Luego le dijo: «Vete a tu casa y acuéstate con tu mujer». Tan pronto como salió del palacio, Urías recibió un regalo de parte del rey, pero en vez de irse a su propia casa, se acostó a la entrada del palacio, donde dormía la guardia real (2º Samuel 11:8-9).

¡Qué personaje! Fiel, valiente, recto… Al final, terminó siendo engañado por su mujer, abandonado por sus compañeros y asesinado por una orden específica de su jefe. ¿Para qué tanto esfuerzo? 6De qué le valió tanta fidelidad, tanta valentía, tanta rectitud? A los ojos humanos, absolutamente de nada.

La vida de soldado no era fácil. En la primavera de cada año, los reyes salían a pelear batallas. Mientras Urías estaba cumpliendo la orden real de aniquilar a los enemigos, el rey estaba paseándose por la azotea de su palacio. Mientras Urías observaba el campo de batalla, el rey miraba detenidamente a su espo­sa. Mientras Urías se empeña para cumplir con su parte a favor del reino de David, el rey se entera de que Betsabé es la esposa de uno de sus soldados más conocidos; no le importa, la hace llamar a su palacio y se acuesta con ella.

Lo increíble de esta historia es que, según todo indica, Urías estará en el cielo. Y David también. ¿Esa es la justicia divina? Hago todo bien, voy al cielo. Hago todo mal, me arrepiento, voy al cielo.

Lo primero que tenemos que entender es que el concepto de justicia es absolutamente diferente cuando hablamos de Dios. Nosotros, seres humanos finitos, entendemos la justicia de una manera y queremos que la justicia divina entre en nuestros filtros. Es difícil colocar el océano Atlántico dentro de un balde.

Lo segundo es que Dios no promete nada diferente a nadie. A todos, a los justos, fieles y rectos Urías les ofrece el cielo A los adúlteros, mentirosos y asesinos arrepentidos, les ofrece exactamente lo mismo.

Lo tercero es que esta visión humana de justicia está centrada en el yo. Yo soy recto. Yo soy valiente. Yo soy fiel. Yo voy a la iglesia todos los cultos. Yo merezco.

En realidad, en relación con el Cielo, no merecemos nada; es por absoluta y total gracia. Además, el problema de fondo es que la salvación no es un asunto del «yo”, sino de Jesús.

Extracto del libro 365 Vidas

Por Milton Bentancor

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