Un oyente hábil aprende a usar preguntas para aclarar lo que fue dicho y la repetición para confirmar que ambas partes están teniendo la misma conversación. Como oyentes profundos, llevamos la responsabilidad de permanecer conectados hasta que lo que fue dicho y lo que se escuchó sea lo mismo. El autor Paul Swets ofrece un modelo útil que llama «ACE (Asistir, Clarificar y Evaluar » para mejorar nuestras habilidades para escuchar:

ASISTIR. Asistimos a las personas prestando atención con enfoque. Asistir implica la disciplina de escuchar con todo lo que somos para tomar y procesar lo que dicen, cómo lo dicen, lo que deciden no decir, y lo que encuentran doloroso decir.

CLARIFICAR. Nuestro desafío es oír lo que se está diciendo, ni más ni menos, y ninguna otra cosa que lo que se dice. Eso requiere aclarar declaraciones y preguntas del oyente. La frase clásica de consejería: “Lo que estoy escuchando que dices es…”, es justo un esfuerzo por entender bien. U oímos lo que se dijo o no; la única manera de estar seguros es preguntando.

EVALUAR. Este es el paso de acción. ¿Cómo debería responder a lo que escucho? Swets dice que tenemos varias opciones:

  • Pedir más información.
  • Permanecer silencioso.
  • Expresar nuestros sentimientos.
  • Declarar nuestras opiniones.

Cualquiera que escojamos, el punto es seguir escuchando hasta que hayamos entendido.

ESCUCHE CON LA AYUDA DE DIOS

Rich Van Pelt: Me crié como un presbiteriano fundamental, sospechando mucho de aquellos que decían escuchar la voz de Dios. Pero debo admitirlo, un examen cuidadoso de la Palabra de Dios, en armonía con algunas experiencias personales, me llevaron a revaluar mi posición. Mis labores como capellán en una institución a largo plazo para delincuentes juveniles incluían organizar y dirigir estudios bíblicos en pequeños grupos, en varias unidades. (Aún opino que los centros federales, estatales o privados para delincuentes juveniles ofrecen a los líderes juveniles oportunidades increíbles de hacer ministerio en uno de los campos misioneros más descuidados de nuestra nación, y con unos de los jóvenes con más necesidades). Una noche, conduje hacia la cárcel para informarle a los chicos que no tendríamos el estudio bíblico esa semana, porque estaría fuera de la ciudad. Cuando llegué a la unidad, el supervisor de turno me encontró en la puerta y me pidió que le acompañara a una reunión en la sala de personal. Bob explicó que Steve (que estaba asistiendo a mi estudio bíblico) fue encontrado como homicida y suicida, por lo que lo mantendrían en su habitación bajo observación hasta que la unidad psiquiátrica llegara para una evaluación clínica. Bob le dijo al personal que nadie más que él tuviera autorización para entrar a la habitación de Steve. Yo estaba devastado, porque estaba interesado en ver si había algo que pudiera hacer para consolarlo o para brindarle esperanza. Pero como miembro del personal, tenía que respetar los límites que Bob había establecido. Pasé algunos minutos con otros de los chicos de la unidad. Cuando llegó la hora de marcharme, le pedí a Bob que me dejara llegar a la puerta. Ahí fue cuando Dios me habló. Eso es lo mejor que puedo decir. Estoy seguro que no escuché una voz audible, pero no podría dudar que fue Dios el que me dirigió a ir al cuarto de Steve. La misma persona que, minutos antes, había sido tan clara en decir que nadie podía entrar al cuarto de Steve, estaba permitiéndome llegar a la puerta. Le dije: «Bob, creo que necesito ir al cuarto de Steve». «Nunca he sido capaz de detener a un hombre de Dios», respondió Bob. Bob abrió la puerta de Steve, me dejó entrar. Steve estaba viendo a través de su ventana y ni siquiera volteó a ver quién había entrado. No tenía idea de lo que debía hacer. Todo lo que podía pensar era en la advertencia de Bob de que Steve era suicida y homicida. Eso significaba que Steve no era el único en riesgo en ese momento. Vi una nota escrita a mano en la cama de Steve, lo cual asumí era una carta de su novia. La levanté con la esperanza de que me daría algo de información para romper el hielo. Lo que leí fue su carta de suicidio. Bueno, ahí estaba la introducción. «Así que, ¿cómo lo vas a hacer?», le pregunté. Él se volteó, me vio, y dijo: «Te voy a mostrar». El cruzó la habitación hacia su armario, buscó debajo hasta el fondo y sacó un cuchillo de carnicero que había tomado de la cocina principal. No sirvió de mucho el inventario de cuchillos de nuestro sistema de seguridad en la cocina. Todo lo que pude decir en ese momento, fue: «Steve, eso me rompe el corazón, porque te quiero». Él se lanzó hacia mí, dejando caer el cuchillo deliberadamente. Abrió sus brazos alrededor de mí, sollozando y esperando lo que parecía ser una eternidad. Cuando empezó a recobrar la compostura, me vio a los ojos, y dijo: «No puedo recordar la última vez que alguien me dijo que me amaba». Luego le conté cómo fue que iba de camino fuera de la cárcel cuando Dios me detuvo y redireccionó mis pasos, solo para que pudiera venir a su habitación y pudiera decirle no solo que lo amaba sino también que era amado por el Dios del universo. Al escuchar eso, empezó a sollozar de nuevo. Fue el inicio de una sanidad increíble en su vida.

Realmente estamos equipados con «todo lo que es bueno» por hacer la voluntad de Dios (Heb.13:20-21). El Dios que nos llama a «ir junto a» aquellos en algún dolor con el mismo «acompañamiento» que recibimos de Dios, nos equipará y trabajará en nosotros lo que le agrada. No somos llamamos porque seamos calificados, somos calificados cuando somos llamados.

Extracto del libro Cómo Ayudar a Jóvenes en Crisis.

Por Jim Hancock y Rich Van Pelt

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