«No os conforméis» (Ro.12.2)

Si existe algo que me duele ver en una persona, y especialmente si es joven, es el hecho de que se haya conformado a lo que le dan, tiene, es o le han enseña­do. Conformarse es morir, es dejar de cumplir con lo que Dios demanda a cada uno de nosotros.

La palabra «conforme» según el diccionario, es: «acor­de con otro en un mismo dictamen, o unido con él para alguna acción o empresa». También se define como «ser de una misma opinión». Dios, a través de la Biblia, nos dice que no estemos conformes, es decir, que no seamos «conformistas», que es aquel que se adapta a cualquier circunstancia de carácter público. ¿Tenemos que ser diferentes? Dios dice que sí, que no nos adaptemos a cualquier cosa, nos pide iden­tidad propia, nos pide personalidad única. Dios nos conoce de forma profunda, sabe que una de nuestras mayores debilidades es caer en el conformismo, así que nos hace una advertencia clara, sencilla y directa. El tipo de respuestas que me gustan. Dios no se anda con rodeos, nos lo dice cara a cara. Por eso me en­tristece ver a muchos jóvenes con miedo, con miedo a proclamar su fe, con miedo a ser diferentes, al «qué dirán» los demás, ponen la confianza en su propio yo y no dejan que sea Dios quien moldee su vida. Esto no ocurre solo a jóvenes, creo que la iglesia en general es poco comprometida, quiere vivir en ese margen de seguridad que no les hace diferentes, para no ser señalada, acusada o perseguida. Aunque siempre hay personas que se comprometen y deciden vivir sin conformarse a lo que les rodea, es cierto que el conformismo tiene mucho que ver con la comodidad. Es mucho más cómodo adaptarse a lo que hay, no ten­drás que luchar contra nada, no tendrás que dar expli­caciones, no sufrirás tanto, no te compromete, etc.

La comodidad se ha convertido en un signo social. Nadie se puede imaginar comprar un televisor que no tenga mando a distancia; eso de levantarse del sillón para cambiar de canal es para tontos. Se habla de «calidad de vida» cuando podemos recibir la compra en nuestra casa, tener un buen sillón, un buen teléfono móvil, aire acondicionado… Los políticos nos venden comodidad: sanidad sin listas de espera, comunica­ción perfecta y accesible en la misma puerta de nues­tra casa, facilidades de pago. Hasta en nuestras iglesias reclamamos comodidad: ventiladores, guardería, buenas habitaciones en los retiros, horarios adapta­dos y mensajes de máximo veinte minutos… La co­modidad es un valor apreciado por todos; la vida está llena de cosas que no son imprescindibles, simplemen­te aportan comodidad. Esa búsqueda desesperada de comodidad nos ha llevado a muchas cosas. Algunas no son malas pero otras son totalmente opuestas a la voluntad de Dios. Porque en general nos hemos vuelto cómodos de espíritu, cómodos en ideas, valores y metas.

Hay personas que se han vuelto tan cómodas que se han convertido en «pasotas»; pasar de todo es su lema, es su modo de vida. ¿Te suena de algo? ¡Cuán­tos jóvenes exclaman «paso de todo»! Porque pasar de todo significa eludir responsabilidad, evitar trabajo y sacrificio, significa vivir cómodo, vivir conforme.

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