Cuando era soltero oré a Dios de esta manera: ¡Háblame con claridad o no me caso! Luego le dije: ¡Por lo menos dame una señal, si la próxima chica que entre a la iglesia lleva un traje rojo y una rosa amarilla en la boca, sabré que esa es la elegida! Por último, y aún sin entender la forma cómo Dios habla, me propuse lo siguiente: ¡Voy a casarme, si me equivoco es porque Dios no me habló! Gracias a Dios me ha ido bien en el matrimonio, pero… ¡qué sufrimiento pasé por no saber distinguir la voz del Señor!

No saber reconocer la voz de Dios es una de las quejas más frecuentes que tenemos. Queremos hacer la voluntad de Dios, anhelamos tener una relación más estrecha con nuestro Creador, pero… ¡cuánto nos cuesta entender cómo él nos habla, cuándo lo hace, y, sobre todo, qué nos dice!

De hecho, a lo largo de la historia, el gran problema de nosotros los seres humanos en cuanto a nuestra relación con Dios ha sido conocer ¿cuál es su voluntad particular para nosotros?, ¿cómo estar seguros de que es Dios quien nos está hablando?, ¿si nuestro servicio a él le agrada o no?… He escuchado —y yo mismo las he dicho— algunas frases célebres de la juventud, tales como: «¡si tan solo Dios me hablara!», «¡si Dios fuera más claro!», «¡si me enviara al menos un profeta o un ángel», o «¡yo sé que la Biblia es su palabra y habla por medio de ella, pero… a veces no la entiendo!»

Yo anhelo desarrollar una relación con Dios como Moisés la tuvo con él. Moisés hablaba con Dios y Él le respondía en el momento. También como Enoc, el cual era íntimo amigo del Señor porque caminó con él toda su vida. Para no ir muy lejos, me gustaría ser como Lucas, o Juan o Pedro, que caminaron, comieron, conversaron con Jesús; lo oyeron, lo vieron y lo tocaron, y lo amaron de una manera física, íntima y personal. Hablo de la relación que incluye un diálogo fluido; tal como lo hacemos con nuestros amigos, pienso particularmente en aquellos que hablan demasiado, que ni siquiera nos dejan hablar. A veces le clamamos diciendo: «¡Dios, por favor, no nos dejes ni hablar, interrúmpeme, por favor… ¡ háblame! En ocasiones el silencio de nuestro Señor es mayor que nuestra paciencia, y a veces sus respuestas me parecen extrañas y cargadas de humor. Ni siquiera utiliza su boca para hablarme. Entonces me surgen las preguntas millonarias: ¿cómo saber que Dios me está hablando? ¿Cómo no escuchar la multitud de voces que se confunden con la Suya —incluso con la mía — que procuran llevarme hacia otros destinos?

Lo invito a analizar conmigo la forma en que Dios se comunicó con Samuel. El relato de 1 Samuel 3.1–10 puede darnos luz en cuanto a la manera en que podemos escuchar a nuestro Padre.

Quiero comenzar por el final de la historia, pues es muy valioso para nuestro tema: Samuel responde: ¡Habla, que tu siervo escucha!

¡Eso es lo mismo que siempre le decimos a Dios!, solo que a veces no lo escuchamos ¿Por qué Samuel sí lo escuchó?

Hay ciertos factores que parecen tener un peso significativo:

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