticismo de la autoridad). Creo que necesi­tamos cambiar de un enfoque industrializado, de producción en masa y educación pública, y adoptar la aventura desordenada de las relaciones. Necesitamos un nuevo conjunto de ideas y prácticas basadas en el aprendizaje.

En los Evangelios vemos que, mientras que Jesús tuvo muchos seguidores en varios momentos de su ministerio terrenal, se en­tregó por completo a tan solo doce discípulos, que llegaron a cam­biar el mundo. Encontramos en el libro de los Hechos que la iglesia primitiva creció mucho a través de la proclamación pública de las Buenas Nuevas y una red de relaciones. En la carta del apóstol Pablo a la iglesia en Corinto, descubrimos un brillante ejemplo de aseso­ría profunda en la fe (1º Corintios 4:15).

Como punto de partida, vamos a considerar tres áreas donde el potencial de la profundización de la fe resulta más evidente.

A. EL CONOCIMIENTO DE DIOS

Millones de jóvenes cristianos, representados por los de nuestra encuesta, admiten que se han sentido frustrados con su fe, porque «Dios parece faltar en mi experiencia en la iglesia». En una críti­ca relacionada, muchos estudiantes señalan las diferencias entre los milagros y las hazañas llenas de fe descritas en la Biblia, y la experiencia insípida y sin vida de la iglesia en el mundo actual. Si las personas que quieren conocer a Dios no lo están conociendo en la iglesia, tenemos que considerar por qué esto es así y cómo podemos hacer posible una experiencia diferente. Dios puede, por supuesto, encontrarse con cualquier persona en cualquier lugar… Muchas veces Dios aparece sin ninguna ayuda de nosotros. Sin embargo, también ha pedido que participemos en el negocio de hacer discí­pulos, lo que significa demostrar (no solo hablar de) la forma de confiar en Jesús, vivir para Dios y participar en la obra del Espí­ritu. La gente quiere conocer a Dios, así que vamos a asegurarnos de que estamos contribuyendo a no impedírselo.

B. LA RESTAURACIÓN DEL CONOCIMIENTO DE LA VERDAD

Esta generación quiere y necesita la verdad, no una porción blanda de espiritualidad. Según nuestros hallazgos, las iglesias a menudo proporcionan una enseñanza ligera en lugar del rico conocimiento que conduce a la sabiduría. Esta es una generación hambrienta de respuestas contundentes a las grandes preguntas de la vida, sobre todo en un momento en que hay infinitas maneras de acceder a la información sobre qué hay que hacer. Lo que está faltando —y donde la comunidad cristiana tiene que intervenir— es el cómo y por qué.

Dalias Willard, en su excelente libro Knowing Christ Today (Conozcamos a Cristo hoy), sugiere que hay dos retos importantes en cuanto a qué y cómo enseñamos. En primer lugar, debemos co­nectar la sabiduría espiritual con el conocimiento real del mundo. Las iglesias, sostiene el Dr. Willard, les han cedido el dominio de los conocimientos a los académicos y las instituciones de educación superior. En esencia, hacemos muy poco esfuerzo para ayudar a los discípulos a conectar los puntos entre su vocación —ya sea en la medicina, el periodismo, la planificación urbana, la música, las ventas, la programación de computadoras, o cualquier otra rama— y su fe. En la iglesia nos enfocamos en asuntos de creencias y com­promiso, los cuales pueden estar divorciados de cualquier impacto que hagan en el conjunto de la vida. Willard ilustra la desconexión señalando que nadie quiere un neurocirujano que solo crea en la medicina o tenga un compromiso con ella, ¡Deseamos un cirujano con conocimiento y experiencia en cirugía! Del mismo modo, los cristianos debemos conectar nuestro compromiso con Dios a los conocimientos y la experiencia del mundo real. Y tenemos que en­señar a los jóvenes a hacer lo mismo.

En segundo lugar, Willard sostiene que debemos enseñar a tra­vés de la experiencia, la razón y la autoridad, todas cosas impor­tantes para nuestros esfuerzos de aprendizaje. Las iglesias tienden a enfatizar uno de los elementos sobre los demás, y esto conlleva a un discipulado insuficiente. Por ejemplo, algunas iglesias confían demasiado en la experiencia (eventos y actividades) y no lo sufi­ciente en la autoridad (la Biblia) o la razón (reflexión y aplicación). Otras hacen hincapié en la enseñanza de la Biblia, pero no conectan la Palabra con la experiencia o la razón. Necesitamos ser integrales en nuestro enfoque del discipulado para que los jóvenes puedan pensar y responder a la verdad de diversas maneras.

C. EL LLAMADO DE DIOS

Otra manera en la que podemos cultivar la formación de discípulos en la próxima generación tiene que ver con la esencia misma del aprendizaje: encontrar para qué los jóvenes son talentosos y qué han sido llamados a hacer, y tratar de toda forma posible de fo­mentar ese llamado. La mayoría de los ministros de jóvenes y los voluntarios tienen una idea de que esto es importante y hacen lo mejor que pueden. Sin embargo, creo que los jóvenes necesitan un acercamiento mucho más claro, definitivo, objetivo y direccional para hallar su llamado en el cuerpo de Cristo. No es probable que ocurra a través de un simple mensaje semanal. Este es un modo de pensar que debe impregnar a nuestras comunidades de fe.

Los llamamientos pueden incluir las ciencias, las matemáticas, la medicina, los negocios, el ministerio congregacional, el arte, la música, o cualquier otra vocación. Nuestra orientación en el ám­bito de la vocación debe tomar en consideración tanto el estilo de aprendizaje como los dones espirituales. Además, todos estos fac­tores deben estar entrelazados con un fuerte sentido de misión. ¿Qué te ha llamado Dios a hacer en colaboración con la comunidad de seguidores de Cristo? ¿Cómo puedes ser parte de la misión de Cristo en el mundo basándote en tus dones?

También debemos reconsiderar nuestra medida del éxito. Un ebanista no recluta a cientos de discípulos. Podría contratar a cual­quier cantidad de trabajadores para producir muebles en masa, pero su objetivo no es miles de cabeceras o tablas cortadas con un molde. Su objetivo es transmitir el fino arte de la ebanistería, por lo que selecciona uno o dos discípulos que quieran aprender el oficio. Entonces continúa haciendo muebles hermosos y únicos. Y pasa el tiempo formando futuros artesanos.

¿Qué tal si, en lugar de calcular nuestro éxito por los números, cambiamos nuestra forma de medir? ¿Qué tal si decimos que el sello distintivo de la madurez cristiana es la disposición a invertir en una persona joven por un período de dos a cuatro años, enseñándole el arte de seguir a Cristo? Podemos obedecer ese llamado al ayudar a los jóvenes a responder a sus llamados.

Extracto del libro Me Perdieron

Por David Kinnaman

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