Pasaje Clave: Lucas 23:39

Uno de los momentos más reflexivos de la vida de las personas, es cuando están en sus últimos momentos antes de partir de este mundo. Algunos piden perdón a sus familiares o amigos cercanos; otros aprovechan para agradecer.
Cualquiera sea la acción, es posible que casi todos busquen cerrar los capítulos del libro que llamamos vida. Sin embargo, algunos ni aún en un momento como ese enternecen su corazón.
Pilatos se lavó las manos y entregó a Jesús para que lo crucificaran. Lo azotaron hasta más no poder. Lo golpearon en cada centímetro de su cuerpo. Le hicieron perder posiblemente la mayor parte de la sangre de su cuerpo.

Colgado ahí de una cruz romana, como un criminal, junto a 2 bandidos, uno a cada lado. Uno de ellos es consciente de su momento; acepta su realidad. Él mismo acepta que esa es la paga de sus actos. El otro, aun en sus últimos momentos de vida, prefiere usar las pocas fuerzas que le quedan para increpar a Jesús. “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”. Lucas 23:39.
La pregunta es muy personal, muy íntima. Va directo a su identidad. Este hombre apela a la divinidad de Jesús. ¿Puedes percibir el sarcasmo en la pregunta? Este hombre no está buscando ser salvado, sino exponer a alguien más. Él no busca misericordia sino hablar mal de alguien más. Se siente acorralado en el peor momento de su vida y decide apelar al señalamiento del otro, del indefenso, del que no puede decir nada, del que no se defiende.
Jesús pudo en ese momento bajarse de la cruz y mandar a sus ángeles a terminar lo que estaba sucediendo. Pero Él entendió la necesidad de aquella pregunta. Era una pregunta importante. Este hombre plantea una pregunta íntima pero no lo hace para quedarse a escuchar la respuesta. No está listo para esa conversación.
Jesús tiene horas en silencio en medio de preguntas necias. Ha callado frente a los poderosos, frente a los cuestionamientos de los pastores, guardó silencio frente a los golpes de los militares romanos; y sigue guardando silencio en la cruz.
Me gusta Jesús porque no tiene nada que probarle a los necios. Los deja con sus preguntas. Los deja que se revuelquen en el polvo de sus cuestionamientos dañinos. Deja a los altivos que se arropen con sus vestidos de honra falsa.
Me gusta Jesús porque le responde al sencillo, y abraza al humilde. No hubo momento de su tiempo en la tierra que no lo hiciera.
“Yo tampoco te juzgo” le dijo a una mujer a punto de ser apedreada.
“Sígueme” le dijo a un recaudador de impuestos (lo más bajo en la escala social).
“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”, le dijo al otro hombre colgado a su lado en ese momento.

Los pocos minutos de vida de ese hombre tuvieron que ser diferentes. Se encontró con la Gracia en su último momento. Le regalaron el último boleto del tren a la eternidad.
Nada de lo que dijera el otro bandido cambiaría esa realidad a partir de ese instante, porque Jesús hizo una promesa, y lo que Él promete, lo cumple.

Extracto del libro Preguntas Intimas

Por Rafa Ayala

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