Tener fe nos permite arriesgarnos. Si somos temerosos, en lugar de ser protagonistas nos quedaremos mirando lo que otros hacen. En cambio, cuando estamos dispuestos a jugarnos hacemos que las cosas sucedan.

En una de las paredes de la clase de adolescentes que tiene mi esposa, ella puso un cartel que dice: ‘No sabrás todo lo que puedes lograr hasta que lo intentes.’ La Biblia está llena de historias de hombres y mujeres comunes que llegaron a ser héroes porque asumieron riesgos.

Ahí está Noé, construyendo el arca en el desierto; mira a Daniel, orando a Dios públicamente a pesar de que estaba prohibido; y Ester, jugándose la vida al entrar a ver al rey sin haber sido citada.

He comprobado que crezco al asumir riesgos. Es que, cuándo sé que estoy en riesgo, paso más tiempo en oración, medito más en las consecuencias de lo que estoy haciendo, busco más recursos y dependo más de Dios. Así crezco en lugar de quedarme estancado.

A veces lo más difícil es arriesgar nuestra reputación. Muchos tienen sueños pero no los llevan a cabo porque tienen demasiado miedo al ‘que dirán los demás si les cuento mi sueño’. Quizás se frenan porque ya lo compartieron y sólo recibieron risas, críticas, indiferencia o desgano.

Cuando L.A.GR.AM. (Liderazgo y Adolescencia, Grupo de Amigos) era sólo un sueño y comentábamos todo lo que íbamos a hacer en el futuro, muchos de los que escuchaban nos criticaban. Estoy hablando de gente cercana. A mis propios líderes o amigos de la infancia les parecía que me había vuelto loco o estaba siendo demasiado ambicioso. ¿Quién me creía que era para llevar adelante un ministerio a la adolescencia? Una y otra vez me recordaban algunos de los líos en los que me había metido en mi propia adolescencia.

Al principio aparecía gente disgustada conmigo por lo que estaba haciendo. Que era joven, que no tenía experiencia, que cuando era chico me portaba mal, que hacíamos cosas locas, que nuestras actividades terminaban muy tarde, etc., etc. Varias veces pensé que hubiera sido más fácil no hacer nada y dedicarme a cualquier otra cosa en lugar de cumplir con los sueños que Dios había puesto en mi corazón. Pero yo no estaba solo.

Uno de los que me acompañaba era mi mejor amigo, Germán Ortiz. Él venía a dormir a la casa de mis padres y pasábamos horas soñando con lo que íbamos a hacer. Sufríamos mucho por toda la oposición que recibíamos de gente que en teoría debía estar feliz de que sirviéramos al Señor.

También arriesgamos dinero. Casi ni lo teníamos, pero todo billete que andaba por nuestros bolsillos fue invertido en nuestro sueño. Me acuerdo cuando otro de mis mejores amigos me dijo, asustado y lloroso, que esta vez se me estaba pasando la mano. La verdad es que esa vez perdimos dinero y decidimos vender algunas de nuestras cosas personales para cubrir las diferencias; pero esa actividad permitió abrir 100 puertas que luego nos dieron la posibilidad de bendecir a muchos más adolescentes.

A veces lo que más tememos es fracasar. A todos nos toca que algo nos salga mal, y lo curioso es que los errores pueden ser un medio para crecer. ¿Cuál es la mejor lección, sino la que vivimos en carne propia?

Hay personas que tienen tanto miedo a fracasar ante los demás que nunca asumen ningún riesgo y en consecuencia jamás se elevan por encima del nivel de la mediocridad. Tienen tanto miedo a quedar atrás que prefieren estar cómodos en el montón. Peor que fracasar es no intentar. Es más, los cumplidores de sueños ni siquiera hablan de fracaso: toman la lección, se levantan y vuelven a empezar.

El riesgo puede ser algo sensacional. La historia muestra que cuando los cristianos sufren persecución, la iglesia madura y en muchos casos se dispersa y crece en otros sitios.

La clave es arriesgarse por cosas que tienen que ver con los sueños de Dios y no evitar, en cambio, correr riesgos por cosas que nada tienen que ver con ellos. Dime cuánto te arriesgas y te diré cuánto estás creciendo hacia las metas de Dios para tu vida.

¿Qué riesgos crees que enfrentarás rumbo a tu meta?

Extracto de “Cumplir tus Sueños”

Por Lucas Leys


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