Estas historias pueden hacerte sentir enojado o al menos incómo­do, pues algunos exiliados están muy alejados del campamento, si con «campamento» queremos dar a entender «lo aceptable para el cristianismo establecido». No es mi intención defender sus puntos de vista o actividades, las cuales no puedo, con una buena concien­cia, aprobar. En cambio, por medio de sus historias espero enfocar nuestra atención en el gran fenómeno del exilio que representan estos adultos jóvenes.

A menudo escuchamos a los exiliados de las siguientes gene­raciones pronunciar palabras como «incertidumbre», «improvisa­ción» y «adaptación». A oídos de las generaciones cristianas esta­blecidas, estas palabras podrían sonar mucho como «relativismo». El sociólogo Robert Wuthnow le llama a la generación de los mo­saicos «aficionados espirituales». Sin embargo, cuando conectamos los puntos entre nuestra moderna «Babilonia» y lo que experimen­taron los exiliados de antaño, creo que veremos emerger la imagen de unos jóvenes con fe haciendo lo mejor para seguir a Cristo en un contexto cultural que está patas arriba… y aun enseñarle a la iglesia cómo ser la comunidad de Dios en un nuevo mundo.

Démosle un rápido vistazo al contexto social y espiritual que enfrenta Daniel, uno de los exiliados más famosos de la historia, en Babilonia. Él enfrentó el reto de vivir en tensión en una discontinuación cultural, así como nosotros lo estamos experimentando ahora. En esta historia, encontramos los temas familiares del acce­so, la alienación y la autoridad.

ACCESO

Cuando Daniel fue forzosamente llevado a Babilonia, su mundo creció. Judá, su país, era un pequeño barrio comparado con el rei­no cosmopolita de Babilonia… y Daniel se vio llevado casi direc­tamente hasta la sede del poder político, cultural y académico. La Escritura nos dice que fue educado en el lenguaje y la literatura d< los babilónicos. Él experimentó el acceso inmediato (relativamente hablando) a las ideas y puntos de vista mundiales del imperio, el cual se extendía desde la frontera con Egipto en el oeste hasta Persia en el este. Lidiar con esta influencia masiva de nueva información debe haber sido abrumador.

ALIENACIÓN

Al minuto de haber llegado a Babilonia, la educación de Daniel en una forma particular de vida y su fe debían ser reevaluadas a luz de su nueva realidad. Él tuvo que tomar decisiones en cuanto a su fe y su propósito, qué mantener y qué negociar, y tenía que hacerlo bastante rápido. Lo que debieron haber sido posiciones por defecto, en este nuevo contexto, resultaban extrañas. El exilio causa disociación, lo cual es otra manera de decir que, en una nueva realidad cultural, las relaciones significativas, las co­nexiones sociales y otras formas de identidad son eliminadas. Da­niel tuvo que encontrar otro modo de mantenerse fiel porque las maneras, tradiciones y fidelidades con las que creció, en Babilonia eran extrañas y a menudo irrelevantes.

AUTORIDAD

Daniel tuvo que hacer malabarismos para sujetarse a la autoridad terrenal que estaba en contra de Dios, mientras que al mismo tiem­po confiaba en el Señor a fin de que lo sostuviera. Leyendo la his­toria de Daniel siglos más tarde desde una posición segura, cruzar esa línea se ve casi fácil; cuando Daniel elige orar, sabiendo que se está arriesgando de ir a la guarida del león, su confianza en la gracia de Dios nunca estuvo en duda (Daniel 6). Sin embargo, debe­mos acordarnos de que su valentía durante este episodio tuvo lugar después de décadas de vivir en Babilonia, durante las cuales había aprendido día a día cómo servir al rey terrenal mientras confiaba en la autoridad del Rey eterno.

He aquí el punto: los primeros años del exilio de Daniel en Babilonia no fueron tan rutinarios. En Daniel 1 vemos a un joven creyente no tan dispuesto a dibujar una línea firme en el terreno entre lo que haría y no haría bajo la autoridad de Babilonia. Resulta evidente desde temprano su intención de mantenerse como sier­vo fiel del Señor, pero adivinar cómo lo haría en el exilio y bajo la autoridad de Nabucodonosor, no ocurrió de la noche a la mañana. Como jóvenes nobles judíos, Daniel y sus amigos fueron llevados de Judá para servir en la corte real del rey Nabucodonosor. Los jó­venes fueron forzados a adoptar las costumbres babilónicas, inclu­so a recibir nuevos nombres como parte del proceso de adoctrina miento. Daniel fue llamado Beltsasar, mientras sus amigos Ananías Misael y Azarías aun hoy son más conocidos como Sadrac, Mesac y Abednego. Esto no era un pequeño sacrificio, porque los nuevos nombres se derivaban de deidades paganas como Bel, uno de los dioses babilónicos. Imagina ser devoto a Jehová, el Dios verdadero, y tener que soportar que a la fuerza cambien tu nombre por el de un «adorador de Bel». ¡Y encima de esto, al menos algunos histo­riadores bíblicos han sugerido que los jóvenes exiliados israelitas pudieron haber sido forzados a convertirse en eunucos!

Extracto del libro Me Perdieron

Por David Kinnaman

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