Pasaje clave: Lucas 15:24.

¿Por qué hacer fiesta? ¿Por qué proclamarlo a los cuatro vientos? ¿por qué un sacrificio tan valioso? Y el padre responde porque este mi hijo muerto era, porque en aquella época, en aquella cultura, un hijo así se consideraba como muerto, un desheredado. Indigno de seguir formando parte de la familia.
La gravedad del tema va más allá del hecho de haberse ido unos días de casa. Ha deshonrado a su familiares. Como nosotros.
Sí, parece que el hijo decide volver, pero en realidad algo muerto no decide demasiado ¿no?
Pero eso, puede ser una buena noticia en perspectiva.
La gravedad del problema hace que su solución produzca una alegría mucho mayor.
El hijo estaba muerto, y muerto fue abrazado, y en su abrazo ha revivido.
¡Revivir! Eso es mucho más que vivir. ¡Gloria a Dios! Él no solo es el que nos da vida, sino que nos da vida dos veces.
Un muerto no puede hacer nada para revivir, no tiene mérito alguno, Lázaro, el hermano de Marta y María no pudo hacer nada, solo obedecer las palabras de Jesús y salir de la tumba al instante. Al “oír” su voz. ¿Cómo?
¿Oyen los muertos? Quizá algunos sí.
La razón de la resurrección de Lázaro fue que Jesús lo amaba, y poco más.
El padre nos ama, y si es necesario, este padre nos hace nacer de nuevo. No hay mayor demostración de amor. Revivir. Rehacer. Restaurar. Reconciliar.
En la historia el hijo vuelve, por su propio pie, pero el padre declara que se había perdido, y es hallado.
Y aquí el verbo es pasivo, ha sido hallado. Aunque en un sentido el hijo vuelve por su propia decisión, el padre afi rma que ha sido encontrado.
Aunque nosotros volvemos, sabemos que Dios es quien nos encuentra, quien estaba “afuera” esperando.
Buscando. Como el pastor, como la mujer. Dios.
Porque el menor se había perdido. Somos hijos, monedas y ovejas.
Aquí bailan juntas nuestra libertad y la soberanía de Dios en búsqueda de lo perdido. Ese es el misterio de nuestra salvación y nuestro regreso.
Él nos busca, nosotros volvemos. Distintas aristas del diamante de la salvación. Una danza. No le buscaríamos si no nos hubiese encontrado.
Bailemos juntos.
Y Yo siento una profunda alegría al saberlo, Y los protagonistas de esta historia también comenzaron a regocijarse.
Porque el resultado es el mismo que en las otras dos parábolas, el gozo. El gozo final, el gozo puesto delante de Él. Todos se regocijaban, el padre, los siervos, el hijo…
No es por nuestros méritos, Jesús sufrió, por nosotros, nos amó, nos abrazó, nos perdonó, murió, resucitó. Y nosotros los perdidos y moribundos, revivimos con Él y comenzamos a regocijarnos.
La gracia de Dios nos impulsa a alegrarnos y a expresarla de múltiples formas. Qué gran final, lleno de fuegos artificiales, fiesta, ruido y gozo.
FIN-THE END
Y ahí van los créditos…
Qué buen cierre de historia. ¿O no?
Si fuera paralela a las otras dos, esto sería el final. Pero Jesús añade una nueva tensión para describir lo que provoca su gracia en algunas personas que no acaban de entender que Dios sea bueno y justo a la vez. Es como una cuarta historia.
El concierto termina con una cadencia perfecta, y cuando vamos a empezar a aplaudir de repente comienza una coda, sublime e inesperada, que nos obligará a participar y volver a la realidad de nuestras vidas para tomar una decisión.
Y justamente ahí era donde Jesús quería llegar. No nos suelta. El golpe maestro se acerca.

PARA VOLAR
1. Haz una sencilla lista de las razones que el Padre te da para tener gozo.
No es necesario que lo experimentes ahora mismo, la lista debe contener razones que te convenzan a ti. Después medita en ellas con calma y agradece según tu corazón sienta.

2. ¿En qué forma piensas que desea el Padre que vivamos? Según este capítulo, ¿No deberíamos ser personas gozosas?
¿Lo somos? ¿Qué lo impide?

3. ¿Qué relación tiene el gozo con la justicia, la gracia o el agradecimiento?
¿Cómo es tu historia de haber sido hallado por Dios, que ocurrió en tu vida para que Él te encontrase y reviviese?

Extracto del libro “Perdido”

Por Alex Sampedro

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