Si queremos crecer como cristianos, tenemos que sacarnos la máscara de pureza y abandonar la capa del superman o la bati-chica espiritual. Todos tenemos faltas y debilidades. Dios quiere perdonarnos; él desea que logremos sobrevivir a las crisis.

Para eso nos regaló la disciplina de la confe­sión, para que pudiéramos reconocer nuestras faltas y solucionar la culpa. No fue un regalo barato, costó la cruz de Cristo.

Tristemente, a lo largo de la historia la iglesia fue relegando algunas de las enseñanzas del Nuevo Testamento. Una de las sanas enseñanzas más descuidadas fue la Confesión. Por reaccionar contra quienes redujeron la confesión a un rito de penitencia, algunas iglesias la relegaron a tal punto que ya no se enseña y ni siquiera se la nombra como una disciplina cristiana.

La confesión no es un castigo para los niños que se portan mal. Es un paso de fe imprescindi­ble por el cual le decimos a Dios lo que hicimos mal. En su sentido original, la palabra confesión significa ‘decir lo mismo que’. Si la Biblia dice que algo está mal, y yo lo hago, me confieso cuando admito que eso que hice es pecado.

No lo admito porque yo sienta o piense que es pecado sino porque lo dice la Biblia. El pecado ensucia y seca nuestra vida. Nos impide disfrutar de la vida abundante. Dios quiere limpiarnos, quiere restauramos y ponernos en marcha otra vez.

Ese es el propósito de la confesión. Si no confesa­mos nuestros pecados, acumulamos cosas sucias dentro de nuestro ser. No confesar es como no sacar la basura de la casa. Pronto se acumula el mal olor, nuestra conciencia empieza a molestarnos cada vez más, y el diablo empieza a culparnos y engañarnos.

Uno de los problemas que encontramos para practicar la confesión es que pensamos en la iglesia como una comunidad de santos al estilo medieval, cuando en realidad deberíamos considerarla como un hospital de pecadores redimidos. En muchas iglesias nadie habla de sus debilidades y pecados. Si alguien comete un pecado, la mayoría le da la espalda y lo trata como un debilucho. La Biblia enseña todo lo contrario: ¡El que esté libre de pecado tire la primera piedra!

Yo he confesado pecados a mis amigos, justamente para que me ayuden a solucionarlos. Siglos atrás, Agustín de Hipona decía que la confesión de las obras malas es el comienzo de las obras buenas’. Al confesar mis pecados o tendencias pecaminosas a algunos amigos íntimos, y ellos a mí, comenzamos a cuidarnos unos a otros. Sincerarnos fue un gran alivio.

La confesión se inicia en la humildad y la sinceridad.

Yo me pongo nervioso cuando ciertos líderes sólo se ponen como ejemplo de lo bueno, como si no tuvieran ninguna debilidad. Me encanta, en cambio, conocer pastores lo suficientemente sinceros como para pedir ayuda en las áreas en las que no son fuertes.

La palabra ‘sincero’ deriva de la unión de dos palabras: sin-cera. En la antigüedad, cuando se hacían vasos de barro, a veces se quebraban en el horneado. Algunos alfareros picaros rellenaban las grietas de los vasos rotos con cera, para poder venderlos. ¿Qué sucedía? Cuando el vaso era sometido al calor, la cera se derretía y las grietas originales salían a la luz.

Confesar significa ser sinceros delante de Dios. Los cristianos que asumen una actitud de yo me las sé todas’ o ‘soy demasiado importante’ se estancan. Dejan de aprender y dejan de superar sus debilidades secretas.

Sincerarnos es mostrarnos tal como somos.

Esto produce un alivio tremendo. Nos devuelve la paz y la libertad que el pecado nos roba. Te invito, primeramente, a acercarte a Dios cada vez que sepas que has hecho algo mal. No lo hagas con miedo sino con toda confianza, porque Dios es un Padre lleno de misericordia que nos da oportunidades ilimitadas para volver a él y confesar nuestras flaquezas.

También te invito a buscarte algunos amigos con los que puedas hablar de tendencias en tu personalidad, debilidades de carácter o malos hábitos con los que estás luchando. Si confiesas con franqueza, ya no estarás solo o sola en tu lucha con esas cosas. Claro que debe ser alguien de mucha confianza, y debes orar para conseguir ese tipo de amigo. También pueden ser líderes compresivos o pastores amorosos que no se escandalizarán de nada de lo que les cuentes sino que intentarán ayudarte a salir adelante.

Extracto de “No seas Dinosaurio” por Lucas Leys


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