Los monumentos son recuerdos que poseen un valor muy especial para que aquellos que los construyeron. Detrás de un monumento siempre hay recuerdos de hazañas, de grandes logros o de acontecimientos muy relevantes. Cuando morimos no dejamos monumentos, pero sí recuerdos, monumentos en la mente.

Si algo valioso podemos dejarles a nuestros familiares y amigos son los recuerdos. Recuerdos de una visita inesperada, de un día de campo, de una graduación, de un cumpleaños, de un viaje. Los recuerdos son importantes. Cuando alguien muere lo único que queda son sus recuerdos. Y aún de los muertos se sigue hablando, no tanto de lo que poseían, sino de cómo trataban a los demás. Pero si vive de los recuerdos, deja de producir nuevos, deja de vivir. Peor aún, si vive pensando que el ayer fue mejor, ¿Qué motivación le queda para vivir el hoy? El sabio Salomón dijo: “Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría». (Eclesiastés 7:10)

El sabio Salomón nos dice que preguntarnos la causa de por qué los tiempos pasados fueron mejores que los actuales no es de sabios hacerlo. ¿Por qué dice esto Salomón? Porque aunque en realidad los tiempos pasados a lo mejor fueron mejores, ya no podemos volver a ellos.

El pasado, pasado es. ¡Ya pasó! Ya no regresará. Pero si comparamos lo mejor del ayer con el promedio del hoy, perdemos las fuerzas para seguir viviendo. No podemos correr hacia al frente con todas nuestras fuerzas si corremos con la cabeza intentando ver hacia atrás. Correr así, sólo hará que paremos en el suelo. Es probable que usted crea que los tiempos pasados fueron mejores. Y esto se debe a que tendemos a idealizar los tiempos pasados que en realidad no fueron un camino de pétalos de rosa. Muchas veces recordamos el pasado sin todas las emociones reales del momento, sin todas las dificultades de aquellos tiempos y tendemos a idealizar lo que vivíamos de niños o en otra época de nuestra vida. Preguntar cuál fue la causa de que los tiempos pasados fueran mejores nunca produce energía para seguir corriendo la carrera de la vida. Lo único que produce es desánimo.

El fracaso es de los mayores detonantes que nos llevan a pensar que los tiempos pasados fueron mejores. ¿Quién no ha fracasado en algo en esta vida? Desde los fracasos más pequeños como jamás haberse inscrito en la universidad, hasta aquellos gigantescos como ver quebrar el negocio de sus sueños. Desde los fracasos más pequeños como que se termine una relación de noviazgo, hasta los más grandes como la infidelidad conyugal consumada. Pensar en los fracasos sólo resucita el mismo momento y los mismos sentimientos hoy. Y ¿Quién puede vivir con energías y entusiasmo la vida, si cada mañana que se despierta recuerda sus mayores fracasos?

Sin importar si el acontecimiento fue hace 20 años, cuando pensamos en los fracasos del ayer volvemos a experimentar el mismo sentimiento derrota, de desolación, de desánimo y de los deseos de hasta dejar de existir. Vemos el ayer como una película a todo color y con los sonidos y hasta los pensamientos que tuvimos.

Grábese esta frase que en un momento de reflexión sobre el fracaso escribí hace varios años: Haga del fracaso un momento y no un monumento. No deje que sus fracasos se conviertan en un monumento en la mente. Deje el ayer en donde pertenece. Dele vuelta a la página y siga con su vida. Pero no sólo lo deje ahí, antes debe sentarse y extraer las lecciones aprendidas de ese fracaso. ¿Qué lo llevó a fracasar?, ¿Qué haría diferente hoy?, ¿Qué sabiduría extrajo de ese fracaso? Pregúntese, evalúese, evalúe la situación, aprenda y dele vuelta a la página.

Después que Jesús murió y resucitó, el apóstol Pablo fue uno de los principales líderes de la iglesia primitiva. Anteriormente perseguía a los cristianos, pero un día Jesús ya resucitado se le apareció, lo confrontó y lo comisionó a predicar lo que antes perseguía. Lo envió a predicar el evangelio de Jesús a todos los gentiles. Pablo era alguien admirado por todas las credenciales que como judío y por su vida tenía. Pero hablando precisamente de todas las credenciales que tenía para gloriarse en sus obras dijo en Filipenses 3:13 “Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús».

Olvidar el ayer es imposible. Pero si es posible decidir no pensar en el ayer, sí pensar en el mañana y disfrutar el hoy. Si es posible olvidar en el sentido que nos enfocamos no en el ayer sino en el mañana. Pablo olvidaba lo que quedaba atrás y lo que quedaba atrás era algo bueno, eran sus credenciales como judío que guardaba estrictamente la ley de Moisés. Sin embargo dice, olvidando lo que queda atrás. Porque no son sus obras las que le dan la vida y la meta de recibir el premio que Dios ofrece. Ese premio sólo se obtiene por la obra de Jesús y no por sus obras.

Olvide el ayer, esfuércese por lo que está delante y siga avanzando hacia la meta. Los cristianos tenemos muchas metas, pero la mayor de todas es olvidar nuestras posibles credenciales, buenas obras y logros y nuestros seguros fracasos, pecados y rebeliones, para correr la carrera de la vida esperando la meta del cielo. No a donde se llega por las obras, porque todos somos pecadores, sino a donde se llega por el arrepentimiento de pecados y la fe en la obra que Cristo hizo (2º Corintios 5:17).

Moisés llegó a vivir 120 años. A pesar de que asesinó a un egipcio y huyó al desierto, Dios lo perdonó y lo llamó y fue útil para varios millones de Israelitas que fueron libertados de la esclavitud. Moisés nunca volvió a ver atrás. Sólo siguió viendo hacia adelante. Porque tenían frente a él una tierra que era la tierra prometida. Vea hacia adelante y busque la tierra prometida celestial.

Viva reviviendo los fracasos del ayer, viva preguntándose por qué el pasado fue mejor, viva hoy contemplando su monumento a la desgracia y será un fracasado siempre. Usted no puede cambiar su pasado, pero sí su destino. Olvide lo que queda atrás, esfuércese por lo que está delante y siga avanzando hacia la meta.

Meta de vida #6: Haga del fracaso un momento y no un monumento.

Desafío #6: Llore sus fracasos, sus derrotas, aprenda y documente su aprendizaje para no fallar de nuevo en lo mismo. Levántese y continúe corriendo la carrera de la vida.

Extracto del libro Metas de la Vida

Por Alex López

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