EL SISTEMA FAMILIAR Y SU INFLUENCIA SOBRE EL NIÑO

Creo que una de las cosas más desafiantes e importantes que un adulto puede hacer es guiar a un niño o niña en su aprendizaje, contribuir día a día a su formación, y ser una buena influencia en todo lo que sea posible. Todos conocemos la gran influencia que tienen sobre un niño los adultos que lo rodean. Sin embargo, los maestros y consejeros muchas veces caemos en el error de ver a los niños de forma separada a su sistema familiar. ¡Debemos tener siempre presente que ellos mismos son un síntoma de lo que está sucediendo en su entorno familiar! La mayor parte del tiempo, los niños reflejan con sus comportamientos las relaciones e interacciones que se dan en la realidad en la que viven. En suma, lo que han aprendido.

Claro está que debemos tener en cuenta también las diversas etapas en la vida de un niño, y las crisis que pueden surgir en cada una de estas etapas, las cuales no dependen de su ambiente sino más bien de su desarrollo. Por ejemplo, debemos entender que un «berrinche» en un niño pequeño es parte de una crisis de su desarrollo, y que no es que el niño no quiera obedecer, o no escuche lo que le están diciendo. Hay una edad en la que el niño necesita probarse a sí mismo para ver si puede realizar algo que quiere. Esto, porque está descubriendo su propia autonomía, y le parece fascinante darse cuenta que puede hacer muchas cosas sin sus padres. Frecuentemente el «berrinche» surge como consecuencia de toparse con alguna «limitación», propia o impuesta, a su creciente autonomía.

Comentario de Esteban Obando: Es interesante cómo percibimos la educación de los niños. Tenemos en la mente la imagen de una revista, donde el padre y su niño ríen mientras corren en cámara lenta hacia la madre, que los espera con los brazos abiertos. No sé tú, ¡pero mi paternidad no se parece mucho a eso! Es, digamos… ligeramente más caótica. Sin embargo, me encuentro muchas veces tratando de parecerme al tipo perfecto de la fotografía, quien jamás se despeina mientras educa a sus hijos. El trabajo de criar a los hijos viene cargado de cosas hermosas, pero también de berrinches, pleitos, y hasta discusiones. Hay muchos días en los que no nos sentimos los mejores padres del mundo. Entender que estas cosas son normales, y que no nos hacen malos padres, es muy reconfortante. Proverbios 22.6 nos da un consejo con matices de mandamiento: «Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará». De más está recordarte que este pasaje está dirigido principalmente a los padres. Así que, abróchate el cinturón, y quítate la presión de ser un padre de revista. ¡Que tengamos estos episodios caóticos no nos quita el fabuloso privilegio de que podemos ser las mayores influencias positivas en las vidas de nuestros pequeños!

Ahora bien, es importante que podamos analizar algunas de las formas de convivencia que se dan en las familias, para poder comprender mejor determinaos comportamientos y guiar en la consejería a esos niños y niñas a la luz de la palabra de Dios.

LAS PRÁCTICAS DE CRIANZA

Muchas veces hemos escuchado la expresión «cada familia es un mundo», y, efectivamente, en cada hogar y cada familia las cosas son diferentes. Los consejeros siempre debemos tener presente que, si bien es cierto que podemos tener en consejería a dos niños con «el mismo problema», debemos abordar cada caso de manera diferente, porque cada niño viene de un mundo diferente.

Las prácticas de crianza difieren de unos padres a otros, y sus efectos en los hijos también son diferentes. Pero, sea como sea, lo cierto es que TODOS los padres (siendo conscientes de ello, o no) ponen en práctica algunas tácticas, llamadas estilos educativos, prácticas de crianza, o estrategias de socialización, con la finalidad de orientar y educar sus hijos para su integración social. Los «estilos de crianza», entonces, hacen referencia al conjunto de comportamientos de los padres con los que inculcan a sus hijos las normas y los valores culturales.

Comentario de Esteban Obando: «Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará». Lo repito porque quiero llamarte la atención ahora sobre el siguiente detalle: el consejo de Dios no tiene nada que ver con las normas que los padres hemos heredado de nuestros propios padres. Si te fijas en el texto bíblico, verás que la instrucción está orientada al «camino correcto». No dice «el camino de los Fernández» o «el camino de los Gonzales». Como padres maduros, debemos apuntar todo lo que hacemos a la verdad de Dios, no a las costumbres de nuestra familia de origen. Soy consciente de que esto requiere un esfuerzo gigantesco, porque todos arrastramos una inercia generacional muy pesada. Pero la educación de nuestros hijos debe empezar por esa conciencia de que no son las reglas de nuestra familia las que debemos transmitirles, sino las de Dios.

Cuando analizamos las dimensiones básicas del comportamiento de los padres y madres de los niños con los que estamos trabajando, hay dos factores muy importantes que debemos observar:

A. Las expresiones de afecto: debemos ponerle especial atención a la importancia que dan los padres al cariño y el afecto en su relación con sus hijos. Esto incluye los abrazos y los besos, pero también el tono emocional que dirige las interacciones entre padres e hijos. Hay madres que siempre les hablan a sus hijos en tono cansado, o a los gritos, y hay padres que jamás abrazan a sus hijos. Hay otros padres y madres que, en cambio, son más cariñosos, y que tratan a sus hijos con más paciencia y dulzura. Todo esto afecta a los niños de diversas maneras, para bien o para mal.

B. La comunicación: en este punto debemos tener claro que, como decía el autor Watzlawick: «no existe la no-comunicación, todo es comunicación». Los seres humanos estamos en constantes intercambios comunicativos. El punto es cómo lo hacemos. Presta especial atención a la familia para ver las formas que adoptan sus intercambios comunicativos. Hay padres y madres que mantienen una relación cálida y cercana con sus hijos, y que los motivan a expresar sus emociones y pensamientos. Sin embargo, también hay padres que llevan adelante su relación con sus hijos con mayor frialdad, o incluso, a veces, con cierto grado de hostilidad.

Extracto del libro Manual de Consejería Para el Trabajo Con Niños.

Por Esteban Obando y Autores Varios

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