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Tormentos, tormentos y más tormentos. No sólo ella, sus dos hijos vivieron ese infierno por el que nadie debe pasar. Abusos por parte de quien supuestamente sería la pareja soñada. No sólo ella se vio afectada, sus dos hijos tam­bién.

Ya en sus sesentas me dijo: atravesar por un divorcio es de las cosas más devastadoras. Es como una muerte, sólo que el cadáver continúa caminando y con vida por ahí. Es tan frustrante no conectarte con quien escogiste. Un divorcio no se lo deseo a nadie.

Frente al abogado el esposo le dijo: ya no quie­ro nada. Démosle todo lo que pide. Sólo quie­ro que este tormento termine. Ya no aguanto más. ¿Estás seguro? Preguntó el abogado. Sí respondió él. Sólo quiero que este tormento termine. Y el matrimonio terminó, aunque el tormento continuó.

Nos sentamos a desayunar y me dijo: mi es­posa me fue infiel y está embarazada de su amante. Quiero restaurar nuestro matrimonio, pero ella no quiere ayuda y no me deja ver a mi hijo. Creo que ya no hay solución. Y verdade­ramente, no hubo. El matrimonio terminó en un divorcio.

Los conocí cuando era menor de edad. Eran mis amigos. Ambos mayores que yo. Servía­mos juntos en la iglesia. Tenemos suficientes recuerdos de los buenos tiempos sirviendo a Dios en distintas áreas. Recuerdo su emoción cuando se hicieron novios, recuerdo cómo se veían de bien juntos. Hoy esos recuerdos, tan sólo son recuerdos. Están separados.

Me senté con él. ¿Cuál es el problema? Le dije. La verdad, ya no siento amor por ella. No me dio lo que yo esperaba y ahora tengo una amante y un hijo con ella. Sin lugar a dudas mi esposa es una gran mujer, pero sólo se interesa por mis hijos y por todo lo de la casa. Mi casa parece un hotel, pero yo sólo soy un huésped más. Terminaron separándose y él vive con quien fue su amante.

Le comparto una última historia que recibí por correo electrónico de una de mis lectoras: «Si hubieran existido libros como estos en mi épo­ca de juventud, creo que no hubieran tantos divorcios en la actualidad. Soy madre de varios hijos, ahora me duele decir que soy parte del club de las divorciadas, pero lamentablemente e irónico, siento un alivio el estar divorciada. Digo, me duele, porque no se vale que por las malas decisiones que tomamos en nuestra ju­ventud, perjudiquemos a terceras personas, en este caso mis hijos. Y digo, lamentablemente, porque estoy viviendo una etapa maravillosa que nunca la hubiera vivido estando ca­sada con el papá de mis hijos. Conste que no estoy culpándolo a él, sino que simple y sencillamente, yo lo elegí. A veces me pregunto ¿Qué es lo que permite que todo se acabe en un matrimonio? La res­puesta más lógica que he encontrado en mi cabeza es que es por tirarnos a la in­madurez de vivir un noviazgo de «locura» y no de»altura» En la juventud nos damos el lujo de cerrar nuestros oídos para escu­char buenos consejos. Nos colocamos la venda en los ojos para no ver las tonterías que comete nuestra pareja. Nos damos el privilegio de decir: «Lo amo», aun sin sen­tir ese mariposeo en el estómago. Y por si fuera poco, nos creemos los perfectos adultos que pueden arreglar cualquier alboroto. Eso sí, cuando se viene el albo­roto de 9 meses nos volvemos a convertir en aquellos angelitos que papá y mamá educaron para no cometer tonteras que se transforman en 9 meses y a la veloci­dad del rayo nos convertimos en padres de 3 o 4 hijos sin ni siquiera, tener una pe­queña agenda de privilegios.

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