¡DE LAS SOMBRAS A LA LUZ!

Hola. Me llamo Gabriela y quisiera compartir contigo lo que Dios hizo en mi vida. De chica, mi padre era drogadicto y mi madre depresiva. Él nos encerraba en la casa y se iba; no quería que saliéramos a ningún lado. Sus actitudes eran muy violentas. Mamá no tenía carácter ante las actitudes de él; la relación entre ellos era muy mala. La situación familiar era desbordante. Recuerdo que una mujer le predicó a mamá y a partir de ahí comenzamos a ir a la iglesia…

Mi infancia y mi adolescencia comenzaron a ser marcadas por todo el trasfondo de la familia, la violencia, las drogas, el alcohol y demás… A mis 15 años conocí a un chico. Era drogadicto… Comencé a salir con él, y al mismo tiempo me alejaba de Dios… mi vida no estaba comprometida con Dios, sino que todo era “una pantalla”. Iba a la iglesia a cambio de que mi mamá me dejara salir a bailar o a cualquier otro lugar. Intenté suicidarme una y otra vez. Es que en realidad yo no veía la solución; por eso pensaba en lo peor: quitarme la vida. Finalmente, no pude. Dios tenía un plan para mi vida.

Yo seguía yendo a la iglesia, pero mi vida era un desastre. Comencé a drogarme. Probaba de todo: marihuana, pastillas, lo que fuera. Me juntaba con amigos que hacían lo mismo, y a raíz de eso asistía a lugares muy feos; boliches donde se hacían juegos sexuales y de cualquier tipo. Era una perversión constante; ¡un asco! Pero lo hacía. Estaba rodeada de todo eso, y no sabía cómo salir.

A los 18 años comencé a mantener relaciones con otros hombres y paralelamente continuaba con mi novio. Me gustaba sentirme “sexy”. Me gustaba caminar por la calle y que los hombres se dieran vuelta para mirarme. Yo sabía cómo provocarlos, y lo hacía. Eso me hacía sentir mujer; era lo único que me ponía bien.

Al poco tiempo quedé embarazada de mi novio. Yo quería tener al bebé, pero sabía que la vida de mi novio era un desastre; mucho peor que la mía, y me aterrorizaba. ¿Qué le podría dar yo? ¿Cómo iba a crecer? ¿Cuál sería su futuro? ¿El mismo que el de sus padres? Yo sabía que no podía continuar con eso sola. Ya no quería que el bebé estuviera en mi vientre. Entonces una compañera del colegio me comentó que, poniéndome unas pastillas en la zona vaginal, me podría provocar un aborto. Tuve una hemorragia muy grande, hasta que el feto de 3 meses pudo salir de mi cuerpo. Lo vi, lo observé y sentí alivio, pero por dentro estaba muy triste.

Mi vida estaba cada vez peor. Iba a lugares donde me tiraban las cartas, iba a brujas, hasta que comencé a no poder dormir, a ver sombras, a tener sensaciones feas. Amanecía rasguñada; estaba totalmente fuera de mí. Necesitaba una salida. Necesitaba un cambio. Estaba totalmente destruida. En menos de 3 años llegué a hacerme cinco abortos. Cada vez que lo hacía, sentía más odio; más dolor. No me sentía amada por nadie. El tema de los abortos ya era normal para mí, a tal punto que negociaba con mis amigas. A cambio de hacerles los abortos a ellas, les pedía pastillas para mí.

Todo esto me pasaba, y yo seguía yendo a la iglesia… La relación con mi novio era cada vez más enfermiza. En medio de los abortos que me hacía, él aún quería seguir teniendo relaciones sexuales conmigo. Realmente, estábamos muy enfermos…

Al poco tiempo se organizó un campamento de jóvenes, y tome la decisión de ir. Ya había llegado el momento del verdadero cambio y del encuentro con Dios. Así que fui con todas las expectativas de un cambio; de una nueva etapa, pero me agarró una crisis tan grande debido a la abstinencia, que quería escaparme, huir, salir corriendo para buscar un cigarrillo o algo que apagara mi ansiedad. La última noche de aquel campamento, Dios tocó una vez más mi corazón, pero esta vez fue diferente. Era el principio del verdadero cambio. Estaba convencida de que Dios podía hacer todas las cosas nuevas. Tomé la decisión de dejar a mi novio. Yo tenía una atadura muy grande con él; creía que mi vida giraba a su alrededor y que si lo dejaba no podría soportarlo…

Al tiempo de haber terminado la relación con mi novio, me di cuenta de que todo era posible si se iba de la mano de Dios. Él había comenzado a cambiar mi vida, y me sentía realmente amada por la gente. En ese tiempo comencé a involucrarme en las actividades de la iglesia. Iba con un grupo de jóvenes para darle de comer a la gente, y visitaba travestís a fin de predicarles acerca del verdadero amor, el de Dios.

Hoy puedo decirte que todo el cambio en mi vida fue posible gracias al poder de Dios. Costó, y mucho, pero vale la pena. Él me hace sentir amada y respetada. Sé que me dañé mucho, pero Jesús es quien reconstruye todo nuestro pasado para que nuestro presente sea diferente, siempre y cuando estemos aferrados a su mano. (Lucas 1:68-69).

¿Has visto con tus propios ojos un milagro alguna vez? ¿Por un segundo te has detenido a mirar los ojos de los testigos del milagro? Puedes estar seguro de que comienzan a desparramar la noticia por todas partes, sin importarles los demás… Pero la persona que recibió el milagro, la que fue tocada por Dios, la que vivió el milagro, quedará marcada para toda la vida con ese «tatuaje de Dios», y cada vez que se mire al espejo, el milagro le recordará que Dios está vivo.

¿Habrá acaso en toda la tierra un milagro más grande que engendrar la vida misma? ¿Habrá algo más maravilloso que luego de 9 meses de suspenso, esperanza y amor, tener un bebé en tu pecho durante unos minutos? ¡Definitivamente, no! Ese milagro es el regalo más hermoso que Dios le puede dar a una mujer. El misterio más increíble es el desarrollo del cuerpo humano y de la vida en manos de Dios. Él nos conoce desde antes de la fundación del mundo (Jeremías 1:5).

Extracto del libro Las 10 Plagas de la Cibergeneración

Por Ale Gómez

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