En la mente humana queda registrado cada acto (ya sea en forma cons­ciente o inconsciente) y esos recuerdos originan la respuesta en futuras experiencias.

Veamos un ejemplo: si has caído en tentación sexual, has robado o de­fraudado a otra persona, cuando te encuentres expuesto otra vez a una situación similar, los recuerdos que vendrán a tu mente te atormentarán: “no pudiste hacer frente… fuiste débil y pecaste…nunca podrás…”, y si el pecado se repitió más de una vez, cada pecado sumó una cuota de fraca­so y ahora los recuerdos que vienen son de derrota y culpa. En lugar de sentir libertad para tomar una decisión, te sientes atado en tu mente al pa­sado vivido. Hay una manera para liberarte definitivamente de ese círculo vicioso de pecado y culpa: es el camino de la confesión y la restitución.

¿Sabes qué cosa es la más difícil sobre la tierra?

Reconocer las propias faltas.

Reconocer el pecado propio es muy duro. Es mucho más fácil recordar lo que otros te han hecho, ¿no es cierto? Sin embargo, si quieres experimen­tar un cambio en tu vida interior y ser realmente victorioso, sólo hay un camino posible: reconocer que no siempre tenemos la razón y que a veces fallamos; otras, somos injustos y…

Mateo y Zaqueo lo hicieron. Ellos no eran lo mejor, aunque ante los ojos de los demás, las cosas les iban de maravillas. Eran “publícanos”, cobraran impuestos a sus propios hermanos judíos a favor de los romanos y muchas veces con algo extra para sus propios bolsillos. Eran estafadores. Pero al encontrarse con Jesús, dieron un vuelco de 180° en sus vidas. El impacto que produjo Jesús sobre la vida de estos hombres fue tremendo. Mateo lo dejó todo para hacerse discípulo de Jesús y Zaqueo exclamó públicamen­te: “si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado”. Esto es confesión y restitución.

¿Qué es confesión?

Es manifestar lo que habías mantenido oculto de tu interior: ¿tienes algún secreto vergonzoso que desearías olvidar? ¿Algo que siempre viene a tu mente y te perturba?

La confesión es el camino de la libertad, pero nos conduce primero por el sendero de la humillación porque debemos reconocer con sinceridad que somos culpables de “esos pensamientos” o de “aquellos viejos hechos» y que no tenemos excusas. Pero cuando el dolor invade nuestra alma, de pronto, donde todo es negro, aparece una esperanza, una luz que crece y es el perdón que Cristo puede dar.

¿Para qué sirve la confesión?

Para restablecer una relación rota.

Es necesario confesar a Dios todo pecado, porque Dios no pasa por alto el pecado del cual no nos hemos arrepentido.

¿Qué es el arrepentimiento?

Es el cambio en la manera de pensar, que se traduce en el cambio de la manera de vivir.

Una vez, un teólogo predicaba un sermón muy profundo acerca del arre­pentimiento. Cuando hubo terminado su discurso, la mayor parte de las personas no habían entendido el sermón. Entonces un anciano y sincero predicador se levantó de su asiento y al ir andando por el pasillo iba di­ciendo: “¡voy al infierno!, ¡voy al infierno!». La gente que aún estaba senta­da, lo miró asombrada. Pensaron que el anciano se había vuelto loco. En­tonces, repentinamente, se detuvo y empezó a andar en la otra dirección, diciendo: “¡voy al cielo!, ¡voy al cielo!”. Volviéndose entonces a la congre­gación, les dijo: “esto es el arrepentimiento”. Por su acción tan sencilla, el anciano había mostrado a la gente lo que el discurso tan docto no les había revelado, es decir, que el arrepentimiento es dar la espalda al peca­do e ir hacia Dios.

Además, hay que añadir la restitución a las personas que hemos herido.

¿Qué es la restitución?

Es el mandato bíblico que busca indemnizar al dañado. Devolverle lo que le pertenecía. Trata de reparar en lo posible el daño causado. Sólo así podremos ser verdaderamente libres.

TIEMPO DE REFLEXIÓN

Quizá haya llegado el momento en que tengas que ponerte a cuentas con Dios y con tus hermanos.

Toma un tiempo y medita sobre tu vida de pensamiento y tus acciones pa­sadas. Confiesa tus errores y pecados con “nombre y apellido”, no digas simplemente “perdóname Señor”. Recorre tu vida, mira con atención dónde has fallado y cómo se llama tu pecado.

Puedes, si deseas, tomar un papel y escribir todos tus pecados. Luego, pon tu mano sobre ese papel y pide perdón por cada uno de ellos. Reca­pacita acerca de las circunstancias que te llevaron a pecar y ¡abandónalas! Jesús desea hacerte una persona libre y victoriosa para que nunca más tengas que estar bajo la esclavitud del pecado.

Una vez que hayas hecho esto, agradece a Dios por su liberación y per­dón; y desde ese momento, vive cada día con mucho entusiasmo. ¡Dios está de tu lado!

Extracto del libro «Cuidado! Llegaron los adolescentes»

Por José Luis y Silvia Cinalli


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