El ministerio es el resultado de lo que Dios está haciendo en y a través de ti como consecuencia de una relación profunda y personal con él.

Tenía 22 años, me había graduado en la univer­sidad y acababa de servir con el grupo de la secundaria en mi iglesia por 2 meses. Era el pastor de jóvenes. Pensé que tenía todo calculado y bajo control. ¡Había estudiado ministerio juvenil, era parte de un grupo de jóvenes y aquí estaba, listo para entrar en el ministerio juvenil de tiempo com­pleto. .. entonces llegaron los jóvenes!

¡Inmediatamente me di cuenta que no estaba listo para esto ni para liderar y pastorear a esos chicos! ¡Me aterré!

Ahora tengo 42 años y he pasado 20 involucrado en el ministerio juvenil. Sobreviví a esa primera experien­cia de «pánico» y, en el transcurso de los años, he po­dido aprender qué es realmente importante. Cuando me lancé en mi carrera ministerial, me centré en la practicidad. Gasté el 99% de mi energía intentando ser un gran pastor de jóvenes. No obstante, lo que he apren­dido desde entonces es que era un muy mal pastor, pues ignoré otras áreas de mi vida. No estaba en equi­librio ni podía cuidar ni conducir a los jóvenes a lo mejor de mi capacidad. ¡Era malsano!

Ahora bien, quiero darle una ojeada a cuatro áreas de tu vida que no puedes ignorar. Áreas que he ignorado en distintas etapas de mi vida. Y bueno, mirando atrás, hu­biera querido que alguien me encaminara a buscar el equilibrio. Si hubiera aprendido esas lecciones a los vein­tidós años, habría impactado positivamente mi vida y mi trabajo ministerial de muchas maneras. Por eso, te des­afío a que te desenfoques de tu ministerio por un mo­mento y te hagas las siguientes preguntas:

  • ¿Mi relación con Dios es viva y consistente?
  • ¿Mis prioridades están en equilibrio con mi familia y mi trabajo ministerial?
  • ¿Estoy bien de salud física, es decir, de sueño, ejer­cicio, nutrición y tensión?
  • ¿Intento hacer demasiadas cosas?

Mientras respondes esto, recuerdo que hace años mi amigo y mentor Jim Burns me dijo: «Hay dos razones por las que los líderes de jóvenes de hoy no duran en el mi­nisterio. Primera, no tienen ninguna idea de qué hacer; y segunda, se agotan intentando hacer demasiado».

Para que las cosas cambien en tu ministerio, debes hacer lo siguiente:

PRIMERO: VIDA ESPIRITUAL

El ministerio es el resultado de lo que Dios está haciendo en y a través de ti como consecuencia de una relación profunda y personal con él. Muchas veces intentamos enseñar en medio de un vacío. Estamos tan ocupados que no de­dicamos tiempo para relacionarnos con el Señor. Nuestras vidas espirituales se secan e incluso llegamos al deses­pero. Funcionamos a través de lo mecánico; sabemos qué decir y hacer, pero no lo hacemos en el fluir del Espíritu de Dios. Con el paso del tiempo «sabemos» siempre qué hacer.

Recuerdo un día que conduciendo hacia la iglesia me di cuenta de que no tenía nada nuevo que pudieran aprender, pues había dado todas mis charlas preferidas y enseñado sobre todas mis historias favoritas. No tenía nada para darles. En mi desespero decidí escudriñar la Biblia. Y sí, solo allí tenemos abundancia de sabiduría para predicar. Por tal razón, sigue estos consejos:

  • Disciplínate buscando a diario el tiempo necesario para escuchar y hablar con Dios.
  • Escribe en tu libro de notas personales los pensa­mientos, preguntas y oraciones que puedas tener.
  • Busca un lugar privado donde puedas estar tran­quilo con Dios.
  • Busca ayuda si lo necesitas en Biblias de estudio, li­bros, talleres y otros recursos que puedan fortalecer tu vida espiritual.

SEGUNDO: RELACIONES

Alguien una vez dijo: «Es un pecado salvar al mundo y perder a tu propia familia». Ese pensamiento me asustó y me hizo dar cuenta de que equilibrar el minis­terio y las relaciones es una tarea difícil de cumplir. Ade­más me hizo entender que siempre alguien sale perdiendo. Por eso, cuando te das cuenta de que no puedes hacer feliz a todos, resulta que te estás «reventando». Ya no das más. En este sentido, cuida de la gente que está cerca de ti, no los ignores, pues son un regalo de Dios. Ahora bien, si deseas mejorar en ese aspecto, prac­tica lo siguiente:

  • Tómate un rato de descanso cada semana y un tiempo de vacaciones al año.
  • Divide tu día en tres: mañana, tarde y noche. Pro­ponte solamente trabajar en el ministerio en dos de estas tres partes cada día (cf. J. Burns).
  • Si tienes hijos, sé su pastor de jóvenes primero.
  • Trata a tu cónyuge como un regalo de Dios, no como tu sirviente. Invítale con cierta frecuencia a dis­frutar una cita romántica.

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