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Para Líderes – LOS EFECTOS DEL AMOR ÁGAPE 3

Para Líderes - LOS EFECTOS DEL AMOR ÁGAPE 3

Humildad

De alguna manera se ha extendido y popularizado la idea y la imagen de que el líder cristiano ha de ser una persona infatigable, perfecta, invulnerable, carente de necesidades, sin problemas en su vida personal, capaz de dar cualquier respuesta y afrontar cualquier problema y situación. Esa imagen es irreal, falsa. Sin embargo, ha tomado cuerpo y fuerza, se ha arraigado en la mente de muchas personas y de muchos líderes. Todos los que estamos en una posición de liderazgo corremos el peligro de convertirnos en esclavos de este estereotipo y tratar de representar ese papel.

Por el contrario, la Biblia está saturada de ejemplos y situaciones que ilustran la vulnerabilidad, inconsistencia, debilidad y otras «áreas flojas» de los hombres de Dios. No obstante, el Señor los usó a pesar de esas carencias (ver 2 Corintios 12:7-10). La aplicación de todo esto a nuestro trabajo como discipuladores implica, ante todo, reconocer nuestras propias necesidades y limitaciones ante los demás y mostrarnos como personas humanas, de carne y hueso. Personas con necesidades, pero que a la vez confían y dependen de Dios, y en las que Dios está realizando una obra, a fin de llevarlas al crecimiento y la maduración. No podemos ni debemos proyectar un modelo de perfección que resulte falso e inaccesible para el joven. Hemos de mostrarnos como personas que necesitan de Dios y de los demás.

Tiempo atrás, en un momento de frustración y desanimo, Félix se desahogó con uno de sus discípulos, le abrió el corazón y le permitió acceder a todo aquello que había en su interior, especialmente su frustración. Félix no tiene memoria acerca de cual fue su respuesta, pero recuerda que algún tiempo después este joven le dijo: «¿Sabes?, el día en que te vi como una persona real, una persona con necesidades, te ganaste mi respeto».

Pídele a tus discípulos que oren por ti, comparte con ellos aquellas cargas que creas que los jóvenes pueden soportar, permite que se identifiquen contigo. Sé humilde, hazte vulnerable y no creas que eres mejor que tus discípulos.

Corrección

Tenemos que ser capaces de corregir el error y el pecado en la vida de los jóvenes. Ni Pablo ni Jesús tuvieron problema en corregir las conductas, motivaciones o actitudes incorrectas de sus discípulos. Lo hicieron; pero aún más importante es que lo hicieron por y con amor. Lo enfrentaron precisamente porque amaban a aquellas personas. Cuando Pablo reprendió duramente a los corintios (2 Corintios 7) no lo hizo para reafirmar su personalidad o su prestigio personal. Él no tomaba la corrección como una cuestión «personal». La llevaba a cabo porque buscaba el bien de sus amados corintios y no hay bien posible cuando se produce un alejamiento de Dios.

Debemos evitar envolvernos emocionalmente cuando corregimos a los jóvenes. Hemos de estar muy seguros de que la motivación para hacerlo es la correcta y de que no la estamos utilizamos como una manera de resolver nuestros propios problemas personales con otros individuos.

Otro peligro que hemos de evitar es corregir aspectos de la conducta que son discutibles, y cuando lo que señalamos sólo representa nuestra opinión personal y no la enseñanza corrientemente aceptada por la iglesia cristiana. Cuestiones como el aspecto personal, el vestido, la música, cierto tipo de diversiones y cosas por el estilo, entrarían dentro de la categoría de «cuestiones culturales» y no en la de «principios bíblicos». Dicho de otra manera, corregir no significa imponer nuestros gustos o una concepción particular de lo que es la vida cristiana.

La Biblia nos enseña que la corrección debe originarse en el amor y no ha de tener como finalidad el castigo sino, antes bien, la restauración de la persona.

La corrección implica la posibilidad de perder a las personas con las que estamos trabajando. Puede darse el caso de que el joven no la acepte aunque sea hecha con amor. Entonces, nos convertimos para él en una especie de «conciencia» molesta, cuya presencia trata de evitar. Sin embargo, debemos asumir este riesgo. Si Dios pone en nuestro corazón la convicción de que tenemos que corregir a un joven, hagámoslo, buscando la ocasión más propicia y siempre con amor.

Sin esperar nada a cambio

Simple y sencillamente no esperemos nada a cambio de nuestro servicio a los jóvenes. Tenemos muchas probabilidades de que nuestro trabajo no sea reconocido. Es posible que las personas a las que les dediquemos nuestro tiempo, esfuerzos, desvelos y amor nunca sean agradecidas, ni se consideren nuestros discípulos. Y que aún ni siquiera crean que hayamos contribuido a su maduración. No debe de importarnos; no trabajamos esperando algo a cambio.

Charles Swindol, en su libro El desafío a servir, menciona que rara vez el siervo recibe recompensas terrenales por su servicio. La mayoría de las recompensas prometidas a los siervos son futuras. No obstante, Dios no olvida nuestro trabajo y dedicación, y promete recompensarlo (ver 1 Corintios 15:58 y Hebreos 6:10).

Eso tiene dos implicaciones prácticas importantes: 1) no debemos ayudar a las personas para servirnos posteriormente de ellas, 2) hemos de estar abiertos a que en el futuro los jóvenes puedan seguir a otros líderes.

Extracto del libro “Raíces”.

Por Félix Ortiz.

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