Te planteo un nuevo reto: haz que tus amigos se ha­gan amigos de Jesús. ¡Ay! ¡Qué difícil se hace esta parte!, aquella en la debes hablar de tus principios y creencias. Porque tenemos miedo a que nos recha­cen por ello, tenemos miedo a ser catalogados como diferentes. Pero aquí tienes un punto de partida para saber quién es tu verdadero amigo. Si te rechazan por compartir a Jesús, realmente eran poco sinceros con su amistad. Sin embargo, si se dignan simplemente a escucharte, es que realmente te quieren como amigo. Para estar dispuesto a tener auténticos amigos, hay que tener la valentía de hacernos vulnerables. Si no nos arriesgamos a ser heridos, burlados o recha­zados, no estaremos dispuestos a conocer amigos sinceros como los que Dios quiere que tengamos. Os puedo asegurar que tengo verdaderos amigos que no son cristianos, personas que están dispuestas a es­cuchar mis locas historias de mi relación con Jesús. Esos amigos tienen un valor especial, porque hacen todavía más relevante mi amistad con Jesús. Muchas veces oro por ellos, muchas veces siento dolor porque me gustaría que conocieran a Dios de forma diferente a como se lo han enseñado. Pero eso no me corres­ponde a mí, sino a Dios. A veces me parece injusto, creo que se merecen algo más, pero he aprendido que el valor de la amistad está en la lealtad.

Esfuérzate en entablar relaciones de confianza mu­tua. Busca amigos de todas las edades, en todos los entornos. Nos arriesgamos a ser dañados, pero tam­bién nos arriesgamos a conocer la amistad en toda su dimensión. No tengas temor en compartir a Jesús (1ra Juan 4.18). Dios quiere ser tu mejor amigo. El mismo Jesús nos animó a tratarlo como a un amigo, no como a un Señor. Él no vino para ser servido sino para servir. Las amistades se cultivan, se miman, se trabajan, no aparecen por generación espontánea. En un mundo poco original resulta distintivo encontrar amigos que sean diferentes y con demasiada frecuen­cia veo a jóvenes auténticos, con personalidad propia, con algo que les hace distintos, siendo ninguneados por los demás, haciéndoles vacío. En cuántos cam­pamentos he visto a adolescentes cristianos dejar solo a alguien simplemente porque no encaja en su modelo de persona, simplemente porque es diferente. Cuántas veces he visto llegar a la iglesia a un chico, incluso no creyente, al que nadie ha saludado porque es diferente, es un extraño que no encaja en mi mo­delo, en mi grupo, en mi lugar de seguridad. Es triste ver cómo nos han vendido la terrible idea de que no podemos “juntarnos con el mundo” cuando resulta que Jesús hacía todo lo contrario.

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