“¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”. (Salmo 119:9).

Cada vez que oigo a un pequeño grupo de estudio bíblico hacer referencia a sí mismo como a una reunión santa, me da vergüenza ajena. Eso proviene de descubrir que algunos esfuerzos por estudiar la Biblia (que incrementan el conocimiento, pero producen muy pocos cambios en la conducta) consideran que todo tiene que ver con una reunión, y no se dan cuenta del largo partido que tienen por jugar.

El hecho es que los creyentes necesitan reuniones santas. En el ámbito deportivo, la reunión de los jugadores durante un tiempo muerto es un centro estratégico. En la forma en que yo lo veo, muchos dentro del cuerpo de Cristo participan de la ofensiva sin estar en las reuniones. Sin embargo, son aquellos que participan de la reunión y nunca salen de allí (y nunca utilizan el conocimiento para comprometerse con aquellos a los que enfrentan) los que les dan a las reuniones santas un mal nombre.

ENTENDER EL PUNTO

Si nosotros estudiamos la Biblia, pero no la aplicamos, yo no diría que hemos estado perdiendo el tiempo, pero sí que hemos perdido la visión. La misión que Dios tiene en mente es redimir a un mundo perdido. Él nos alcanza a cada uno en su tiempo, y nos conforma a la imagen de su Hijo. Esa transformación sucede cuando ajustamos nuestros pensamientos, creencias y comportamientos a lo que Dios nos ha enseñado. Hacerlo bien permite que el mundo no creyente que está alrededor de nosotros vea lo que está sucediendo en nuestras vidas y se sienta atraído por las cosas de Dios. En otras palabras, que ellos quieran lo que nosotros tenemos.

En Deuteronomio 4, Moisés les dijo a las personas que la obediencia a los decretos de Dios causaría que las naciones vecinas fueran impactadas por la sabiduría de Israel y fuesen guiadas a su Dios sin necesidad de un evento evangelístico ni de servicio al necesitado. «Sin duda, ¡qué Dios tan grandioso tienen estas personas!», dirían sus vecinos paganos, «un Dios que debe ser muy real y cercano a ellos».

En Juan 13 Jesús señaló ante sus discípulos que, si ellos obedecían su mandamiento de amarse unos a otros, todas las personas tendrían la prueba de que eran verdaderos discípulos. En su oración de unidad en Juan 17, Jesús prometió que nuestra unión con él guiará al mundo a conocer que el Padre envió a su Hijo.

En Tito 2, Pablo les dio instrucciones a aquellos que trabajaban bajo jefes terrenales, implorándoles que obedecieran la Palabra. Él señaló que, al hacerlo, las enseñanzas del Señor atraerían a otros (Tito 2:10). En otras palabras, nuestra obediencia y aplicación de la Palabra tiene un impacto directo en la manera en que los no creyentes ven a nuestro Dios y sus enseñanzas. La buena aplicación hace sus enseñanzas deseables y no un conjunto de reglas que cuelgan de nuestros cuellos.

En cada uno de estos ejemplos, son los hijos de Dios los que obedecen la Palabra, los que les permiten a los no creyentes tener una visión favorable de Dios y una consideración auténtica de lo que Dios ofrece. Si una buena aplicación hace que las enseñanzas de Dios les resulten atractivas a los no cristianos, entonces lo inverso es también verdad: una mala aplicación (o el no aplicarlas del todo) puede hacer que las enseñanzas de la Palabra de Dios se vuelvan poco atractivas.

En este punto observamos que el caso en el cuerpo de Cristo no es tanto un problema de analfabetismo bíblico como de obediencia. Y de hecho, puede tratarse de las dos cosas. Piensa por un momento en cómo sería el mundo si los creyentes instantáneamente decidieran ser responsables y obedecieran la Palabra que ya conocen, aunque fuera una pequeña pizca de verdad. Solo un pequeño cambio puede transformar al mundo. Ahora considera qué sucedería si esa pizca de verdad creciera hasta abarcar todo lo que está entre tapa y tapa de El Libro. El cambio en el mundo sería exponencial.

GANANCIA ESPIRITUAL

Uno de los recuerdos más preciados que tengo de mi niñez es que antes de dormir la mayoría de las noches pasaba frente al dormitorio de mis padres, y por la puerta todavía entreabierta los podía ver hincados, a mi madre junto la cama y a mi padre ante su silla, orando. Eso duraba mucho tiempo, especialmente si uno lo medía en minutos-niño.

Mis padres me dieron un gran ejemplo del poder de la oración, pero su efecto en mi vida fue mucho más grande que eso. Su obediencia continua me enseñó que el Evangelio es real. Eso me motivó, siendo un adolescente afecto al sueño, a salir de la cama los domingos a la mañana. Eso me motivó como adolescente a vivir una vida de abstinencia sexual a pesar de las hormonas masculinas en desarrollo. Su obediencia a la Palabra de Dios tuvo un efecto extraordinariamente espiritual en toda mi percepción del evangelio.

Esto no debería ser una sorpresa para nosotros. Dios nos lo ha dicho, pero de alguna manera nos sorprende que las acciones obedientes hablen más fuerte que las palabras. Los jóvenes en nuestros ministerios observan a los adultos que los rodean (me refiero a ti), para descubrir si el evangelio es real. Ellos evalúan la realidad para ver si lo que decimos que creemos está transformando nuestra conducta. Si a ti y a mí no nos descubren a menudo viviendo la Palabra que profesamos, habremos removido una piedra crítica y fundamental en la frágil pared que existe entre nuestros jóvenes y sus tentaciones.

Extracto del libro Cómo Enseñar la Biblia Con Creatividad

Por Barry Shafer

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