Confinados tras los muros del country

Los mismos jóvenes pero en distinto lugar. Al hablar de territorialización y clase alta, tenemos que mencionar un fenómeno que se da desde hace unos años, fuertemente vinculado con la inseguridad que se vive en las grandes ciudades, y es el surgimiento de los countries o barrios privados como lugares de residencia permanente.

Históricamente, y hasta la década de los 80, toda familia de clase alta tenía su quinta, chacra, campo, o a lo menos, casa de fin de semana donde escaparse a respirar un poco de aire puro y descansar. Pero con las crecientes olas de violencia, los countries vigilados y amurallados se convirtieron en la liberación de ese fantasma. O, paradójicamente, en su propia condena.

En la Argentina, por ejemplo, actualmente hay más de setecientos barrios cerrados que alojan a trescientas mil personas de manera permanente. De ellas, unas ciento sesenta mil son jóvenes countristas.98 Y el mismo caso se repite en los barrios de clase alta de cada país de Latinoamérica. En su libro Mundo privado, Patricia Rojas entrevista a más de sesenta jóvenes y conversa con ellos sobre cómo es la vida de estos chicos que comen, van a la iglesia, juegan al polo y asisten a fiestas sin traspasar las paredes del barrio. Otros, incluso, hasta van a la escuela prácticamente sin salir de su casa.

En ese pequeño universo late la subcultura a la que los demás llaman chetos —ellos sonríen y asienten—, que intenta abrirse paso a una juventud fuera de la burbuja. Los adolescentes cuentan que van muy poco a la ciudad, casi nada. Algunos de sus padres lamentan la elección, ya que se dan cuenta que para entrar o salir un fin de semana los jóvenes dependen exclusivamente de que ellos los lleven o los traigan.

Precisamente una madre de hija adolescente lamenta:

Mirá, si no tuviéramos dos autos yo estaría atada. Y a mis dos hijas les pasa lo mismo: dependen muchísimo de mí. Ivana creció y vivió su infancia en un lugar abierto (…) Era un barrio típico. Ella era una nena y yo la llevaba y la traía, porque era chica. Justo cuando estaba por dar el salto hacia una independencia, donde se aflojan las rejas familiares, digamos, vinimos para acá. Y acá hay rejas geográficas. Ella vuelve a depender de mí, como cuando era una nena. Por eso este año nos lo propusimos y lo logró: pudo ir en colectivo hasta lo de sus abuelos (…). Aunque bueno, también aquí es posible que, como ayer, sean las diez y media de la noche y tengan ganas de ir a tomar un helado con el vecino de al lado y vayan.99

Pero eso no es todo. Por otra parte, una maestra cuenta algo de lo que significa la vida en esa escuela intramuros:

El año pasado, un chico de quince años me dijo que hacía tres meses que no salía del country. El modo de enseñar dentro de un country no es que sea distinto a enseñar afuera, sino que sufre algunas adaptaciones. A saber: el ritmo de trabajo de los chicos es muy lento y cansino. No se les puede pedir ningún tipo de material de un día para el otro porque tal vez no lo consiguen. Están bastante poco informados. En general, realizaron muy pocas salidas culturales. No conocen bibliotecas. A los chicos del country les cuesta respetar ciertas normas básicas en clase. Muchas veces les tengo que pedir que se pongan los zapatos, no coman o se sienten bien. No tienen ninguna cultura escolar. Hablan mucho entre ellos en clase y, cuando uno les llama la atención, no reconocen que están haciendo algo inapropiado. Confunden el colegio con una prolongación del country o del club.100

Ni qué hablar de lo que pasa en las fiestas que se llevan a cabo ahí nomás, a metros de sus casas. Los adolescentes countristas admiten que en esas megafiestas—a los que todos están invitados, y si no lo están entran igual porque se sienten “como en su propia casa”—corre mucho alcohol (de todo, cerveza, vodka, etc.), y que las chicas “dan la nota” emborrachándose y descontrolándose peor que los varones.

Extracto del libro Tribus Urbanas

Por María J. Hooft

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