Ámalos sin condición y no los juzgues. Si logras amarlos así, dispondrán sus corazones para que el Espíritu Santo transforme sus vidas cuando y como él quiera.

Es martes por la tarde y estoy sentado en un hospital en New Jersey. A la vista, parece como si fuera cualquier otro centro de salud, pero en realidad es diferente. Aquí se especializan en jóvenes que se trataron de lastimar. Estoy visi­tando a una de las chicas de nuestro grupo, que llamaré Rebeca para guardar su identidad. Ella está internada aquí porque intentó suicidarse. Tomó esa decisión por­que es lesbiana y porque la familia de su «compañera» no la acepta. Ahora bien, mi pregunta para ti es: ¿por su estilo de vida tengo que dejar de amarla? Bueno, yo sé que Jesús no dejará de amarla a ella ni a quienes sean rebeldes en tu grupo. Porque es más, en todo ministerio juvenil existe ese joven (o jóvenes) que no te obedece y que hace justamente lo que le dijiste que no hiciera. Cuando le llamas la atención, te contesta con una acti­tud negativa. Es de esos jóvenes que te llevan a ese otro nivel espiritual de oración: la paciencia que le clamas al Padre. Es de aquellos que quisieras que Dios te diera permiso especial para «físicamente» castigarlo. Lo triste del caso es que si eres líder juvenil, sabes que no estoy exagerando. Y bien, casos como este son los que te obli­gan a contemplar el retiro temprano de tu ministerio.

Todo líder de jóvenes ha pensado en renunciar a su llamado. Entendida esa realidad, preguntémonos por qué seguimos si nuestros jóvenes no nos obedecen. Sen­cillo, ¡porque eres especial! Dios te escogió entre miles para trabajar con ellos. Él sabe que entiendes su amor, el amor incondicional de un Padre celestial. Además, Dios, en su soberanía, sabía que podrías amar a tus chi­cos a través de su amor y que serías un fiel ejemplo de ese precioso amor en sus vidas. Sin embargo, quizá te preguntes ahora: ¿qué puedo hacer cuando no siento amor por ellos? Muy buena pregunta. Para responderla, tienes que acordarte del amor que has recibido de parte de Dios. Aprovecha este instante para pensar en el mo­mento que entregaste tu corazón a Jesús. Sé que para al­gunos se les hace complicado recordar tantos «siglos», pero intentémoslo. Trata de rememorar lo que sentiste cuando descubriste que Dios te amaba y te perdonaba todas las cosas que hiciste en tu pasado. Es verdad, su amor fue tan grande que sentiste un abrazo sobrenatu­ral en tu vida. El abrazo del Padre.

Ahora, pensando en el presente, ¿cómo te sientes cada vez que pecas? ¿Redargüido después de que le ha­blas mal a una persona? Si es así, piensa en cómo se siente Dios cuando cometes un error. ¿Cómo crees que reacciona el Creador del mundo? ¿Te grita o se rinde de amarte y perdonarte? ¿Cómo es que en su divina perfección puede seguir amándonos aun cuando somos tan imperfectos? Las respuestas no son fáciles, pero con seguridad sí sencillas. Todo lo hace porque de­cide hacerlo. Por lo tanto, nos ama no solamente por­que lo siente sino porque lo decide. Recordemos que él es amor y nos ama a pesar de todo lo que hagamos o dejemos de hacer. Ahora bien, esto no quiere decir que ame todas las cosas que hacemos. Para nada. Entonces, del mismo modo es que debemos amar a nuestros jóve­nes, es decir, incondicionalmente. Por eso, no pienses tanto en lo que hicieron sino en cómo pueden aprender juntos de la situación.

¿Recuerdas a Pedro, uno de los «jóvenes» del minis­terio de Jesús? Pues bien, él supo con antelación que cometería un gravísimo error. Jesús mismo se lo dijo. Así que, ¿cuántas veces has estado en la posición de Jesús con unos de tus jóvenes? ¿Cuántas veces le has comentado que tenga cuidado con el camino que piensa seguir? En tu corazón sabías que se podía lasti­mar si no atendía tus advertencias. Y muchas veces fue así: no las atendió y cayó. Justamente eso fue lo que le pasó a Pedro: pecó negando a Jesús y dándole la es­palda. Sin embargo, Jesús siempre tiene un plan mara­villoso para cada uno a pesar de nuestros desaciertos, pues ve más allá de nuestros errores.

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