El servicio es el cuadrilátero donde peleamos contra nuestro propio egoísmo. Si no practicamos el amor que decimos tener, no somos cristianos. ¡Duro, ¿eh?¡ El servicio es un rasgo esencial de nuestra identidad como hijos de Dios. Cristo vino con la misión de servir, y nuestra misión no puede ser distinta de la de él.

¡Pero, cuidado! No siempre lo que llamamos servicio lo es. Algunas iglesias suelen tener al servicio cristiano atrapado adentro del templo, como si lo tuvieran secuestrado detrás del púlpito.

¿Por qué lo digo?

Cuando hablamos de servir al Señor, la mayoría de las veces pensamos en ser pastores, maestras de escuela dominical, directores de alabanza o misioneros. El servicio a Dios es mucho más que estas actividades. Cuando un cristiano es estudiante, abogado, comerciante, empleado, ama de casa, voluntario o veterinario, esa es la actividad que Dios le dio para servirle.

Este es el segundo gran mandamiento. Jesús dijo que, además de amar al Señor con todo lo que somos y tenemos, debemos amar al prójimo como a nosotros mismos.

Servir es ocuparnos de las necesidades de los demas como si fueran propias.

Amar al prójimo debe ser la raíz de tu deseo de servir al Señor. Muchas veces estamos pen­dientes de las bendiciones que podemos aferrar para nosotros, temerosos de que alguien nos las robe. Pero Dios nos eligió para que fuésemos de bendición a todos los que pudiéramos.

Un amigo que vivió en una comunidad de ayuda para drogadictos, en la provincia de Mendoza, Argentina, me mandó por e-mail el siguiente relato: “Casi todos los días llegan nuevos candidatos para quedarse en la comunidad. Llegan principalmente por problemas con la droga, pero también vienen por pobreza o rehabilitación carcelaria; muchos de ellos llegan con sida. Hace unos días llegó la policía con un joven que daba miedo. Yo estaba encargado en ese momento y lo dejaron en la sala de espera para que le hiciera la internación. El muchacho estaba todo sucio y harapiento. Pero lo que más me impresionaba eran sus ojos brillosos y perdi­dos. Por su manera de mover la cabeza se notaba que estaba nervioso y fuera de sus cabales. Cuando la policía dejó el lugar me quedé muy asustado al ver a este despojo humano, que por unos segundos fijó sus ojos en los míos. Yo sabía que tenía que ayudarlo, de modo que me acerqué a él con cuidado. Ocurrió algo increíble: al saludarlo sentí que debía abrazarlo, y aunque suene extraño, lo hice. Entonces sucedió algo más extraño. Al abrazarlo, él también me abrazó fuerte y pude sentir su corazón. En ese instante me vino una sensación todavía más extraña. Pensé que él era Jesús, y tuve que separarlo de mí para ver su cara nuevamente..”

Mi amigo tiene razón. Cuando Jesús describió el día del juicio, dijo:

Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron. Y le contestarán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos? El rey les responderá: Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí. Mateo 25.34-40

Servir al prójimo es amar a Cristo.

Podemos ir más allá de meramente ‘servir’ y llegar a ser ‘siervos’.

El siervo lleva puesta una actitud de servicio. Cuando esta actitud se nos hace piel, por el poder del Espíritu Santo, ya no nos ofendemos fácil­mente por comentarios feos de gente criticona ni nos enfurecemos cuando alguien se ‘olvida’ ser agradecido o considerado. Deja de importarnos si alguien se fija o no en lo que estamos haciendo.

Yo mismo descubrí muchas veces que mis ganas de ‘servir’ tenían como motivación recibir palmaditas emocionales de los demás. Poco a poco, mientras practicaba esta disciplina, el Espíritu Santo fue cambiando mis motivaciones y perfeccionando mi servicio.

Como cristianos debemos ir a dónde está la necesidad, porque allí está Cristo. Debemos elegir carreras que hagan una diferencia positiva en la vida de las personas, y no meramente profesiones que produzcan dinero o satisfagan nuestros gustos. La fórmula del servicio se reduce a esto:

Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho … hacedlo de corazón, como para el Señor. Colosenses 3.17, 23. RVR 95

Si aplicas esta verdad, la vida del Señor seguirá burbujeando en la tuya y vas a sobrevivir al egoísmo que, de lo contrario, terminaría secándote.

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