El rey se enamoró de Ester más que de todas las demás mujeres, y ella se ganó su aprobación y simpatía más que todas las otras vírgenes. Así que él le ciñó la corona real y la proclamó reina en lugar de Vasti. (Ester 2:17).

Era linda; no hay dudas. La Biblia lo dice en los primeros capítulos del libro. Era valiente, lo has escuchado cientos de veces, cada vez que te recuerdan cómo entró en el palacio real colocando en riesgo su propia vida. Pero el relato bíblico, inspirado por Dios, también insiste en un as­pecto al que comúnmente no le prestamos tanta atención. Ester era simpática, y esa característica debería embellecer nuestro carácter también.

Luego del gigantesco concurso de belleza que se organizó en el imperio, todas las jóvenes elegidas fueron a vivir juntas en un palacio. Todas estaban buscando lo mismo: ser la próxima reina. Si una de ellas no era elegida, signi­ficaba que sería una mujer más en el gigantesco harén del rey. Eso es más o menos como todo o nada.

Ester no solo gana la simpatía del rey, hasta podría elegirla por motivos más sensuales, sino también ‘a del eunuco que controlaba el harón. El texto dice que le agradó a Jegay “y se ganó su simpatía». El resultado fue este: el eunuco «le asignó las siete doncellas más distinguidas del palacio y la trasladó con sus doncellas al mejor lugar del harén» (Ester 2:9).

Difícilmente ganes la simpatía de alguien si tú no eres una persona cordial, amable y agradable en tu trato. La actitud simpática le rindió las siete doncellas más distinguidas del palacio para tratarla, y un lugar en el «mejor lugar del harén».

Todos los cristianos deberíamos ser simpáticos. No todos conseguimos ser bonitos por fuera, es un tema de genética, que no depende de nosotros, todos deberíamos ser muy bonitos por dentro, este es un tema de reflejos, que sí depende de nosotros.

Ester estuvo, como todas las otras muchachas, un año recibiendo trata­mientos de belleza (si ya era linda cuando llegó, ¡imagínate ahora!). Y para ese momento, dice la Biblia: “ella se había ganado la simpatía de todo el que la veía» (Ester 2:15); eso incluye a sus «contrincantes».

¿Por qué existen cristianos malhumorados? ¿Por qué hay cristianos arrogantes, antipáticos, desagradables? Sinceramente, no lo sé, tampoco lo comprendo; porque debemos entender como Ester que la simpatía personal ayuda a ganar corazones.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentanco

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