LA VIDA EN EL MUNDO CAÍDO

Hay cosas que sabemos que nuestros hijos experimentarán en nuestros hogares. Experimentarán el ser objeto del pecado de otro. Están en una familia poblada de pecadores que no están totalmente santificados. Escucharán palabras ofensivas, y verán cosas que no provienen del amor. Experimentarán el egoísmo de otros, y serán el objeto de la irritación y enojo de otro. Necesitamos afrontar estas experiencias con el mensaje de redención. Debemos enseñar a nuestros hijos que hay un Redentor que ha venido, que perdona, libera, reconcilia y restaura. Presentas un modelo de esto cuando haces más que enviar a tus hijos en conflicto a su cuarto para que se dejen en paz el uno al otro. Presentas un modelo de esto cuando requieres que estén uno frente al otro para lidiar con sus diferencias, para confesar pecado, para pedir perdón y para restaurar la relación. Al hacerlo así estás enseñando el Evangelio, estás testificando de la presencia y el poder del Redentor, y estás enseñando a tus hijos a ser gente de esperanza en medio de un mundo caído.

También sabes que tus hijos experimentarán su propio pecado. Saldrán volando de sus bocas palabras hirientes y cortantes. Se revelará la pereza y la irresponsabilidad. Reaccionarán en egoísmo en vez de amor. Se rebelarán en vez de someterse, y tomarán en vez de dar. Cada una de estas experiencias es una oportunidad para redimir, es decir, llevar a tus hijos al único lugar de esperanza y ayuda, el Señor Jesucristo.

A menudo nos perdemos estas oportunidades porque estamos muy ocupados resolviendo los problemas inmediatos. Ocupamos nuestras energías en evitar que los hermanos peleen, en vez de exponer el pecado que está detrás de la disputa, llevando a los individuos involucrados a Cristo, para experimentar su perdón y ayuda al buscarle en confesión y arrepentimiento. También perdemos esta oportunidad porque vemos los pecados de nuestros hijos como afrentas personales. Quedamos atrapados en nuestras propias heridas y enojo. En vez de decir palabras de esperanza y gracia, prorrumpimos con palabras airadas de lamento («Cómo deseo que ya te portes bien”) o palabras de condenación («Nunca vas a cambiar”).

No debemos distanciarnos de los pecados de nuestros hijos como si tuvieran un problema con el cual no podemos identificarnos. Necesitamos identificarnos con ellos. También nosotros somos pecadores. El pecado es una condición humana. Es un problema que reside en nuestra propia naturaleza. Nadie se salva de esta enfermedad. No hay algún pecado que nuestros hijos cometan que nosotros no seamos capaces de cometer también. A medida que admitamos que somos semejantes, demostramos una emoción personal hacia el evangelio, porque también es nuestra sola esperanza. No respondemos con un «¿Cómo pudiste?” o «¿Por qué lo hiciste?” Sino que educamos con un reconocimiento humilde de nuestro propio pecado. Entendemos el cómo y el porqué del pecado porque lo conocemos y seguiríamos en él de no ser por la gracia gloriosa del Señor Jesucristo.

No debemos comunicar a nuestros hijos que ellos serían mejores si pudieran ser, de alguna manera, como nosotros. ¡Ni Dios lo quiera! En vez de eso necesitamos decir que sólo es a través de Cristo que hemos experimentado la libertad de las cosas con las cuáles ellos batallan ahora. Estamos dispuestos a compartir nuestras luchas con el pecado con ellos para que la misericordia de Cristo sea revelada a través de nuestra historia (ver el ejemplo de Pablo en 2º Co.1:8-11).

Sabemos también que nuestros hijos enfrentarán lo caído e imperfecto que es el mundo. Pablo dice en Romanos 8 que el mundo entero gime esperando la redención (vs.22). Nuestros hijos experimentarán un mundo de promesas incumplidas, relaciones destrozadas, instituciones fallidas, gobiernos corruptos, ambiciones egoístas, violencia desenfrenada y familias destruidas. Experimentarán la tentación, las mentiras y las estratagemas del enemigo. Viven en un mundo donde en realidad existe un Diablo que busca devorarlos. Se verán sorprendidos y engañados. Batallarán con el dolor, el temor, la decepción y el desánimo. Tendrán un millón de razones para ser sentirse cínicos y desesperanzados.

No podremos protegerlos de la naturaleza caída del mundo. No podemos actuar como si esto no existiera, porque a dondequiera que miren, ellos verán imperfección. Aquí también debemos traer el evangelio. Este mundo no es un lugar de caos absoluto. Sobre todas las imperfecciones rige Cristo quien reina sobre todas las cosas por amor de su pueblo. Él está llevando a su fin el pecado, el dolor y el sufrimiento. Lo que enfrentamos aquí no se compara con las glorias de la eternidad. ¡Hay esperanza! Necesitamos encontrar maneras prácticas de comunicar esta esperanza a nuestros hijos. Todavía hay más cosas mejores por venir. Hay razón para continuar.

Enfrente del pecado interno y externo, enfrente del mundo, la carne y el Diablo, la familia necesita funcionar como una comunidad redentora, humildemente admitiendo la realidad del pecado. También debemos consistente y expectantemente apuntar hacia la realidad asombrosa de la gracia del Cristo resucitado, quien reina sobre todas las cosas para la salvación de su pueblo. Cada situación en la que el pecado levanta su cabeza es una oportunidad para enseñar la gracia. Cada situación en la que el tentador es revelado es una oportunidad para señalar a Cristo quien es más grande que él. Cada circunstancia de fracaso es una puerta abierta para el mensaje de perdón y liberación.

No existe otra comunidad de aprendizaje más consistente y efectiva que la familia. La existencia y la gloria de Dios, la responsabilidad moral de amar al prójimo, y la esperanza del evangelio al enfrentar nuestro pecado deben ser los temas constantes que interpreten, definan, expliquen y organicen la vida familiar. Como padres debemos aceptar nuestra posición como los maestros principales puestos por Dios. Es un alto llamado que dura toda la vida. No nada más importante que esto en nuestras vidas enteras. Al seguir el llamado de Dios oraremos por nuestros hijos lo que Pablo oró por la iglesia de Éfeso: «Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza” (Ef.1:17-19).

Extracto del libro Edad de Oportunidad

Por Paul D. Tripp

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