APLICACIÓN

En Mateo 5.19 se nos cuenta lo que Jesús pensaba acerca de la aplicación de la Palabra. Por lo tanto, lo importante no es enseñar los mandamientos de Jesús, sino enseñarlos y que nuestros alumnos puedan ponerlos en práctica. La aplicación es la finalidad última de toda predicación de la palabra de Dios. No tiene sentido la fe sin las obras, porque la fe y las obras están íntimamente relacionadas.

Por esto, debemos ayudar a nuestros estudiantes y desafiarlos a aplicar lo aprendido a sus vidas cotidianas. En este sentido, es recomendable que en la siguiente sesión con ellos podamos tener algún sistema de rendición de cuentas o de evaluación de cómo les fue en la aplicación. Recién entonces podremos evaluar si realmente el aprendizaje se llevó a cabo exitosamente.

El punto esencial que debemos entender respecto a la aplicación con nuestros niños y niñas es que sus sistemas de inferencias no están completamente desarrollados aún. Aunque para nosotros la aplicación de un pasaje bíblico pueda parecer muy clara, tal vez para ellos no lo sea tanto. Su pensamiento abstracto todavía no ha terminado de desarrollarse, así que puede resultar difícil para nosotros como maestros saber si están entendiendo los conceptos abstractos claramente.

Si les leemos el pasaje que relata que el Espíritu Santo se posó sobre Jesús en forma de paloma, puede que ellos entiendan que el Espíritu Santo ES una paloma. Si decimos que Jesús tiene el poder de calmar las tormentas, y nosotros nos referimos a las tormentas como una representación de los problemas de la vida, no todos podrán entender esa metáfora. Se quedarán, entonces, solo con la imagen de Jesús apaciguando la lluvia.

Cuando escribí el libro «Toda la Biblia en un año para niños», uno de los libros de la Biblia para el que más me costó encontrar una aplicación entendible para los niños/adolescentes fue el libro de Abdías. Con apenas un capítulo, este es el libro más pequeño del Antiguo Testamento, y narra el enojo de Dios contra Edom como consecuencia del maltrato de Esaú con su hermano Jacob. ¿Cómo iba a hacer yo para «bajar» ese libro al nivel de la comprensión de ellos y encontrarle una aplicación que fuera relevante para sus vidas?

Debemos pensar siempre en una aplicación como una acción a realizar con lo que se ha aprendido. Como un desafío, o un reto a vencer. Como un proyecto a construir, o un problema a resolver.

Finalmente, se me ocurrió una idea de aplicación para este libro al releer el versículo 12 del libro de Abdías: «No debiste reírte de tu hermano en su mal día, en el día de su desgracia. No debiste alegrarte a costa del pueblo de Judá en el día de su ruina. No debiste proferir arrogancia en el día de su angustia».

En este sentido, una acción que podríamos proponerles a nuestros alumnos es la de escribir en una hoja el nombre de alguien del cual ellos se hayan burlado por que le pasó algo malo. Luego de tener escrito el nombre, podrían ponerse de pie y hacer una oración a Dios pidiendo perdón «por haberse reído de su hermano en su mal día».

He visto muchas buenas ideas de proyectos de aplicación a partir de las lecciones que se enseñan a los alumnos. Por ejemplo, la última Navidad, un grupo de chicos de nuestra iglesia organizó un proyecto en el que recolectaron juguetes en buen estado para regalarles a niños que no podían tener uno. Los juguetes los envolvieron en cajas de zapatos, las cuales ellos mismos decoraron, y dentro de cada caja pusieron también una tarjeta de Navidad para el niño o niña que iba a recibir el regalo.

Algunas observaciones que surgen al analizar más detenidamente cómo funciona este ciclo son:

  • ¿Qué pasa si quitamos la teoría del ciclo? El problema sería que pasaríamos de las preguntas a la experimentación, corriendo el riesgo de aprender mal, y de incorporar ese aprendizaje erróneo a nuestro sistema de acción.
  • ¿Qué tan desafiante debe ser la experimentación? Lo suficiente como para provocar preguntas que nos hagan cuestionar el tema, y que nos preparen para querer recibir la teoría, pero no tan desafiante como para frustrarnos y empujarnos a abandonar el proceso de aprendizaje.
  • ¿Con una vez que completemos este ciclo ya se quedará fijado el aprendizaje? A mí me gusta pensar en el «ciclo de aprendizaje» más como una espiral de aprendizaje, en donde el ciclo se recorrerá la cantidad de veces que sea necesario hasta que el nuevo concepto quede totalmente interiorizado en la persona.

Por supuesto, este «ciclo de aprendizaje» no necesariamente representa cómo sucede el aprendizaje siempre, pero sí resulta un modelo útil al planificar nuestra enseñanza.

Al fin y al cabo, lo que todos los maestros y consejeros anhelamos es que pueda notarse un cambio positivo en las vidas de nuestros niños. En este sentido es que puede resultar útil diseñar nuestras actividades teniendo en cuenta el «ciclo del aprendizaje». Enfoquémonos en que el aprendizaje realmente suceda en nuestros niños, ¡y que Dios nos permita ser testigos de maravillosos cambios en sus vidas!

Extracto del libro Manual de Consejería Para el Trabajo Con Niños.

Por Willy Gómez

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