Cuando yo —Dave— estaba en la escuela de enseñanza media, era luchador. Recuerdo el torneo en que competí por el campeonato… Cuando vi al muchacho con quien iba a luchar por el campeonato, desfalleció mi corazón. Era el hijo de mi entrenador. El entrenador estaba de pie, callado, donde terminaba la colchoneta, pero yo supe que él quería que venciera su hijo ¿Qué padre no? Era como presentarme al campeonato sin entrenador. Mi mente se llenó de dudas. Empecé a cuestionar mis habilidades. Por mi mente pasaban frases como “no soy lo suficientemente bueno»; «no puedo vencerlo». Pronto me convencí que no había forma en que yo pudiera vencer al hijo del entrenador. Bueno, perdí. Pero no puedo decir que me derrotaron las habilidades de luchador de mi rival; perdí antes de pisar la colchoneta por creer en las acusaciones que desfilaron por mi mente.

Los adolescentes parecen tener en común algo bien triste: todos los chicos y chicas son excelentes para menospreciarse, como lo hice yo aquel día. Dicen «yo no importo; no estoy calificado; no soy bueno». Asombra ver cómo se paralizan tantos jóvenes cristianos en sus testimonios y crecimiento porque piensan y sienten que no valen nada.

Esta crítica interna que desanima puede tener sus raíces en el reino de las tinieblas. El ataque más frecuente e insistente después de la tentación que nos hace Satanás es la acusación. Somos importantes en Cristo, somos calificados, somos buenos. Satanás nada puede hacer para cambiar nuestra posición en Cristo y nuestro valor para Dios, pero puede derrotamos si nos engaña para que creamos sus mentiras de que somos de poco valor para Dios u otras personas.

Las dos movidas favoritas de Satanás son la tentación y la acusación, las que usa para paralizamos y derrotamos. El viene y dice «¿Por qué no pruebas? Todos lo hacen, además puedes hacerlo sin que nadie se dé cuenta», y luego, tan pronto como caemos en su tentación, cambia su cuento a uno de acusación «¿qué clase de cristiano eres si haces estas cosas? Eres poca cosa como hijo de Dios. Te descubrirán. Mejor es que te des por vencido porque Dios ya perdió las esperanzas contigo».

A Satanás se le llama «el acusador de los hermanos… delante de nuestro Dios día y noche» (Apocalipsis 12:10). Todos hemos escuchado su voz odiosa llena de mentiras en nuestros corazones y conciencias. Parece que nunca disminuye su ataque. Muchos cristianos están siempre descorazonados y derrotados porque creen en las persistentes mentiras que el diablo les dice de ellos mismos. Los que ceden a sus acusaciones terminan siendo privados de la libertad que Dios desea dar a Su pueblo para que la disfrute. Un cristiano derrotado escribió:

Sigue acosándome mi antiguo sentir que la vida no vale la pena. Tengo miedo, me siento solo, confundido y muy desesperado. Sé en lo profundo de mi ser que Dios puede superar esto pero yo no puedo pasar este obstáculo. Ni siquiera puedo orar pues cuando trato, aparecen muchas cosas en mi mente. Cuando me siento bien y empiezo a hacer lo que sé que Dios desea que haga, me quedo paralizado por esas voces y una fuerza tan poderosa que me es imposible continuar. Estoy tan cerca de ceder a esas voces que casi no puedo luchar más contra ellas. Yo quiero tan sólo un poco de paz.

PON EN SU LUGAR AL ACUSADOR

La buena noticia es que no tenemos que escuchar las acusaciones de Satanás ni vivir derrotados. Zacarías 3:1-10 contiene una importante verdad que debemos incorporar para estar firmes en la fe en contra de las acusaciones de Satanás y vivir justamente en el servicio de Dios. El Señor le reveló al profeta Zacarías una escena celestial en donde se ponen en la perspectiva apropiada las acusaciones de Satanás contra el pueblo de Dios.

EL SEÑOR REPRENDE A SATANÁS

Mira el elenco de personajes de la escena. Parece un tribunal celestial. El juez es Dios el Padre. El fiscal acusador es Satanás. El abogado defensor es Jesús. El acusado es Josué, el sumo sacerdote, que representa a todo el pueblo de Dios, ¡incluyéndonos a ti y a mí!

Históricamente era una ocasión muy solemne para los hebreos, cuando el sumo sacerdote entraba, anualmente, a la presencia de Dios en el Lugar Santísimo —el lugar donde se ofrecía el sacrificio por el pecado—. El sacerdote tenía que realizar unas ceremonias especiales para asegurarse de estar limpio ante Dios. Si el sacerdote no estaba bien delante de Dios, podía caer muerto al instante allí mismo. El sacerdote usaba campanillas en el borde de su manto, que sonaban cuando se movía, para que los que quedaban fuera del Lugar Santísimo pudieran saber si seguía vivo. Hasta le ataban un lazo al tobillo para poder arrastrarlo fuera del santuario en caso que muriera en la presencia de Dios.

Así que tenemos un sumo sacerdote de nombre Josué que está delante de Dios, vestido con ropa sucia que representa los pecados de Israel ¡Malas noticias! Satanás el acusador dice «Míralo Dios. Esta inmundo. Merece morir». Dios reprende al acusador y lo pone en su lugar pues, al reprenderlo parece decirle: «Tú no eres el juez y no puedes sentenciar a Mi pueblo. Yo he rescatado a Josué de las llamas del juicio y tus acusaciones son falsas».

Esta escena del juicio continúa día y noche para cada hijo de Dios. Satanás sigue señalando a Dios todas nuestras faltas y debilidades, exigiéndole que nos destruya por no ser perfectos. Nuestro abogado defensor en el cielo es Jesucristo, que nunca ha perdido un caso ante Dios, el Juez. Satanás no puede hacer que sus acusaciones prendan porque Jesucristo tomó nuestros pecados en la cruz y nos ha hecho justos para con Dios y está parado delante de Dios para defendemos (Romanos 8:33-34).

Mientras que Satanás nos acusa delante de Dios, sus demonios nos acusan también, bombardeando nuestras mentes con falsos pensamientos de lo indigno e injustos que somos ante los ojos de Dios, diciendo: «¿Cómo puedes hacer eso y ser cristiano? En realidad no eres hijo de Dios», pero el diablo no es nuestro juez; solamente es quien nos acusa. Sin embargo, si lo escuchamos y le creemos, empezaremos a vivir estas acusaciones como si fueran una sentencia que debemos cumplir.

Cuando Satanás te ataque acusándote de ser indigno, no le escuches y respóndele: «Satanás, yo he depositado mi confianza en Cristo y soy un hijo de Dios en El. Al igual que el sumo sacerdote Josué he sido rescatado por Dios del fuego del juicio. Dios me ha declarado justo. Tú no eres el juez. Todo lo que puedes hacer es acusarme y no voy a creerte».

Extracto del libro Rompiendo Las Cadenas Edición Para Jóvenes

Por Neil T. Anderson y Dave Park

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