Rich Van Pelt: Una vez escuché a un líder juvenil veterano decir: «¡Me fascinan las crisis!». Y me hizo cuestionar si tal vez le serviría un poco de consejería o tal vez, por lo menos, un tiempo de compensación, porque claramente este hombre perdió su perspectiva.

Todos somos personas ocupadas. Todos hacemos malabares con el trabajo, la familia y el ministerio tratando de servir a varios amos, tratando de descifrar quién se decepcionaría menos cuando no nos damos abasto para cubrirlo todo. Simplemente, no hay un buen tiempo para recibir una crisis. Definitivamente, no podríamos hacerle tiempo para esta semana ni para la próxima. Mejor vuelve a intentar a principios del mes que viene; vamos a ver qué se puede hacer. Seguro, como si eso funcionara.

No tengo nada contra el equilibrio, pero parece completamente posible que una preocupación con el buen manejo del tiempo y los límites bien establecidos en el ministerio podrían evitar que estemos allí, cuando las personas estén en una crisis. Y si no estamos allí, no podremos ayudar. Así que si estamos convencidos que Dios nos está llamando para ser de ayuda… probablemente este sea un buen punto de partida. Si sirve de algo, estamos bastante seguros de que el buen samaritano aguanto más que un leve inconveniente. Esto es parte por la cual se convirtió en el buen samaritano.

Siendo justos, algunos de nosotros evitamos situaciones de crisis, porque tenemos miedo de no estar bien entrenados ni tener la experiencia suficiente para ayudar efectivamente. Somos solamente líderes juveniles, ¿verdad? Seguro, muchos de nosotros tenemos un diploma como ministros juveniles, algunos quizá hasta vengan de un seminario (y no hay nada como un diploma especializado que dé la impresión de que sabemos lo que estamos haciendo). Pero eso no se traduce a nada más que sentirnos mal equipados para responder a las necesidades reales de personas reales, durante sus crisis, hasta que ya lo hayamos hecho un par de veces.

Bueno, por supuesto. Porque saberlo no es hacerlo, ¿verdad? Y hacerlo es la única manera para obtener la experiencia que se necesita para lograr que un líder juvenil sienta que puede llegar a hacer algo bueno. Y después está eso del llamado de Dios y la capacidad de Dios que nos hace pasar de un consejero marginalmente calificado a una herramienta genuina. Como Madeline L’Engle dijo: «En un sentido muy real, ninguno de nosotros está calificado, pero parece que Dios continuamente escoge a los más descalificados para hacer su obra, para llevar su gloria. Si fuéramos calificados, tendríamos la tendencia a pensar que hicimos el trabajo nosotros mismos. Pero si somos forzados a reconocer y aceptar nuestra falta de calificación, entonces no corremos el peligro de confundir la obra ni la gloria de Dios con la nuestra».

A un amigo nuestro le fue dada la tarea hace poco de ayudar a su iglesia y a la comunidad de la escuela secundaria a responder por la terrible perdida de tres estudiantes que murieron en un accidente automovilístico. ¿Cómo te preparas para eso? Si Dios no se muestra en medio de ese dolor, el certificado que cuelgue de tu pared no tendrá mucha importancia en ese momento. Puede ser desalentador. Especialmente si un líder juvenil tiene sus propios problemas sin resolver, ¿y quién no los tiene?

Muerte, enfermedad, depresión, abuso de sustancias e identidad sexual son zonas prohibidas para muchas personas, especialmente la zona de identidad sexual. Muchos líderes juveniles se resisten ante la idea de ayudar a un joven que está atravesando algún problema de identidad sexual. En más de mil formas se ve con claridad que no están disponibles para ese trabajo en particular. Lástima. Se pasan a otro lado, dejando a la gente que muera sola, porque no resolvieron por completo sus problemas sexuales. En sus cabezas, los líderes juveniles saben que las personas que luchan con identidad sexual están sujetas a la gracia de Dios tanto como cualquier otra persona, pero no se trata de lo que está adentro de la cabeza de un líder juvenil. ¿O acaso lo es? Bajo unas reglas de juego tan estrictas, ¿cómo van a responder cuando un joven resulte positivo en una prueba de VIH (independientemente de si lo contrajo sexualmente o por alguna otra vía)? ¿Puede el cuidado pastoral ser neutralizado tan fácilmente por la inmadurez y el miedo a la vulnerabilidad? Claro que puede.

Seguir a Cristo mientras entra al mundo del joven y del vulnerable a veces también nos hace vulnerables a nosotros. El autor Doug Stevens logra señalarlo muy bien al decir: «El ministerio juvenil no puede ser a larga distancia. Tenemos que entrar al mundo del adolescente, así como Cristo entró al nuestro. Estamos siendo enviados a su “territorio”. Debemos estar accesibles a ellos al posicionarnos intencionalmente en medio de su subcultura. De la misma manera como Jesús se mudó lo suficientemente cerca de las personas como para poder tocar y ser tocado, así también somos llamados a ministrar a los jóvenes de cerca. Es sobrio pensar que la persona que está lo suficientemente cerca como para ser tocado también está lo suficientemente cerca para ser vulnerable, ser lastimado, ser abusado o incluso ser crucificado»

El trabajo con los jóvenes en general, y en particular el cuidado durante una crisis, nos lleva a lugares a los que nunca imaginamos llegar, solo para ayudar a una persona, para ayudarlos con un problema del que preferiríamos no saber nada al respecto.

Todos están de acuerdo que una crisis evoca imágenes físicas, espirituales, emocionales y daño relacional Pocos, si no es que ninguno, asocia de manera inmediata una crisis con una oportunidad. Pero podrían. Todavía no he tenido la oportunidad de enseñar en China, pero aprendí que los caracteres simplificados para la palabra crisis son la combinación de los caracteres que significan «peligro» y «oportunidad». ¿Acaso los chinos pueden ver algo que el resto del mundo necesita aprender? ¿Acaso el peligro y la oportunidad vienen envueltos juntos en forma de crisis?

Con respecto a esto, considera 2 Corintios 1:3-7. El prolífico Earl Palmer dice que la palabra griega que normalmente traducen como «consuelo» es traducida mejor como «ir al lado». En otras palabras, la práctica ministerial, y el cuidado de las crisis, ejercida por Dios mismo es «ir al lado». Aquí están otra vez los versos 3 y 4 en la traducción de Palmer: «Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo “ir al lado”, quien “viene al lado” en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo “ir al lado” que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos “ir al lado” a todos los que sufren».

Si podemos aplicar el cargo de Pablo con Corintios a nuestras situaciones, estamos viendo una instrucción bastante clara de «ir al lado» de las personas que están en problemas. ¡Es allí donde se encuentra la oportunidad! En canalizar el «ir al lado» de Cristo a través de nuestro «ir al lado». Pablo vio la oportunidad inherente en la crisis. De alguna forma, en un milagro de presencia, Dios se muestra cuando nosotros aparecemos con lo que aprendimos en otras ocasiones en las que Dios se apareció por nosotros (¡aja!). Y donde Dios aparece, nuevas esperanzas y nueva vida se levantan de las cenizas.

Tras décadas de caminar con jóvenes y familias a través de los terrenos más difíciles de la vida, creemos que una intervención en una crisis es mucho más que una simple interrupción en nuestras agendas ocupadas. Una crisis viene impregnada de peligro, pero se infunde con una oportunidad de crecimiento. Así que, en realidad, al igual que los líderes juveniles que aman las crisis (o que por lo menos les dan la bienvenida), cuya estabilidad fue cuestionada unos párrafos más arriba, tratamos de abrazar las crisis como un medio por el cual opera la gracia de Dios en este planeta que está quebrantado. Por favor, no nos malinterpretes. No es que nos deleitemos de una forma mórbida al ver a las personas sufrir. Al contrario, Pablo nos recuerda que, en realidad, para poder ir al lado de los que sufren, necesitamos una voluntad de sufrir con ellos. Podemos ir al lado de las personas que se duelen solo porque Jesús llega al lado nuestro mientras nos dolemos. Nosotros estamos haciendo por otros lo que nos gustaría que ellos hicieran por nosotros, si la situación lo ameritara. Solamente estamos dando de lo que recibimos de Dios mientras él llega a nuestro lado.

Extracto del libro Cómo Ayudar a Jóvenes en Crisis.

Por Jim Hancock y Rich Van Pelt

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