Muchos cristianos oran solamente cuando están en el templo o cuando son guiados por sus líderes o sus padres. Solos, jamás. Es que la verdadera oración demanda compromiso, esfuerzo y dedica­ción. La oración es el gimnasio del alma.

Si no oramos nuestros músculos espirituales se debilitan y hasta se atrofian.

Cuando estaba en el seminario, un profesor me invitó a tener un tiempo de oración con él en su oficina. Salté de alegría… me sentía privilegiado de que este profesor me invitase a orar. Nos arrodillamos, y vi que él se colocaba en una posición que parecía conocer muy bien.

Yo esperaba que este hombre hablara, pero como no lo hizo pensé que esperaba que yo lo hiciera. Mi ojo izquierdo le echó una mirada fugaz y por la expresión en su cara supe que ya estaba orando. Con mis dos ojos lo miré con cuidado y pude notar que, efectivamente, ya estaba en diálogo con el Señor. Supuse entonces que el plan era orar en silencio por un rato, de modo que cerré mis ojos nuevamente y comencé a orar.

Empecé con mi acostumbrado: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, un grupo de tus hijos nos reunimos hoy aquí para adorar y honrar tu nombre. Gracias te doy por este día …’ (Toda esta frase la decían cada vez que oraban en mi iglesia, y como yo no podía ser menos, siempre la repetía antes de expresar lo que tenía para decir.)

Después vino el resto de mis pedidos: Te pido por mi mamá para que no trate de ver con quién salgo este fin de semana, por mis estudios blabla blabla, por mis amigos blablabla, por la iglesia blablabla… ¿A qué hora voy a llegar a mi casa esta noche? Mañana juegan Argentina y Brasil, no me lo pierdo ni loco…

Pronto mi mente estaba en otra. Me sobresalté y miré de nuevo al profesor. Tenía cara de estar disfrutando el momento. Apenas habrían pasado unos minutos y yo ya no sabía cómo acomodarme ni acerca de qué orar; pero, al ver la expresión de mi profesor, tuve ganas de seguir intentando. Empecé a pensar en cosas más serias. Me acordé de orar por el gobierno, el hambre en Liberia y algunas personas de la iglesia que estaban enfermas. Sin embargo, muy pronto mi mente estaba de nuevo en la chica que me gustaba y el partido del día siguiente. Volví a mirar al profesor pero ahora empecé a enojarme. No podía ser que este tipo me tuviera todo este tiempo quieto en su oficina. ¡Era un rapto! Me estaba perdiendo el recreo y ya me dolían las rodillas.

Mientras yo pensaba todo esto, él ni se movía. Volví a intentarlo, pero esta vez empecé a concentrar mi atención en algunos versículos que había estado estudiando esa semana. Mi mente empezó a volar al cielo y mi imaginación empezó a conectarse con la de Dios. De pronto empezaba a abrirse ante mis ojos una nueva dimensión de la oración. Comenzaba un milagroso diálogo entre un joven lleno de preguntas y el Dios creador del Universo, un contacto cercano entre la dimensión humana y la dimensión divina.

Si la oración nos resulta aburrida, es porque sólo la conocemos superficialmente. Pensamos que orar es repetir algunas palabras con los ojos cerrados y en realidad no creemos que pasen del techo. En las reuniones de ciertas iglesias la oración consiste en repetir frases ‘piadosas’. Cuando ya no saben qué más decir, lo disimulan con expresiones de consagración, cantos israelitas o frases extrañas que más parecen trabalenguas que un don del Espíritu.

El problema es que estamos tapados por nuestros intereses superficiales y ni siquiera nos damos cuenta del increíble milagro al que somos invitados. En el templo a veces estamos demasiados conscientes de quiénes están a nuestro alrededor y qué están haciendo.

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