He aprendido que la comunidad cristiana tiene que vol­ver a priorizar el tema de la sabiduría para vivir fielmente en una cultura diferente y discontinua. Estamos sumergidos en una socie­dad que valora la equidad sobre la justicia, que consume más de lo que crea, que prefiere la fama sobre la realización, el glamour sobre el carácter, la imagen sobre la santidad, y el entretenimiento más que el discernimiento. En este mundo necesitamos un plan para vivir de acuerdo a lo que estamos destinados a ser. ¿Cómo podemos vivir en el mundo que nos rodea, pero no de acuerdo a sus normas? En una cultura escéptica de todo tipo de autoridad terrenal, donde la información es muy barata y las instituciones y los líderes a me­nudo fallan, necesitamos la sabiduría dada por Dios.

La sabiduría es la capacidad espiritual, mental y emocional de relacionarse de forma adecuada con Dios, los demás y nuestra cul­tura. Nos hacemos sabios cuando buscamos a Cristo en las Escri­turas, en la labor que realiza el Espíritu Santo, en las prácticas y tradiciones de la iglesia, y en nuestro servicio a los demás. Como hemos llegado a conocer y adorar a Dios (lo cual de acuerdo con Proverbios 9:10 es el principio de la sabiduría), él nos hará sabios. Sin embargo, esto es a menudo un proceso muy doloroso.

A través de este proyecto de investigación he entrevistado a mu­chos adultos jóvenes que todavía no están dispuestos a someter sus vidas a Jesús ni a comprometerse plenamente con la iglesia. Como una joven nómada, Hanna, escribió: «No fue sino hasta cinco años después de salir de casa que al final encontré mi camino de regreso a Dios. Esos cinco años implicaron un cambio de vida devastador. Le dije a la iglesia que me habían perdido, que de alguna manera era su culpa. No obstante, en realidad, yo misma me perdí. Había per­dido el sentido de identidad en Cristo. Tuve que detenerme y darme cuenta de que esto importaba. Si ni siquiera podía encontrarme a mí misma, ¿cómo podrían los líderes de la iglesia hacer eso por mí? Podía culpar a los demás por los errores pasados, las decisiones que tomé, los amigos que hice; pero al final, todo se trataba de mí. Esto era entre Dios y yo».

Esta chica puede dar la impresión de estar perdida en su cami­no de fe, pero ella estaba en el camino hacia la sabiduría, hacia una relación correcta con Dios, los demás y el mundo. Todos podemos aprender de ella, incluso aquellos que hemos sido fieles. Cuando el Espíritu Santo nos habla al leer la parábola de Jesús del hijo pródigo, por ejemplo, nos podemos ver en el hermano más joven rebelde o el hermano mayor hipócrita.

Si te identificas con el hermano menor, pregúntale a Dios si es el momento de «volver en sí», como el hijo pródigo lo hizo (Lucas 15:17). Si eres un nómada o un hijo pródigo, te insto a bucear en tu corazón con la ayuda del Espíritu Santo. Tal vez sea hora de volver a casa. Si has experimentado el lado feo de la comunidad cristiana, espero que le pidas a Dios que te ayude a perdonar a aquellos que te han hecho daño, y que las heridas del pasado ya no te impidan volver a conectarte con los que están siguiendo con dificultad a Jesús. Estos cristianos, como yo, estamos haciendo todo lo posible por seguirlo (aunque a veces las cosas no nos salen bien).

Tal vez, después de un examen de conciencia, descubras que también te identificas con la experiencia del hermano mayor. He entrevistado a antiguos feligreses que se lamentan de la falta de res­peto de los adolescentes y veinteañeros en su congregación, pero nunca se han tomado la molestia de aprenderse los nombres de estos jóvenes. Al igual que el «hermano mayor» podemos encontrar consuelo en las normas y regulaciones de la religión, mientras que tenemos problemas con aquellos que son aceptados por el Padre, incluso cuando no siguen las reglas. Seamos honestos con nosotros mismos y librémonos de los resentimientos que nos han impedido celebrar con los hijos de Dios de la próxima generación. Si te iden­tificas con el hermano mayor, tu fidelidad es digna de elogio, pero solo en la medida en que no sea un obstáculo para la reconciliación. ¿Vas a dejar a un lado la ansiedad, el miedo, el control y la impa­ciencia, y entrarás con alegría a la fiesta que Dios ha preparado para darles la bienvenida a sus hijos perdidos?

En esta parábola tan icónica, Jesús nos ofrece una pequeña muestra del corazón del Padre. A través de su vida, ministerio, muerte y resurrección, Jesús abre la cortina del cielo que nos sepa­raba del padre y nos muestra el mismo rostro de Dios. A medida que sigamos a Cristo, enseñemos y estudiemos la Palabra de Dios, vivamos en el Espíritu y en medio de la comunidad de los santos, llegaremos a ser el tipo de discípulos que hacen discípulos. La sabiduría nos da poder para vivir fielmente en una cultura cambiante.

Extracto del libro Me Perdieron

Por David Kinnaman

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