Vayamos al grano. La sexualidad es una de las mayores expre­siones de la creatividad de Dios y su intención para el floreci­miento de la humanidad. También resulta desorientadora y confusa para los adolescentes y adultos jóvenes en su caminar espiritual. El matrimonio y la paternidad son temas que, si llegaran a suceder, vienen más adelante en la vida de la mayoría de los adultos jóvenes, pero el sexo está en el panorama mucho antes que nunca Entre muchos de aquellos que tienen un trasfondo cristiano, la percepción es que la iglesia está fuera de compás con los tiempos. Muchos, aunque no todos, ven a la iglesia como represiva: contro­ladora, sin gozo y estricta cuando se trata de sexo, sexualidad y ex­pectativas sexuales. Por otra parte, muchos otros se sienten también insatisfechos con las grandes presiones de la cultura sobre ellos en lo que respecta a adoptar posturas y comportamientos flojos en cuanto al sexo. Se sienten divididos en dos, entre la falsa pureza del tradicionalismo y la vacía permisividad de sus compañeros.

La comunidad cristiana necesita una «nueva mentalidad» para conectarse con la siguiente generación en la arena de la sexualidad. Haré mi mejor esfuerzo para describir la situación en este capítulo, pero quiere reconocer desde el inicio que el tema de la sexualidad, por ser algo tan personal, puede resultar contencioso y divisivo. Mi postura aquí —así como en el libro completo— está basada en dos deseos: explicar con claridad lo que hemos descubierto en nuestra investigación y humildemente hacer un llamado a la comunidad cristiana a un nuevo lugar de fidelidad en un mundo cambiante. Espero que leas lo que sigue con estas intenciones en mente. Permíteme comenzar describiendo de forma breve cuatro en­cuentros.

Me senté en nuestro sofá al otro lado de Dennis, quien tiene poco más de veinte años, e intenté ayudarlo a reconectarse con su crianza católica. Algunas de sus dudas y titubeos se relacionaban con sus hábitos sexuales. Dennis ama tener relaciones sexuales, en especial con mujeres mayores.

«Entiendo lo que estás diciendo acerca de la fe y de Jesús, Da­vid. Pero simplemente parece que la enseñanza de la iglesia sobre la sexualidad está atrasada en el tiempo. Puede que mi estilo de vida no sea perfecto, pero, tú sabes, es solamente sexo».

Una amiga mía, Aly, me contó acerca de una jovencita cristiana con quien ella recientemente había almorzado. Jenna le contó a Aly que había llegado al matrimonio tres años antes, siendo virgen, con grandes expectativas de que el sexo sería perfecto, ya que esa era la imagen que sus líderes de jóvenes y pastores le habían pintado.

«No me llevó demasiado tiempo darme cuenta de que el sexo no es nada parecido a eso. A veces resulta increíble, pero en otras ocasiones es un trabajo difícil, tal como el resto de la relación. De hecho, me estoy dando cuenta de que todo está relacionado […] El buen sexo no surge de la nada. Está entretejido con cada parte de mi vida. Sin embargo, siento que mi iglesia y el grupo de jóvenes compartimentaron todo, y yo también lo hice. Aquí está tu fe en esta casilla. Aquí está tu educación. Aquí está tu cubículo de trabajo, acá está tu familia. Por allá se encuentra el sexo, solo, detrás de aquella cortina. Me siento como si convertirse en adulto fuera un proceso doloroso de eliminar las categorías en mi vida. No hay categorías. Solo es la vida».

No hace mucho tiempo conocí a un joven cristiano, Keith, que se había hecho adicto a la pornografía en línea cuando era adolescen­te. Me dijo que se le había ocurrido una idea: ¿Qué pasaría si esto no fuera solo en una pantalla de computadora? ¿Qué tal si en rea­lidad pudiera tener sexo en este momento? «Así que un par de clics después», dijo, «localicé a alguien que vivía cerca. Estaba listo para la acción». La adicción sexual resultante corrió desenfrenadamen­te durante varios años e involucró a docenas de relaciones. Él se encuentra en recuperación ahora, pero Keith tendrá que lidiar con la adicción por el resto de su vida, tal como lo hacen los drogadictos o alcohólicos.

Una de las cosas más inquietantes acerca de la historia de Keith es que sus actividades sexuales, al inicio, no tenían efecto en su par­ticipación en la iglesia y el grupo de jóvenes. Él comentó: «Seguía activo. Aún dirigía la alabanza y estaba involucrado en el liderazgo. Solo que literalmente llevaba una doble vida, entre el sexo y la igle­sia».

Conocí a Max, un distinguido caballero mayor, cuando fui invitado a presentar ante su firma legal la investigación sobre la siguiente generación. Te asombrarías de ver cuán fácilmente y sin esfuerzo Max lideraba el salón. Él ha construido un negocio multimillonario y ministerios que están cambiando al mundo, y su persona emana confianza. Después de mi presentación, Max tenía unas ideas que deseaba compartir.

—David, aprecio que viniera hasta California para hablarnos, pero está equivocado acerca de la siguiente generación. Yo no tengo tanta esperanza como usted. Ellos no están siguiendo a Dios. Son sexualmente promiscuos. Están viviendo la vida sobre la cual la Es­critura nos advierte.

—Si no le molesta que le pregunte, ¿usted personificaba los va­lores bíblicos cuando era joven? —le dije. -Pues, no —contestó— En realidad, tuve mi buena dosis de «experiencia” como joven. Pero eso fue hace mucho tiempo atrás.

Max no parecía sentirse avergonzado de las semillas que había sembrado. —La diferencia es que yo no hacía alarde de ello. Sabía cómo mantener las cosas privadas. Los jóvenes de hoy en día no tienen vergüenza.

Estas conversaciones reflejan las cuestiones generales que están en juego cuando empezamos a hablar sobre el sexo, la vida de fe y la siguiente generación. Ellas también sugieren los complicados senti­mientos que los adultos jóvenes (y las generaciones mayores) tienen con respecto al sexo y la iglesia.

Extracto del libro Me Perdieron

Por David Kinnaman

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