Aquí te proponemos una obra corta que puede ser utilizada como apertura para la clase del día de Pascua en la Escuela Dominical o para reforzar cualquier reunión en esta época del año. En ella se bosqueja una conversación entre Pedro y Juan en una habitación donde se están escondiendo la noche anterior a la resurrección. El diálogo se enfoca en la amargu­ra de Pedro por haber negado a Jesús y en cómo ahora ya no puede enmendar las cosas con el Señor, porque él está muerto.

Para que la obra tenga un mayor efecto debe ser memorizada. Puede representarse seguida de un estudio bíblico acerca del perdón y de cómo Jesús está deseoso y es capaz de perdonarnos cuando sentimos que lo hemos decepcionado. Enfócate especialmente en Juan 21:15-19. (Brian Fullerton)

LA NOCHE ANTES DE LA PASCUA

PERSONAJES: Pedro, Juan.

Pedro y Juan están acostados en el piso durmiendo. De repente, Pedro comienza a dar vueltas y a retorcerse mientras masculla: «¡Lo siento, Maestro, lo siento!». Mientras más vueltas da y más se retuerce, más alto comienza a gritar, hasta que de golpe se sienta, mitad despierto, mitad dormido y sudando. PEDRO: (Casi histérico) ¡Lo siento, Maestro! = ¡Lo siento! (Esconde la cara entre las manos y solloza.) ¡Lo siento mucho, mucho! (Juan se despierta con el ruido. Se estira y toca el brazo de Pedro.)

JUAN: ¿Qué te ocurre, Pedro? ¿Cuál es el problema?

PEDRO: Tuve una pesadilla horrible. Perdón si te desperté.

JUAN: (Somnoliento, con una risa ahogada). Creo que no estaba muy dormido. Estoy cansado, pero el sueño no viene fácilmente esta noche.

PEDRO: Sí, mi sueño también ya de por sí es lo suficiente liviano e irregular como para que además ahora tenga pesadillas.

JUAN: ¿Qué son esas pesadillas que estás teniendo?

PEDRO: Es la misma una y otra vez. Estoy parado en el patio de la casa del sumo sacerdote. Miro hacia una ventana y puedo ver al Maestro observándome. Tiene la mirada más triste que alguna vez haya visto en él. Yo sé que lo he negado, pero cuando trato de disculparme, él vuelve su cabeza… (Con la voz quebrada.) Yo lo negué, Juan. Juré que no lo conocía a pesar de que había prometido estar a su lado pasara lo que pasara.

JUAN: Creo que entiendo lo que sientes, Pedro.

PEDRO: (Confuso, desconcertado.) ¿Cómo puedes entender lo que estoy sintiendo? Tú permaneciste fiel a él hasta el final. Te mantuviste de pie frente a la cruz junto a su madre. ¡Él te habló! ¿De qué manera lo negaste?

JUAN: Esconderme aquí en esta habitación contigo, ¿no es acaso una forma de negarlo? Quizás no lo traicioné con palabras, pero lo que = estoy haciendo habla por sí mismo.

PEDRO: (Más relajado.) Perdóname, Juan. Yo sé que esto ha sido duro para todos nosotros. Lo que sucede es que yo siempre le traje al Maestro alguna clase de problema. ¿Recuerdas cuando traté de evitar que viniera a Jerusalén? ¡Él me llamó Satanás! ¿Y cuando saqué mi espada en el huerto? Me reprendió. Juré que daría mi vida por él si fuera necesario, pero cuando llegó el momento, lo negué y hui. Le he fallado una vez y otra vez, Juan, y ahora él está muerto y no puedo arreglar esta situación.

JUAN: Estoy seguro de que todos quisiéramos haber actuado diferente. ¿Cómo crees que me siento? Me dejó a cargo de su madre, pero, ¿cómo puedo cuidarla si los soldados segura­mente estarán buscándonos en poco tiempo?

PEDRO: El presente no me preocupa, Juan. Yo estoy pensando en el futuro. ¿Recuerdas lo que nos dijo el Maestro? Que, si alguno lo negaba a él delante de los hombres, él nos negaría delante del Padre. ¿Cómo puedo ir por la vida con la culpa de haberlo traicionado? Yo quería defenderlo, pero temí por mi vida. Ahora ese miedo puede costarme la eternidad. (Los dos permanecen sentados en silencio por unos momentos.)

JUAN: Estos últimos días me han dejado confundido. Él estaba todo el tiempo diciéndonos que iba a morir, pero nunca pensé que iba a ocurrir tan pronto. ¿Qué crees que será de nosotros ahora que se ha ido?

PEDRO: Él mismo nos dijo que podíamos esperar que nos trataran de la misma forma en que lo trataron a él. Me temo que pronto nos uniremos al Maestro.

JUAN: Quizás resucite de la muerte como lo prometió. Lo vimos resucitar a Lázaro. Sin embargo, ¿podría tal vez resucitarse a sí mismo?

PEDRO: Espero que lo haga por tu bien,

Juan. Pero aun si volviera, me temo que nuestra amistad nunca volvería a ser lo mismo debido a lo que he hecho.

JUAN: Él era un hombre lleno de perdón, era comprensivo, Pedro. Estoy seguro de que te perdonaría.

PEDRO: Eso quizás sea cierto, Juan. No obstante, ¿cómo podría yo alguna vez perdonarme a mí mismo? (Los dos permanecen en silencio de nuevo. Juan fija la mirada en la nada por un instante, como si estuviera pensando. Luego, una sonrisa surge en su cara).

JUAN: Sin duda fueron tres años maravilloso, Pedro, ¿no es cierto? Todo lo que dijo e hizo está tan vivido en mi mente, que creo que nunca lo olvidaré. Lo que más recuerdo es cómo nos amaba; podía sentir ese amor muy fuertemente aun cuando no estuviera allí. (Mira tristemente al piso.) ¡Lo amaba tanto! Nunca tuve un amigo mejor.

PEDRO: Sí, él era un hombre sin igual, un buen amigo, nuestro Maestro. Bueno, deberíamos intentar dormir un poco. Solo Dios sabe lo que mañana sucederá con nosotros dos. (Los dos se acuestan, pero ninguno cierra los ojos. Permanecen en silencio por unos E momentos).

JUAN: Pedro, una vez tú dijiste que él era el Mesías. ¿Todavía lo crees?

PEDRO: Sí, lo creo. ¿Pero el hecho de creerlo lo traerá nuevamente?

FIN

Extracto del libro Biblioteca de Ideas Actividades Fantásticas

Por Autores Varios

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