HISTORIAS DE PÉRDIDAS

He entrevistado a decenas de adolescentes y adultos jóvenes que están llevando a cabo carreras en ciencias y también he tenido la oportunidad de conocer a muchos padres de estudiantes en estas áreas. En la mayoría de los casos, existe un profundo sentido de conflicto en el interior de estos jóvenes —y a veces en la relación con sus padres— en cuanto a permanecer fieles a Dios, teniendo en cuenta sus intereses y capacidades.

Según mis observaciones, el nómada científico simplemente pone su involucramiento en la fe en un anaquel y compartimenta a búsqueda espiritual lejos de su carrera. El científico pródigo se siente obligado a escoger su afinidad por la ciencia sobre la fe y puede resentirse con la iglesia por «forzarlo» a hacer la elección. El científico exiliado intenta reconciliar las posturas antagónicas de una vida de fe y la vida de la mente.

Los exiliados inclinados a lo científico parecen estar entre los más comunes cuando se trata de sentirse perdido entre la ciencia y la fe. Recuerde que los exiliados son aquellos cuya vocación y fe pa­recen inconexas e irreconciliables. Sus sentimientos de ser exiliados se muestran en ambos sentidos: sienten que sus compromisos de fe no son respetados por la ciencia popular y sus intereses científicos son marginados por la comunidad cristiana. Un joven programa­dor que diseña juegos de vídeo no está aún acostumbrado a las cejas levantadas de los demás cristianos. Una joven asistente de investi­gación es llamada «supersticiosa» por sus compañeros, y siente que su rigor intelectual siempre está en juicio. Estas tensiones no son del todo saludables. Cada persona de fe debe aprender a vivir el discipulado al que Cristo nos llama. Gestionar las tensiones entre la ciencia y la fe es parte de ese viaje. Tenemos que desarrollar líderes jóvenes que puedan servir de forma competente en la ciencia, pero no estar tan habituados al cientificismo que la fe se vuelva insoste­nible.

APOYO PARA LOS JÓVENES CIENTÍFICOS

Permíteme describir una brecha significativa en la mayoría de las comunidades de fe. Más de la mitad de los jóvenes de trece a die­cisiete años de edad que van a la iglesia dicen que esperan estudiar una carrera relacionada con las ciencias. Esto incluye la medicina y las industrias relacionadas con la salud (23%), ingeniería y arqui­tectura (11%), investigación de las ciencias (8%), tecnología (5%) y veterinaria (5%). Sin embargo, los asuntos de la ciencia son un tema sorprendentemente raro en las iglesias de Estados Unidos. Solo el 1% de los pastores de jóvenes nos dijeron que han pre­dicado de un tema relacionado con la ciencia durante el último año. No estoy sugiriendo que las iglesias deben cambiar su enfoque en cuanto a la ciencia, pero si solo uno de cada cien líderes de jóvenes está hablando acerca de los problemas científicos, ¿cómo podemos esperar preparar a una generación para seguir a Jesús en nuestra cultura dominada por la ciencia?

La gran mayo­ría de los jóvenes protestantes y católicos que asistían a la iglesia nunca recibió un sentido de cómo la Biblia se aplica a su vocación o intereses, solo una pequeña minoría encontró un mentor en su comunidad de fe, y muy pocos disfrutaban de un buen apoyo de sus líderes religiosos en relación con sus opciones educativas. En otras palabras, los adultos jóvenes con mentalidad científica no están hallando mucha orientación de la comunidad de fe en materia de vocación o llamado. Tampoco es probable que encuentren el apoyo significativo de cristianos mayores con una mentalidad de ciencia. Estas son enormes brechas que afectan de modo significativo la ca­pacidad de la comunidad cristiana para transferir la fe a la siguiente generación.

Veamos específicamente las experiencias de los universitarios. ¿Ir a la universidad —sobre todo a una escuela secular o del esta­do— representa un asesinato automático de la fe? Nuestra investi­gación sugiere que no. Sí, es un reto para muchos estudiantes, pero la culpa es a menudo exagerada.

En primer lugar, la mayoría de los estudiantes que es probable que experimenten una pérdida de fe lo hacen antes de la universidad; ellos comienzan a sentirse desconec­tados de su fe o la iglesia incluso antes de que terminen la escuela secundaria.

En segundo lugar, aquellos que pierden su fe o deambulan du­rante sus años de universidad lo hacen por una variedad de razones, no solo por los retos intelectuales a su fe. Millones de jóvenes cristianos atraviesan la universidad con una fe floreciente. Una de las características de estos individuos es una conexión significativa a algún tipo de comunidad cristiana —ya sea una congregación, un grupo universitario cristiano o una uni­versidad cristiana— que hace menos probable que se convierta en nómada o pródigo. La clave aquí es una conexión significativa, no solo ir a actividades religiosas.

Los adultos jóvenes que encuentran difícil mantener su creci­miento en la fe en la universidad lo hacen, creo, a causa de bre­chas educacionales, relaciónales y vocacionales que quedaron sin resolver en años previos y durante la universidad. En otras palabras: cuando los estudiantes luchan en la universidad, muchas veces es porque la comunidad cristiana no ha proporcionado un conjunto de relaciones lo suficiente sólido, un sentido de propósito o un entrenamiento para la vida.

Esto es particularmente cierto en las vidas de los estudiantes con mentalidad científica. No se debería suponer que las preguntas difíciles de un profesor hostil son la raíz de la pérdida de fe. Más bien, en muchos casos, creo que la comunidad cristiana ha fallado en discipular a los jóvenes inclinados a la ciencia a fin de que sean responsables, inteligentes, capaces, dotados y fieles seguidores de Cristo. Tenemos que hacer un mejor trabajo apoyando el intelecto de esta generación.

Extracto del libro Me Perdieron

Por David Kinnaman

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