Puede que estés pensando «Neil y Dave, suena muy lindo esto de no dejar que el pecado mande en mi cuerpo, pero ustedes no saben lo dura que es mi pelea con el pecado. Me hallo haciendo lo que no debiera hacer y no hago lo que debo. Es una lucha constante». Sí, sabemos cuán dura es la batalla con el pecado; también lo sabía el apóstol Pablo que escribió Romanos 7:15-25 por sentir la misma frustración que puedes estar sintiendo tú. Descubrimos en este pasaje la vía de Dios para libertamos del poder del pecado.

Romanos 7:15 dice: «Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago». ¿Dirías que este pasaje te retrata, si bien no siempre, al menos a veces? Muchos jóvenes cristianos desean hacer lo que Dios dice que es bueno, pero, a menudo, se hallan haciendo justamente lo contrario.

Probablemente te identifiques también con el versículo 16: «Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena». Resulta muy desconcertante saber lo que queremos hacer, pero, por una u otra razón, no podemos hacerlo. Fijémonos que esta persona, o sea Pablo, tiene un buen corazón, no uno malo. El que no es cristiano no confiesa que la ley es buena.

Los versículos 17 y 18 revelan la causa de la lucha. La razón por la que no podemos obedecer siempre a Dios como queremos se debe a que tenemos pecado «esto es, en mi carne, no mora el bien». Este pasaje no dice que nosotros no seamos buenos, sino que eso que mora —en nosotros, el pecado, no es bueno. Si te entierras una astilla en el dedo, ésta será «lo malo» que mora en ti, pero eso no eres tú, sino la astilla.

Todos nacemos bajo el castigo del pecado y Satanás y sus demonios siempre están luchando para mantenemos bajo ese castigo. Cuando Dios nos salvó, el diablo perdió la batalla, pero no enroscó su cola ni guardó sus colmillos. Ahora está dedicado a mantenernos bajo el poder del pecado obrando a través de nuestra carne, esa vieja manera de vivir independiente de Dios, que persiste aun después de la salvación.

Aprendemos más sobre la forma en que se libra esta batalla en el pasaje de Romanos 7:19-21. De ese pasaje entendemos que «eso que no es bueno» que habita en nosotros es, claramente, el mal y el pecado. No hay duda de que pecamos. El pecado está presente en nosotros, pero nosotros no somos pecado. Esto no nos disculpa de pecar pues como Pablo escribiera antes, nuestra responsabilidad es no dejar que el pecado gobierne en nuestros cuerpos (Romanos 6:12).

¿Te has sentido alguna vez tan derrotado en tu batalla contra el pecado que haz querido culparte a ti mismo? Entonces cuando te calmas, ¿vuelves a contemplar ideas que se ajustan a tu identidad de cristiano? ¡Seguro que sí lo haces! El versículo 22 explica este ciclo: «porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios». Cuando actuamos fuera de nuestro modo de ser real, el Espíritu Santo nos contrista inmediatamente debido a nuestra relación con Dios y, a menudo, nos enojamos con nosotros mismos, pero pronto resurge nuestra verdadera naturaleza y somos atraídos otra vez a Dios.

Esto se parece a un joven enojado que anuncia que se va de la casa. Quiere irse y no le interesa cómo se sientan sus padres, pero después de darse cuenta de su propio dolor, y de expresar sus emociones, se afloja y dice: «en realidad amo a mis padres y no quiero irme pero no veo otra salida». Ese es su verdadero yo hablando.

El versículo 23 retrata la naturaleza de esta batalla con el pecado: «pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros». Según el pasaje, ¿dónde se libra la batalla? En nuestra mente. Si el diablo logra hacerte pensar que esta pelea, es culpa tuya solamente, entonces te enojarás contigo o con Dios cuando peques.

Digámoslo así: Si un perro viene y te muerde la pierna, ¿le pegas al perro o te golpeas tú mismo? ¡Al perro, por supuesto! pero, en nuestra lucha con el pecado, ¡muchos cristianos no se dan cuenta que el dolor es infringido por el —perro— pecado! y nos golpeamos nosotros mismos, pero, al fin de cuentas, uno se cansa de pegarse así que se aleja de Dios aplastado por una nube de derrota y condenación.

Pablo expresó este sentir en el versículo 24: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» No dice «qué hombre perverso soy» sino «qué hombre miserable soy». Está derrotado porque no es libre. Sus intentos por hacer lo bueno sólo encuentran la derrota. Se pregunta «¿hay victoria después de todo?». El versículo 25 da la respuesta: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado».

Si te has estado condenando por ser incapaz de vivir la vida cristiana, comprende que Pablo también luchó y se enojó por fracasar, pero no se enojó consigo mismo. El aceptó su responsabilidad, pero no se condenó y, lo que importa más, expresó confianza volviéndose a Dios porque el Señor Jesús lo iba a capacitar para vivir por sobre el pecado.

Condenarte cuando pecas no sirve porque no hay condenación para quienes están en Cristo Jesús (Romanos 8:1-2). Tienes que entender la naturaleza de la batalla que se libra por conquistar tu mente y, luego, descubrir dónde estás perdiendo esa batalla en tu propia vida por permitir que el pecado gobierne en tu cuerpo. Cuando lo descubras y le hagas frente, podrás hallar la libertad en Cristo.

Extracto del libro Rompiendo Las Cadenas Edición Para Jóvenes

Por Neil T. Anderson y Dave Park

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