Trata a las personas como si ya fueran lo que pueden ser y les ayudarás a alcanzar lo que deben ser. Hay personas que siempre tienen algo negativo que decir de todo el mundo; en el otro extremo, hay personas que siempre tienen algo lindo para decir. El apóstol Pablo sugirió estar en este segundo grupo: ‘Nada hagáis por rivalidad o por vanidad; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo’ (Filipenses 2.3).

En una colina había un pequeño pueblo que estaba casi abandonado. Años antes había estado lleno de familias, pero ahora sólo quedaban algunos ancianos. A algunos kilómetros de allí vivía un viejo sabio. Un día los ancianos decidieron ir a visitarlo para preguntarle qué podían hacer.

El viejo los recibió con cortesía, y cuando le explicaron el propósito de su visita se compadeció de ellos. ‘Sí, yo sé a qué se refieren; los jóvenes se van a la ciudad y nadie quiere estar con un grupo de ancianos. Lo único que puedo decirles es que uno de ustedes es alguien especial, un apóstol de Dios.’

Los ancianos quedaron confundidos por la respuesta, pero cada uno seguía meditando: ‘¿Uno de nosotros, un apóstol? Ya somos muy ancianos, no somos lo suficientemente importantes para serlo.’ A los días empezaron a preguntarse quién sería el escogido. ‘Don Alberto siempre ha sido nuestro líder, seguramente el maestro se refería a él,’ pensaban algunos. Otros pensaban en la hermana Carmen, que siempre fue una santa. ‘¿Será Don Manuel? No, él no puede ser, es muy cabeza dura… pero, en realidad, siempre tiene razón. Quizás el maestro se refería a Lucy o a Pancho; siempre fueron tan tímidos… aunque siempre están cuando se los necesita.’

Mientras hacían estas reflexiones, los ancianos empezaron a tratarse con un increíble respeto, por las dudas la otra persona fuera el apóstol. Cada vez se trataban con más amabilidad y, poco a poco, cada quien empezó a sentirse más digno. Como la colina era un hermoso lugar para pasar los fines de semana, cada tanto los familiares visitaban a sus abuelos. Al hacerlo empezaron a notar que algo había cambiado en la colina. Había más sonrisas y más respeto. Veían menos quejas y más compañerismo, y quisieron volver más seguido. Al pasar por el pueblo comentaban con los vecinos lo amorosos que eran los ancianos del pueblo en la colina. Pronto otros empezaron a ir de visita, y en seguida notaban ese clima de respeto que había entre estos ancianos tan dignos. En poco tiempo, el pueblo estaba lleno de vida y alegría otra vez.

El respeto y el entusiasmo son contagiosos. Los halagos son medicina para el alma. ‘La lengua apacible es árbol de vida’ (Proverbios 15.4). Muchas veces me ha tocado atender adolescentes y jóvenes que me contaban con lágrimas sus tristes circunstancias. No siempre podía darles un consejo concreto respecto a su situación pero sí podía afirmar su valor como personas. Podía decirles qué aspectos valiosos veía en ellos y podía recordarles lo importantes que eran para tal o cual persona. Podía decirles: ¡Cuanto deseo verte victorioso!

Al sentirse mejor respecto de sí mismos siempre veían la situación con otros ojos. Esto es parte del plan que Dios tiene en mente. Por eso Jesús nos dijo que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Es que para él todos somos muy valiosos. Tanto, que Jesús murió en la cruz por todos por igual. No podemos darle a otros un trato inferior al que les dio Jesús.

Todos queremos estar cerca de quien nos entusiasma. A nadie le gusta que le desinflen el ánimo con palabras hirientes o comentarios negativos. Sigamos el ejemplo de Jesús, seamos personas que motivan a los demás para que lleguen a ser todo lo que pueden ser. ¡Esa actitud hacia otros nos hará a nosotros personas victoriosas también!

MIS PALABRAS DE ALIENTO

¿Qué dices para alentar a otros?

Extracto de “Cumplir tus Sueños”

Por Lucas Leys


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