Si los padres te llaman para hablar acerca de problemas de abuso y adicción de sustancias, reúnete con ellos lo antes posible, a menos que la situación sugiera una crisis aguda —por ejemplo, sobredosis o gestos suicidas—, en cuyo caso será mejor que despejes tu agenda y refieras inmediatamente. Es probablemente mejor si el adolescente no está presente en esta primera reunión (si fue por iniciativa de un padre).

Comienza por afirmar a los padres por haber buscado ayuda (aun si su temor resulta no tener fundamento). Haz preguntas francas que les permitan despejar sus preocupaciones mientras te dan un sentido del progreso de la conducta de su hijo. Déjales saber que los ayudarás a desarrollar un plan de acción una vez que tengas claro el panorama del problema. Algunos padres te compartirán el problema completo —tal como lo ven— como un torrente de información de principio a fin. Otros necesitan que les saques la información en forma de preguntas de seguimiento y retroalimentación frecuente. Aquí hay algunas preguntas para que la conversación fluya mejor:

  • ¿Cuándo comenzaron a creer que podría haber un problema?
  • ¿Cómo respondieron a esto cuando se dieron cuenta?
  • Cuéntenme acerca de las conversaciones que tienen con ella acerca de esto.
  • ¿Admite ella tener un problema?
  • ¿Qué consecuencias naturales experimenta ella debido a su conducta? (Pérdida y daños a la propiedad y resacas son consecuencias naturales).
  • ¿Cómo manejó ella esto?
  • ¿Qué consecuencias lógicas reforzaron? (Restricción de conducir u horarios de llegada a casa son consecuencias lógicas)
  • ¿Cómo respondió ella?
  • ¿Qué indicadores tienen de que el problema es peor de lo que era hace treinta días?
  • ¿Qué les dicen sus instintos?
  • ¿Qué hace que confíen o no en sus instintos en este caso?
  • ¿Qué les gustaría ver que sucediera?
  • ¿Creen que tienen los recursos para llegar allí?
  • ¿Qué les gustaría que yo hiciera, si es posible?

Una vez que los padres comparten sus preocupaciones y lo que les gustaría ver que sucediera, puedes asistirlos para llegar a tener un plan de acción.

Si estás de acuerdo en que aparentemente hay una causa para preocuparse, pero aún te parece algo intangible, sugiere que ya sea tú o uno de los padres organice un viaje por un día que te incluya únicamente a ti o al padre con el joven por el que se preocupan.

Sácalo de la escuela por un día; sal bien temprano para que no se quede dormido en casa. Manejan durante tres o cuatro horas con paradas limitadas hasta que lleguen a cuál sea el destino que escogiste para cualquier cosa que hayas decidido que van a hacer.

Un par de veces durante el día agradécele por acompañarte en lo que podría parecerle una misión sin propósito, y dile que es agradable tener su compañía.

Haz preguntas abiertas que requieran historias en lugar de respuestas conceptuales. Comienza con temas que son personales pero que no amenazan. Muévete gradual y naturalmente hacia preguntas que invitan a una mayor revelación: preferencias musicales, deportes, programas de televisión y películas favoritas, el trasfondo de sus padres, su propia familia. Él podría mostrarse cauteloso, pero seguramente podrás ganarle, especialmente si eres recíproco con tus propias historias.

Observa su postura física y su perseverancia, su aparente afecto emocional y su vocabulario, su grado de tolerancia y compromiso con la conversación, y su habilidad para permanecer enfocado en el hilo de la conversación.

Cuando lleguen al destino, asegúrate de que se bajen del vehículo y caminen un poco. Coman algo. Haz una pequeña plática comparando ese lugar y el lugar donde viven. En el viaje de regreso, incluye discusiones abiertas que apelen a historias acerca de cómo imagina su futuro, así como la forma en que recuerda su pasado. Agradécele nuevamente por su compañía cuando te despidas.

Ya sea que fueras tú o fuera el padre del joven que lo llevó de viaje, al día siguiente —con prudencia por las cosas que se dijeron en confidencia— compartan la historia el uno con el otro. Haz preguntas acerca de su conducta y aparentes actitudes al regresar a casa esa noche. Haz otras acerca de cómo se levantó y salió de la casa a la mañana siguiente.

Este acercamiento es relativamente costoso en términos de tiempo, pero puede ayudarte a calificar y priorizar tus preocupaciones. Tendrás muy seguramente una mejor noción de si existe una amenaza emergente o no. Si mayor intervención es apropiada, estarás en sintonía con el padre.

En el proceso existe una fuerte probabilidad de que el joven revele la situación, o que descubras eso de otra manera, lo que está detrás del problema que presenta el padre. (Por ejemplo, el problema presente puede ser: «Algo anda mal, pero no estamos seguros de qué es»). Una vez que creas que entiendes la magnitud del problema, puedes ayudar a su padre a desarrollar un plan de acción.

Si el problema resulta ser alcohol, mantente alerta de que algunos padres subestimen el peligro de su abuso. A muchos alcohólicos adolescentes y bebedores problemáticos se les roba la oportunidad de una intervención temprana porque las personas de su cercanía no quieren ver la gravedad del problema.

Si se indica el referir a un profesional, una de las mejores formas en que puedes servir a las familias es sabiendo qué opciones de tratamiento están disponibles para ellos.

Afortunadamente, existe una gama de programas efectivos para ayudar a las personas a superar las dependencias al alcohol y otras drogas. La mayoría de los programas requiere el involucramiento de la familia en el régimen de tratamiento debido a que el potencial de recuperación del usuario a largo plazo es mucho mayor cuando los miembros de la familia abrazan el papel importante que juegan en el proceso.

Extracto del libro Cómo Ayudar a Jóvenes en Crisis.

Por Jim Hancock y Rich Van Pelt

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