En términos terapéuticos, una crisis es un período de desequilibrio que abruma los mecanismos homeostáticos de una persona. Más sencillamente, una crisis hace que una persona pierda el equilibrio emocional, espiritual, cognitivo y quizás también físico.

Gary Collins decía que una crisis era «cualquier situación o serie de circunstancias que amenazan el bienestar de una persona e interfiere con su rutina del diario vivir». En otras palabras, una crisis es una experiencia definida por uno mismo. Piénsalo por un momento, verás que no puede ser de otra forma. Al igual que cualquier otra experiencia dolorosa, una crisis es aguantada por la persona misma. Una mujer califica los dolores de parto con un 10, pero otra mujer con un 6. ¿Cuál es la correcta? Bueno, para la primera se compara con los momentos más dolorosos de su vida, por lo cual es un 10. La segunda mujer con un dolor mucho menos intenso de acuerdo a sus experiencias. Ambas tienen la razón, porque todos experimentamos el dolor de forma individual; no hay una escala absoluta u objetiva para medirlo. Es por eso que las crisis son tan difíciles de predecir. Puede llegar a la vida de una persona por cualquier cosa; donde cualquier cosa significa: «Cualquier situación o serie de circunstancias que amenazan el bienestar de una persona…». Dicho eso, las circunstancias que una vez abrumaron a una persona, pueden ser tolerables en un futuro porque la persona ha cambiado.

Nadie vota con respecto a las crisis de otras personas. Causamos un gran daño si ignoramos una crisis, porque no se elevaría al mismo nivel para nosotros. Los amores adolescentes vienen a nuestras mentes. Piensa lo que quieras, pero el amor de esa etapa es muy real para el joven. Los adultos que no toman en serio esas experiencias no solo no tienen cortesía, también están poniendo en peligro el bienestar de alguien al que aman por tomar su pena muy a la ligera. Por supuesto, tampoco no hay razón para prestar penas ajenas. No es nuestra responsabilidad predecir, negar, definir ni validar las crisis de las demás personas. Es nuestra responsabilidad ponerles atención y ayudar a las personas que están, por definición propia, en una crisis.

Si esto trae a nuestras mentes alguna persona cuya vida esté definida por atravesar una crisis tras otra, al punto que dudas sobre su noción de lo que es en realidad una crisis, es bastante justo. Esta es, parcialmente, una razón por la que escribimos este libro: ayudar a los líderes juveniles a discernir lo que en realidad está en juego en las vidas de los jóvenes, y que actúen apropiadamente para ayudarlos a sobrevivir y a crecer con fuerza como adultos.

No es que sea fácil. Cuántos líderes juveniles no perdieron la paciencia (o la valentía) y se preguntaron: ¿por qué me metí en este lío? ¿En qué estaba pensando? Si tú ayudas a una persona que está en crisis, hay una buena posibilidad de que experimentes una amplia gama de emociones. Con suerte, no las tendrás todas al mismo tiempo:

  • Compasión. ¡Esto es terrible! ¿Qué puedo hacer para ayudar?
  • Temor. Si no me involucro, esta persona puede morir. Pero no tengo ningún entrenamiento; ¿qué pasa si causo más daño que beneficios?
  • Resentimiento. ¿Acaso cree que es el único que pasó por esto? ¿Acaso no puede ver lo peor que se puede volver esto?
  • Impaciencia. ¿Cuánto tiempo más tendremos que arrastrar esto? ¿Por qué es que ella no hace nada por cambiar su situación? ¡Es una simple decisión! ¿Cuándo la va a tomar?
  • Atrapado. ¿En que me metí? ¿Acaso esta persona va a depender de mí por el resto de su vida?
  • Culpa. Soy tan falso. Si en realidad me importa esta persona, ¿por qué tengo tanto resentimiento?
  • Ira. ¿Cuándo va a dejar de comportarse como bebé y va a solucionar esto? ¿Cuánto tiempo cree ella que va a pasar aprovechándose de mí? ¿A quién cree que está engañando?

No tiene sentido el negar estos sentimientos. Mejor sé honesto contigo mismo y compártelos confidencialmente con alguien que te apoye. Algunas emociones dicen más sobre nuestra inexperiencia en la psicodinámica de las crisis que nuestra capacidad emocional para aguantarlas. Escucharnos a nosotros admitir esto puede ser un chequeo de la realidad que nos dirá si podemos impulsarnos hacia y seguir adelante, o si debiéramos referir la crisis a alguien que esté en mejor forma para ayudar en ese momento.

Si una respuesta emocional débil, por parte de alguien, que está ayudando durante una crisis no necesariamente indica una condición permanente, se puede decir lo mismo de alguien al que esté tratando de ayudar. Una crisis les causa cosas raras a las personas, haciéndoles pensar, sentir y comportarse en formas que son fuera del carácter del que en realidad son. Todos los que pasamos alguna vez por una crisis, sabemos esto. El resto aprenderá pronto.

Encontrarás tres tipos de crisis mientras trabajas con adolescentes:

  • Agudas. Son puntiagudas, dolorosas e inmediatas.
  • Crónicas. Son duraderas, recurrentes y persistentes.
  • De adaptación. Son temporales, transitorias y de acuerdo a una situación.

Una crisis aguda es urgente y suficientemente severa como para necesitar de intervención inmediata. Presenta la posibilidad de peligros físicos o emocionales serios. Incluyen episodios suicidas, sobredosis de drogas, crisis de embarazos, agresiones físicas y sexuales y la pérdida de un ser querido o un amigo.

Una crisis crónica surge de un dolor en curso, persistente y acumulado. Emergen como patrones de comportamiento que demandan de una atención y un cuidado: condiciones a largo plazo, físicas, emocionales y abuso sexual; negligencia paternal; y el peligro que corren los niños a menudo ceden a conductas que a su vez pueden convertirse en crónicas: obsesión o compulsión sexual, abuso de alcohol y otras drogas, desórdenes alimenticios, peleas y cortaduras son crisis crónicas con consecuencias peligrosas, si se dejan si atender.

Algunas crisis crónicas aparecen con una raíz bioquímica, por ejemplo, el Desorden de Hiperactividad y Déficit de Atención (DHDA) y la depresión clínica. Estos son diagnósticos médicos y no una corazonada de un líder juvenil. Es muy improbable que un líder juvenil sea el primero en evidenciar un DHDA (usualmente es un padre de familia o un maestro de escuela que pasa horas con el niño durante el día, todos los días). Pero no es inusual que un líder juvenil detecte brotes tempranos de una depresión clínica (a diferencia de solamente sentirse deprimido).

Finalmente, algunas crisis son de adaptación que simplemente reflejan la dificultad que hay para ajustarse a las demandas del crecimiento o el ajustarse a cambios rápidos. Incluyen mentir, violar la confianza, crisis de comunicación, desafío a estándares y valores razonables y comportamiento impulsivo. Además, tienden a ser no letales, pero pueden causar mucho estrés en las relaciones hasta el punto de romperlas, y puede generar alianzas no saludables con otros jóvenes que están exteriorizando sus crisis.

Extracto del libro Cómo Ayudar a Jóvenes en Crisis.

Por Jim Hancock y Rich Van Pelt

Lee la continuación de este tema AQUÍ.

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