Continuemos.

La influencia de los padres es probablemente más fuerte en aquellos países en los que la unidad familiar es una parte inte­gral de la vida. Uno de los proble­mas en los Estados Unidos es que los padres pueden dar a sus hijos muchas cosas materiales, pero no les dedican tiempo; así es que no hay comunicación entre padres e hijos. Si los padres no hablan con sus hijos, no serán capaces de transmitirles sus creencias, valores y moral. Lo importante es ser un padre “acce­sible” desde el primer día, de manera que los hijos se sientan a gusto al acercarse a los padres y hablar de cualquier cosa; y cuando se trata de sexo, no es tan importante lo que se diga, sino el hecho de que están dispuestos a discutir el tema. Así, durante la adolescencia, los hijos podrán hablar a sus padres sobre las presiones que enfrentan por parte de sus amigos y de los medios de comunicación para tener relaciones sexuales.

En el artículo “La Enfer­medad es la Adolescencia”, Douglas Foster muestra la dificultad de ha­blar con los adolescentes acerca del sexo: “Requiere la habilidad para intimar y para persuadir sin que­jarse o sermonear”. Lo importante es que los adolescentes requieren que sus preguntas sobre sexo sean respondidas, y que las presiones sexuales sean bien dirigidas. No significa que hablar de ello sea dar­les permiso. Los padres enseñan a sus hijos autodisciplina y autocon­trol desde la niñez temprana, y esas disciplinas pueden verse en acción en las tareas escolares y los deportes en los que participa el niño. Estos son los mismos principios de la abstinencia: autodisciplina y autocontrol.

Si los padres esperan que los hijos usen este modelo en la escuela y los deportes, ¿por qué no aplicarlo también a la vida sexual de sus adolescentes? Los padres necesitan comunicarle a sus hijos que “el sexo que no está ligado al amor y al compromiso socava el carácter al destruir el autocontrol, el respeto y la responsabilidad; en el proceso, la relación sexual pierde su significado y belleza, así como lo que la hace especial; en lugar de ser una expresión amorosa y única de intimidad de dos personas que se comprometen una hacia la otra, el sexo es trivializado y degradado”.

Algunas veces, sin embargo, los padres tienen dificultad al hablar con sus hijos sobre el sexo. Susan Pick y Patricia Palos mencionan algunos de los factores que blo­quean la comunicación, en el artí­culo “El Impacto de la Familia en la Vida de los Adolescentes”: “Entre los problemas más comunes en la comunicación padre-hijo con res­pecto al sexo se encuentran la ver­güenza, la falta de conocimiento, va­lores pobremente definidos, el mie­do a propiciar la actividad sexual y la incapacidad para iniciar y man­tener una conversación sobre el te­ma. Otros estudios han revelado el nivel de educación de los padres, así como la religiosidad tienen efectos sobre la comunicación”.

Cuando la comunicación padre-hijo se rom­pe o es inexistente, los valores y cre­encias de los padres no son tras­pasados a los hijos; de esta manera, los hijos obtienen la información referente al sexo de parte de sus amigos y de los medios de comu­nicación, en lugar de recibirla de una fuente más confiable y cono­cedora, como son sus padres.

El artículo “Quién Influye más en los Adolescentes” lo explica mejor: “Cuando una familia provee una mezcla saludable de intimidad e independencia, es más probable que los adultos jóvenes sean ‘vacuna­dos’ contra muchos de los proble­mas de sus amigos. Si un joven no tiene una familia fuerte, su grupo de amigos constituye un factor crítico de influencia”.

“El sexo que no está ligado al amor y al compromiso socava el carácter al destruir el autocontrol, el respeto y la responsabilidad; en el proceso, la relación sexual pierde su significado y belleza, así como lo que la hace especial”.

Por Brian Roles.

Tomado de Revista IPI. Año 8. Nº 39

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